El lunes en Cambridge no amaneció con el sol dorado del domingo. Una lluvia fina y persistente cubría los edificios góticos de la universidad, dándole al campus un aspecto de cementerio de lujo. La tregua había terminado. En el penthouse, la atmósfera de romance se había transformado en una de preparación militar. Leonardo estaba frente a su muro de cristal, pero esta vez no miraba la ciudad. Sus ojos seguían el flujo de datos de tres portátiles que trabajaban en paralelo. Llevaba su chaqueta de cuero n***o, su armadura moderna, y su rostro había recuperado esa rigidez de acero que solo Clara lograba suavizar. Clara salió de la habitación vestida con un traje sastre n***o que acentuaba su figura, elegante y poderosa. Se acercó a Leo y le puso una mano en el hombro. Él se giró y la besó c

