CAPÍTULO 14: CÓDIGO EN EL SAN CAMILO

2178 Words
El hospital San Camilo de Cambridge era una fortaleza de silencio interrumpida solo por el pitido rítmico de las máquinas y el susurro de las enfermeras en el cambio de turno. Pero en el piso 4, en la Unidad de Cuidados Intensivos, el aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que los vellos de la nuca se erizaran. Ian yacía en la cama 402, entubado, con el rostro pálido y vendado, ajeno a la cámara oculta que transmitía su vulnerabilidad al búnker de Leonardo. En el penthouse, la imagen de la mano enguantada amenazando el soporte vital de su amigo seguía grabada en las retinas de todos. Leo no había parpadeado en media hora. Estaba sentado frente a seis monitores, sus dedos volando sobre el teclado, trazando la ruta de la señal de video que el acosador estaba usando. —No es una grabación —sentenció Leo, su voz era un hilo de seda letal—. Es un streaming de baja latencia. El emisor está dentro del hospital, a menos de cincuenta metros de la habitación de Ian. Está allí, Brandon. Está viéndolo morir mientras espera que cometamos un error. Brandon estaba de pie detrás de él, con los nudillos blancos de tanto apretar sus puños. Llevaba una gorra negra y una sudadera oscura. Ya no era el capitán del equipo de fútbol; era un cazador. —Dime que ya tienes el agujero en su seguridad, Leo —gruñó Brandon—. Porque si no me dejas ir ahora mismo, voy a entrar por la puerta principal y voy a demoler ese hospital piso por piso hasta encontrarlo. —Si entras por la fuerza, él desconectará a Ian antes de que llegues al ascensor —advirtió Leo, girándose para mirarlo con ojos inyectados en sangre—. Vamos a entrar como fantasmas. Sam, Toby, ustedes entrarán por el muelle de carga con uniformes de mantenimiento que Nick consiguió. Nick, tú estarás en la furgoneta fuera, coordinando las frecuencias de radio. Clara... tú vendrás conmigo. Clara, que estaba sentada en un rincón apretando el colgante de oro que Leo le había dado, levantó la vista. Su rostro estaba surcado por lágrimas secas, pero sus ojos tenían una chispa de acero. —¿Qué quieres que haga? —preguntó ella, su voz firme a pesar del temblor de sus manos. —Tú eres la distracción —dijo Leo, tomándola del rostro con una devoción desesperada—. Él te quiere a ti. Si te ve entrar por la recepción, su atención se desviará de la habitación de Ian por los segundos que Brandon necesita para entrar por los conductos de ventilación. Es arriesgado, Clara. Es el movimiento más peligroso que hemos hecho. —Hazlo —respondió ella sin dudar—. Por Ian. Por nosotros. A las 4:15 AM, la operación comenzó. El hospital estaba sumido en la penumbra de las luces de emergencia nocturnas. Sam y Toby lograron entrar por el sótano, inhabilitando las cámaras del muelle de carga con un inhibidor de señal de corto alcance que Leo les entregó. Se movían como sombras, evitando a los guardias de seguridad con una precisión que solo semanas de entrenamiento con Leo les habían dado. —Piso 1 despejado —susurró Sam por el canal interno—. Subiendo por la escalera de servicio. En la recepción, Clara entró sola. Llevaba un abrigo largo y el cabello recogido, tratando de ocultar su miedo. Se acercó al mostrador, fingiendo un ataque de ansiedad. —Por favor... mi amigo... Ian... necesito verlo —sollozó Clara, haciendo una actuación digna de un Oscar. En los monitores del búnker oculto del acosador, la imagen de la habitación de Ian cambió. La cámara se movió, haciendo zoom en la entrada del hospital. El anzuelo había sido mordido. —¡Ahora, Brandon! ¡Tienes treinta segundos! —ordenó Leo desde el centro de mando improvisado en la furgoneta de Nick. Brandon, que se había deslizado por el hueco del ascensor usando cables de alta resistencia, saltó al techo del cuarto piso. Con una agilidad asombrosa para su tamaño, se arrastró por los conductos de ventilación sobre la UCI. El calor era sofocante y el espacio era mínimo, pero el pensamiento de Ian desangrándose en la torre le daba una fuerza sobrehumana. Brandon llegó a la rejilla sobre la cama de Ian. Miró hacia abajo y vio a su amigo. El pitido del monitor era lento, demasiado lento. Y entonces lo vio: un pequeño dispositivo n***o conectado directamente a la válvula del respirador. Tenía una luz roja parpadeante. Un receptor remoto. —Leo, lo veo —susurró Brandon, su voz apenas un aliento—. Hay un explosivo de gas o un bloqueador en el respirador. Si lo toco, podría activarse. —No lo toques —respondió Leo, sus manos moviéndose frenéticamente sobre su laptop—. Estoy intentando bypassar la frecuencia. Nick, ¡necesito más potencia en la antena! —¡Estoy en ello, jefe! ¡La seguridad del hospital está empezando a sospechar de la señal de interferencia! —gritó Nick desde el asiento del conductor. Mientras tanto, en la recepción, un hombre con uniforme de médico y una mascarilla quirúrgica se acercó a Clara. No era un médico. Sus ojos eran fríos, calculadores. Lucas —aunque ella no lo sabía aún— estaba a solo unos metros de ella, disfrutando del terror que emanaba de su piel. —Señorita Rissi, acompáñeme —dijo el "médico", su voz distorsionada por la mascarilla—. El paciente ha tenido una crisis. Clara sintió que el corazón se le escapaba por la boca. Era él. Estaba segura. Siguió al hombre hacia los ascensores, enviando una señal silenciosa a Leo a través de su anillo. La Furia de la Manada —¡Leo, se la está llevando! —gritó Nick, viendo el rastreador de Clara moverse hacia el ala este, lejos de la UCI—. ¡Tenemos que actuar ya! —¡Brandon, olvida el sigilo! ¡Desconecta el inhibidor manualmente y saca a Ian de ahí! ¡Sam, Toby, intercepten el ascensor B! —ordenó Leo, saliendo de la furgoneta con una pistola de impulsos en la mano. En la UCI, Brandon rompió la rejilla de ventilación y cayó de pie junto a la cama de Ian. No perdió tiempo. Con un movimiento preciso, cortó el cable de señal del dispositivo del acosador antes de que la orden de "detonar" llegara. El respirador de Ian soltó un pitido de alarma, pero siguió funcionando. —¡Te tengo, hermano! —dijo Brandon, agarrando la camilla y desbloqueando los frenos. En ese momento, dos mercenarios del acosador irrumpieron en la habitación. No eran guardias del hospital; eran profesionales. Brandon no lo dudó. Usó la camilla de Ian como escudo y se lanzó contra ellos con la furia de un titán. —¡Nadie toca a mi gente! —rugió Brandon, conectando un gancho de derecha que mandó a uno de los hombres contra una vitrina de medicamentos. El estallido de cristales llenó la habitación. Sam y Toby llegaron justo a tiempo para cubrir la retaguardia, usando extintores para crear una cortina de humo mientras Brandon empujaba la camilla de Ian hacia el montacargas de emergencia. Leo corría por los pasillos blancos, su mente procesando mil variables por segundo. Llegó al pasillo del ala este justo cuando el ascensor se abría. Vio al "médico" arrastrando a Clara hacia una salida de emergencia. —¡SUÉLTALA! —el grito de Leo resonó como un disparo en el pasillo vacío. El hombre se detuvo, soltando a Clara y sacando un arma con silenciador. Clara aprovechó el segundo para lanzarse al suelo y rodar tras una camilla abandonada. —Leonardo... siempre tan predecible —dijo la voz distorsionada—. Viniste por el peón y vas a perder a la reina. Leo disparó su arma de impulsos, pero el acosador era rápido. Se cubrió tras una columna y devolvió el fuego. Las balas impactaron en las paredes de yeso, soltando nubes de polvo blanco. —¡Clara, corre! —gritó Leo, avanzando bajo el fuego, cubriéndose con una puerta metálica que arrancó de sus bisagras en un arranque de adrenalina pura. La lucha fue breve pero brutal. Leo llegó hasta el hombre y forcejearon en el suelo. Leo sentía la fuerza del tipo; era alguien que conocía sus movimientos. El acosador logró darle un golpe con la culata del arma en la sien a Leo, dejándolo aturdido por un segundo. Cuando Leo recuperó la vista, el hombre ya estaba en la escalera de incendios. —¡LEO! —Clara corrió hacia él, ayudándolo a levantarse. Tenía un corte en la ceja y la cara manchada de sangre—. Se escapó... otra vez. —No importa —dijo Leo, respirando con dificultad mientras se sujetaba el costado—. Ian está a salvo. Brandon lo tiene. Bajaron a toda prisa hasta el muelle de carga. La furgoneta de Nick estaba allí, con las puertas traseras abiertas. Brandon estaba dentro, sudando, con las manos temblando mientras vigilaba los monitores que ahora estaban conectados a Ian dentro de la furgoneta, que Nick había convertido en una ambulancia táctica. —¡Está vivo! —gritó Brandon cuando vio a Leo y Clara—. ¡Su pulso es débil pero estable! ¡Lo logramos, maldita sea! Subieron todos y Nick quemó neumáticos saliendo del hospital. La adrenalina empezó a bajar, dejando paso a un agotamiento que pesaba como el plomo. Sam y Toby estaban sentados al fondo, jadeando, con sus uniformes de mantenimiento desgarrados. Clara se sentó junto a la camilla de Ian, tomando su mano pálida. —Lo siento tanto, Ian... todo esto es por mi culpa —susurró, rompiendo a llorar finalmente. Leo se sentó frente a ella, rodeándola con sus brazos, permitiendo que ella descargara todo su dolor. Pero sus ojos... sus ojos seguían fijos en la nada. Había visto algo en la pelea. Había sentido una fragancia, un detalle en la forma de pelear del acosador que le resultó demasiado familiar. —Leo... ¿qué pasa? —preguntó Brandon, notando el silencio de su amigo. —Él no quería matarme hoy —dijo Leo, su voz era un susurro que heló la sangre de todos—. Quería probar mi tiempo de respuesta. Estaba midiéndonos. El hospital no era el final, era un test de estrés. —¿Qué quieres decir? —preguntó Nick desde el asiento del conductor. —Quiere saber qué tan rápido podemos proteger a todos a la vez —respondió Leo, mirando a su Manada—. Ian está herido, Maya está asustada, mis tíos están bajo vigilancia... Nos está estirando hasta que nos rompamos. Llegaron a un refugio seguro, una propiedad que Brandon tenía a nombre de una empresa fantasma de su padre. Bajaron a Ian con extremo cuidado y lo instalaron en una habitación equipada con tecnología médica robada de la familia Novak. Leo salió a la terraza, mirando hacia el horizonte de Cambridge donde empezaba a despuntar el alba. Brandon salió tras él, entregándole una botella de agua. —Ian va a estar bien, Leo. Los médicos de tu familia llegarán en una hora —dijo Brandon—. Hicimos lo correcto. —Hicimos lo que él quería que hiciéramos, Brandon —Leo apretó la botella de agua hasta que el plástico crujió—. Nos sacó de la universidad. Nos alejó del centro de mando. Ahora mismo, él tiene el control total de los servidores del campus. —Entonces volveremos y lo recuperaremos —sentenció Brandon con una determinación feroz. —No —Leo lo miró, y su expresión era la de alguien que acababa de aceptar su destino—. No vamos a volver a jugar sus reglas. Si él quiere tecnología, le daré un apagón. Si quiere sombras, yo seré la oscuridad. Clara salió a la terraza y se puso entre los dos hombres que más la amaban y protegían. —Él cometió un error en el hospital —dijo ella, sacando algo de su bolsillo. Era un botón de la chaqueta del "médico" que ella había arrancado durante el forcejeo—. Tiene un escudo de armas grabado. Es pequeño, casi imperceptible. Leo tomó el botón y lo examinó bajo la luz de su linterna táctica. Su rostro se volvió de piedra. —No es un escudo de armas, Clara —dijo Leo, con una voz que vibraba de odio—. Es el sello de una fraternidad secreta que fue expulsada de Cambridge hace diez años. Mi padre fue quien los expulsó. Y el líder de esa fraternidad... era el hermano mayor de alguien que conocemos muy bien. —¿De quién? —preguntaron Brandon y Clara al unísono. Leo no respondió de inmediato. Miró hacia la ciudad, hacia la universidad que ahora era el nido de su enemigo. —Mañana es el aniversario de la expulsión. Es cuando él planea su gran final. Pero no sabe que la Manada ya no tiene miedo de sangrar.
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