El martes en Cambridge no fue un día, fue una sentencia. El aire pesaba como el plomo y el silencio en el penthouse de Leonardo era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. La Manada estaba en alerta máxima. Ya no había bromas sobre panqueques ni risas sobre el entrenamiento. Había armas de pulso cargadas, radios encendidos y una tensión que hacía que los músculos de Brandon saltaran bajo su piel.
Ian, el más tranquilo y brillante del grupo después de Leo, estaba sentado frente a una de las terminales del búnker. Sus dedos se movían con una precisión metódica, filtrando los restos del código que el acosador había usado el día anterior.
—Tengo algo, Leo —dijo Ian, con su voz suave pero cargada de urgencia—. Hay una frecuencia de radio de onda corta que se activa cada vez que Clara entra a la facultad de Derecho. No es wifi, no es Bluetooth. Es algo analógico, como un detonador de proximidad.
Leo se acercó, su rostro era una máscara de concentración gélida. —Si es analógico, significa que el emisor tiene que estar físicamente cerca. Ian, necesito que triangules esa señal desde el campus mientras nosotros entramos.
—Yo me quedo con él —dijo Nick, ajustándose la correa de su mochila táctica—. Nadie toca a nuestro analista.
Decidieron que Clara iría a clases escoltada por Leo, Brandon, Sam y Toby. Ian y Nick se quedarían en un centro de monitoreo oculto que habían improvisado en la antigua torre del reloj del campus, el punto más alto para captar frecuencias de radio.
—Ten cuidado, Ian —dijo Clara, dándole un abrazo rápido antes de salir. Ella sentía una opresión en el pecho, un presentimiento que le helaba la sangre.
—Tranquila, jefa —respondió Ian con una sonrisa tímida—. Soy demasiado listo para que me atrapen.
El grupo principal avanzó por el campus. Leo caminaba pegado a Clara, su mano nunca se alejaba de la culata oculta de su arma de defensa. Brandon y los demás formaban un diamante humano a su alrededor. Los estudiantes los miraban con terror; la universidad se sentía como una zona de guerra activa.
De repente, el radio de Leo cobró vida con una estática violenta.
—¡Leo! ¡La señal no es de proximidad para Clara! —la voz de Ian sonaba frenética, distorsionada—. ¡Es una trampa de saturación! ¡El emisor está aquí, en la torre! ¡NICK, SAL DE...!
Un estallido ensordecedor sacudió el campus.
Leo y Brandon se giraron al unísono hacia la torre del reloj. Una bola de fuego naranja y negra brotó de las ventanas superiores. Los cristales estallaron, lloviendo sobre el césped como diamantes sangrientos.
—¡¡IAN!! —el grito de Brandon fue un rugido de animal herido que desgarró el aire.
Sin esperar órdenes, Brandon salió corriendo hacia la torre en llamas, ignorando cualquier protocolo de seguridad. Leo, con el corazón en la garganta, agarró a Clara de la mano.
—¡Sam, Toby, llévenla al búnker del sótano de Derecho! ¡No se separen de ella aunque el mundo se acabe! —ordenó Leo, su voz temblando por la furia y el miedo.
—¡Vete con ellos, Leo! ¡Salva a Ian! —gritó Clara, con lágrimas en los ojos, empujándolo hacia la torre.
Leo corrió. Nunca en su vida había sentido que sus pulmones quemaran tanto. Al llegar a la base de la torre, el humo n***o era una pared infranqueable. Brandon ya estaba adentro, derribando una puerta de madera astillada.
El interior de la torre era un infierno de cables chamuscados y escombros. Leo encontró a Nick en el primer descanso de la escalera; estaba aturdido, con sangre bajando por su sien, pero vivo. La explosión lo había lanzado hacia abajo.
—¡Arriba! —tosió Nick, señalando hacia el humo—. ¡Ian estaba junto a la consola principal!
Leo y Brandon subieron los escalones de dos en dos, cubriéndose la boca con sus chaquetas. Lo que encontraron al llegar a la cima los dejó paralizados.
La consola de monitoreo había volado en pedazos. Ian estaba tendido en el suelo, rodeado de metal retorcido. Su pierna derecha estaba atrapada bajo un rack de servidores que se había desplomado, y su chaqueta de la universidad estaba empapada de una sangre roja y brillante que no dejaba de brotar de su costado.
—¡Ian! ¡Mírame, hermano! —Brandon se lanzó al suelo, usando toda su fuerza hercúlea para levantar el rack de servidores. Sus venas se marcaban en su cuello, su rostro estaba rojo por el esfuerzo y el humo—. ¡Leo, ayúdame! ¡Pesa demasiado!
Leo se unió a él, uniendo la fuerza del Genio y la del Capitán. Con un grito desgarrador, lograron desplazar el metal lo suficiente para que Ian quedara libre.
—No... no se queden... —susurró Ian, su voz era apenas un silbido. Tenía trozos de cristal incrustados en el rostro y sus ojos luchaban por mantenerse abiertos—. El servidor... tenía un temporizador... otra carga...
—Cállate, idiota, vas a estar bien —dijo Brandon, con la voz quebrada, quitándose su propia camiseta para presionar la herida abierta en el abdomen de Ian. La sangre caliente empapaba sus manos—. ¡No te mueras, Ian! ¡Es una orden!
Leo, mientras Brandon trataba de estabilizar a Ian, miró lo que quedaba de la pantalla de una tablet que Ian sostenía con fuerza antes de la explosión. La pantalla estaba rota, pero todavía emitía un último mensaje en bucle, escrito en letras rojas que parpadeaban:
"La inteligencia no te salva de la pólvora, Novak. ¿Quién sigue?"
—¡Maldito seas! —rugió Leo, golpeando la pared con el puño.
La desesperación se apoderó del lugar. El fuego estaba empezando a devorar las vigas de madera del techo. Tenían que salir o morirían los tres.
—¡Nick, ayuda a Brandon con él! —ordenó Leo.
Brandon cargó a Ian en sus brazos como si no pesara nada, con un cuidado que contrastaba con su fuerza bruta. Bajaron las escaleras mientras la estructura crujía y se desmoronaba. Al salir al aire libre, los servicios de emergencia de la universidad ya estaban llegando, pero Leo sabía que no era suficiente.
Colocaron a Ian en el césped. Estaba pálido, casi gris. Sam y Toby llegaron corriendo con Clara, quien al ver a Ian en ese estado, soltó un grito y se cubrió la boca, cayendo de rodillas a su lado.
—Ian... por favor, quédate —sollozaba Clara, tomando la mano fría del chico—. No nos dejes.
Ian abrió los ojos una última vez, mirando a Leo. Con un esfuerzo sobrehumano, señaló su mochila, que Nick había rescatado del fuego. —El... el disco... duro... lo copié... antes... —su cabeza cayó hacia un lado y sus ojos se cerraron.
—¡PARAMÉDICOS! ¡AQUÍ! —gritaba Brandon, empujando a los curiosos, con los ojos inyectados en sangre y las manos teñidas del rojo de su amigo.
La Oscuridad de Leonardo
Mientras los paramédicos se llevaban a Ian en una camilla, tratando de reanimarlo, un silencio sepulcral cayó sobre el grupo. El miedo que antes era una sombra, ahora era una realidad física. Habían herido a uno de los suyos. El acosador había cruzado la línea de lo digital a lo mortal.
Leo estaba de pie, mirando sus propias manos manchadas con la sangre de Ian. Sus ojos miel se habían vuelto negros. Ya no había rastro del chico enamorado, ni del estudiante brillante. Solo quedaba el Lobo Novak.
Se acercó a Brandon, quien estaba sentado en el suelo, mirando sus manos ensangrentadas con una expresión de shock total.
—Brandon —dijo Leo, su voz era un susurro gélido que cortaba más que el viento—. Esto se termina hoy.
Brandon levantó la vista. El dolor en sus ojos se transformó en una furia compartida. Se puso de pie, apretando los puños. —Dime qué necesitas, Leo. Voy a quemar esta ciudad si es necesario para encontrar a ese bastardo.
—No necesitamos quemarla —Leo sacó el disco duro que Ian había salvado—. Ian nos dio la llave. Murió protegiendo estos datos... o casi murió. No dejaré que su sacrificio sea en vano.
Clara se acercó a ellos, temblando de rabia y tristeza. —Quiero ayudar. No me importa el peligro. Ese hombre lastimó a mi familia, a mi amiga, y ahora a Ian. No voy a quedarme mirando.
Leo la miró y, por primera vez, no intentó protegerla alejándola. La tomó del rostro, manchándole la mejilla con un rastro de la sangre de Ian.
—Vas a ayudarnos, Clara —sentenció Leo—. Mañana no habrá clases. Mañana no habrá reglas. Vamos a usar este disco duro para rastrear cada centavo, cada servidor y cada respiro de ese infeliz. Y cuando lo encontremos... —Leo miró hacia la torre en llamas—... desearía haber muerto en esa explosión antes de que yo le ponga las manos encima.
Regresaron al penthouse, pero el ambiente era el de un velorio. La Manada estaba rota. Sam y Toby estaban sentados en silencio, Nick tenía la mirada perdida, y Brandon no dejaba de caminar de un lado a otro, dejando huellas de sangre seca en el suelo.
Leo se encerró en el búnker con el disco duro de Ian. Pasó horas desencriptando los archivos mientras las noticias hablaban de un "accidente eléctrico" en la torre del reloj. La universidad estaba tratando de tapar el sol con un dedo, pero ellos sabían la verdad.
A las 3:00 AM, Leo encontró lo que buscaba. Ian había logrado capturar la dirección MAC de un dispositivo que no debería existir. Un servidor oculto dentro del propio sistema de archivos de la Universidad, bajo un nombre de usuario que hizo que la sangre de Leo se congelara: "L.R. 1998".
—L.R... —susurró Leo—. Lucas Rissi... no, no puede ser un Rissi. Lucas es...
De repente, una notificación saltó en su pantalla. No era un mensaje de texto. Era una transmisión de video en vivo desde el hospital donde Ian estaba luchando por su vida.
La cámara estaba situada en el techo de la habitación de cuidados intensivos. Se veía a Ian conectado a un respirador, rodeado de máquinas. Y entonces, una mano enguantada entró en el encuadre, rozando el tubo de oxígeno de Ian.
"Un movimiento más de tu manada, Leo, y el analista deja de respirar", decía una voz distorsionada por los altavoces del búnker. "El juego acaba de empezar de verdad".
Leo se puso de pie, su silla volando hacia atrás. Brandon irrumpió en el búnker al escuchar la voz.
—¡Ese hijo de puta está en el hospital! —rugió Brandon.
—¡No! —detuvo Leo—. Es una grabación o un control remoto. Si enviamos a alguien, lo matará. Nos tiene acorralados, Brandon. Tiene el dedo en el gatillo de la vida de Ian.
Clara entró, viendo la imagen de su amigo en peligro. El miedo en sus ojos era absoluto, pero en medio de ese miedo, surgió una determinación Novak.
—Él quiere que tengamos miedo, Leo —dijo Clara, con la voz firme—. Quiere que nos quedemos paralizados. Pero cometió un error. Nos mostró dónde está su atención. Si él está vigilando a Ian, no está vigilando sus otros flancos.
Leo miró a Clara, y luego a Brandon. El plan empezó a formarse en su mente. Un plan nacido de la desesperación, la sangre y el amor.
—Brandon, prepara a los chicos —dijo Leo, sus ojos brillando con una luz letal—. Vamos a jugar el juego de la sombra. Pero esta vez, vamos a llevar la luz más brillante que este psicópata haya visto jamás.