El cielo sobre Cambridge se tiñó de un gris ceniza, como si el mismo aire presagiara que el día del juicio había llegado. El aniversario de la expulsión de la fraternidad secreta "Lux Umbra" no era solo una fecha en el calendario de los Novak; era el momento elegido por el acosador para ejecutar su sinfonía final.
En el refugio seguro, la atmósfera era de una calma sepulcral. Ian seguía estable, bajo la vigilancia de Nick, mientras Leo, Brandon, Sam y Toby se preparaban para el asalto final a la Universidad. Pero era Clara quien dictaba el ritmo. Ya no lloraba. Sus ojos miel estaban fijos en el vacío, inyectados en una resolución fría que asustaba incluso a Brandon.
—No voy a quedarme atrás, Leo —dijo ella, mientras se ajustaba un chaleco táctico bajo su sudadera—. He pasado meses siendo el juguete de este psicópata. He visto cómo lastimaba a mis amigos y cómo intentaba destruir al hombre que amo. Hoy, yo soy la que abre la puerta.
Leo la miró, queriendo protegerla, queriendo encerrarla en una caja de cristal para que nada la tocara, pero al ver la firmeza de su mandíbula, comprendió que Clara ya no era la chica que necesitaba ser salvada. Era una mujer reclamando su derecho a la venganza.
—Quédate cerca de Brandon —fue todo lo que dijo Leo, dándole un beso corto que sabía a despedida y a pólvora.
Llegaron a la universidad bajo el amparo de la neblina matinal. El campus estaba extrañamente vacío; las clases habían sido suspendidas tras el "accidente" en la torre del reloj. Leo guiaba al grupo a través de los túneles de mantenimiento, usando un mapa de calor que Ian había dejado pre-cargado antes de ser herido.
—La señal del servidor "L.R. 1998" se ha movido —susurró Leo por el auricular—. No está en el centro de datos. Está en el Gran Salón de Actos. El lugar donde mi padre firmó la expulsión de Lux Umbra.
—Es un ególatra —gruñó Brandon, cargando su arma de pulso—. Quiere recrear el momento de su derrota para transformarlo en su victoria.
Avanzaron con cautela. Sam y Toby se quedaron vigilando las entradas laterales, mientras Leo, Brandon y Clara se infiltraban en el Gran Salón. Al entrar, el olor a incienso y a cables quemados los recibió. El salón, de techos altos y gárgolas de piedra, estaba iluminado únicamente por cientos de pantallas LED que colgaban de las vigas, todas mostrando imágenes de Clara: durmiendo, riendo, llorando, e incluso imágenes de su infancia que ella misma había olvidado.
—Bienvenida a casa, Clara —la voz distorsionada retumbó en las paredes, multiplicada por los altavoces de alta fidelidad del salón—. Y bienvenido, Leonardo. El heredero que no pudo proteger su propio reino.
—¡Da la cara! —rugió Leo, poniéndose frente a Clara, escaneando las sombras con su visor térmico—. ¡Sé que estás aquí! Sé lo del botón, sé lo de la fraternidad. ¡Tu hermano fue un fracasado y tú eres solo su sombra resentida!
—¿Sombra? No, Leo. Yo soy la luz que tú no te atreves a encender —el acosador soltó una carcajada que heló la sangre de Clara—. ¿Realmente crees que soy un extraño? ¿Crees que un simple resentimiento familiar explicaría por qué conozco el sabor de las lágrimas de Clara o el sonido de su respiración cuando tiene pesadillas?
Clara dio un paso al frente, apartando a Leo suavemente. Sentía una presión en el pecho, un nudo de angustia que amenazaba con asfixiarla. El olor en el salón... no era solo incienso. Había algo más. Un perfume de sándalo y menta. Un aroma que ella conocía desde que era una niña.
—Basta de juegos —dijo Clara, su voz vibrando de dolor—. Si me quieres a mí, aquí estoy. Deja de lastimar a los demás. Muéstrate.
El silencio que siguió fue eterno. De repente, las pantallas LED se apagaron al unísono, dejando el salón en una oscuridad absoluta. Solo un reflector se encendió en el estrado superior.
Allí, de pie, vestido con un traje que encajaba perfectamente con su figura atlética y su porte elegante, estaba él. No llevaba máscara. No llevaba armas a la vista. Solo tenía una sonrisa amable, esa misma sonrisa que había consolado a Clara después de cada pelea con Leo.
Lucas.
El mundo de Clara se desmoronó. No fue una explosión física, sino el sonido seco de su corazón rompiéndose en mil pedazos de hielo.
—No... —susurró ella, retrocediendo hasta chocar con el pecho de Leo—. Lucas... no puedes ser tú... tú eres mi hermano de alma... tú eres el que me cuidaba...
Lucas bajó las escaleras del estrado con una calma aterradora, sus manos metidas en los bolsillos. —Y te cuido, Clara. Te cuido de la arrogancia de los Novak. Te cuido de un mundo que no te merece. Te cuido de ti misma.
—¡Maldito bastardo! —Brandon se lanzó hacia adelante, pero antes de que pudiera llegar, una red de cables electrificados cayó desde el techo, atrapándolo y lanzándolo al suelo con una descarga que lo dejó gritando de dolor.
—¡BRANDON! —gritó Leo, intentando ayudarlo, pero Lucas sacó un detonador.
—Un paso más, Leo, y las cargas que puse bajo el hospital donde está Ian se activarán —dijo Lucas, su voz ahora natural, despojada del modulador, revelando esa suavidad hipócrita que Clara tanto amaba—. Tú juegas con código, yo juego con vidas. Es una diferencia fundamental.
Clara miraba a Lucas como si fuera un monstruo que acabara de salir de su propia piel. El dolor en su rostro era tan profundo que Leo sintió que preferiría morir mil veces antes que verla así.
—¿Por qué, Lucas? —sollozó Clara, cayendo de rodillas—. Te abrí las puertas de mi casa... te di mi confianza... te amaba como a nadie...
—¡PORQUE EL AMOR QUE ÉL TE DA ES UNA CADENA! —estalló Lucas, su rostro transformándose en una máscara de locura y odio—. Los Novak destruyeron a mi familia. Tu tío Marcos y el padre de Leo aplastaron el legado de mi hermano. Me dejaron en la calle, Clara. Y mientras yo sufría, tú te convertías en la protegida de los mismos hombres que me quitaron todo. Tenía que recuperarte. Tenía que hacerte ver que solo yo soy real.
Leo sentía la furia correr por sus venas como ácido, pero sabía que un movimiento en falso mataría a Ian y posiblemente a todos en ese salón.
—No la amas, Lucas —dijo Leo, su voz era un trueno contenido—. El amor no aterroriza. El amor no hiere a los amigos de la persona que ama. Lo que tienes es una obsesión enferma. Eres un cobarde que usa teclados y bombas porque no tienes el valor de enfrentarme como un hombre.
—¿Valor? —Lucas se rió, acercándose a Clara y obligándola a levantarse tomándola de la barbilla—. ¿Sabes cuántas veces pude haberla tomado, Leo? ¿Sabes cuántas noches estuve en su habitación mientras ella dormía, solo oliendo su cabello? Pude haberla tenido un millón de veces, pero quería que ella me eligiera. Quería que ella viera que tú no podías salvarla.
Clara, en un arranque de asco y furia, le escupió en la cara. —¡Nunca te elegiría! ¡Eres un monstruo! ¡Te odio con cada fibra de mi ser!
El rostro de Lucas se volvió de piedra. El rechazo de Clara fue el golpe que su mente fracturada no pudo procesar. La abofeteó con tal fuerza que Clara cayó al suelo, su labio sangrando.
Leo perdió el control. Olvidó el detonador, olvidó el hospital, olvidó su propia seguridad. Se lanzó sobre Lucas con una ferocidad que solo un Novak empujado al límite puede poseer.
El enfrentamiento fue brutal. Lucas no era un debilucho; se había entrenado durante años para este momento. Ambos rodaron por el suelo del salón, rompiendo bancos de madera y estatuas. Leo conectó un puñetazo en la mandíbula de Lucas, pero este respondió clavándole un estilete que tenía oculto en la manga en el hombro de Leo.
—¡LEO! —gritó Clara, arrastrándose hacia donde Brandon intentaba liberarse de la red eléctrica.
Mientras Leo y Lucas se destrozaban mutuamente en una lucha de sangre y odio, Clara vio el detonador que Lucas había soltado durante la pelea. Estaba a unos metros, bajo un banco.
Se lanzó hacia él, pero el dolor en su rostro y en su cuerpo la hacía lenta. Lucas, al verla, pateó a Leo en las costillas y corrió hacia ella.
—¡Es mío, Clara! ¡Todo es mío! —gritó Lucas, pero antes de que pudiera llegar, una figura masiva se interpuso en su camino.
Brandon, con la piel quemada y los músculos temblando por las descargas, se había liberado de la red. Agarró a Lucas por el cuello y lo levantó en el aire con una mano, mientras con la otra le propinaba un golpe en el estómago que le sacó todo el aire.
—Por Ian... por Maya... y por Clara —dijo Brandon, antes de estrellar a Lucas contra una columna de piedra.
Leo se levantó, jadeando, con la sangre empapando su chaqueta de cuero. Se acercó a Lucas, quien yacía en el suelo, derrotado pero riendo histéricamente.
—Llegas tarde, Leo... —tosió Lucas, escupiendo sangre—. El virus ya se envió. Los servidores de los Novak, los Rissi, la universidad... todo está cayendo. He borrado vuestra existencia digital. Mañana no seréis nadie.
Leo sacó su propio dispositivo, el que Ian había salvado. —Te equivocas, Lucas. Ian no solo guardó tus ataques. Guardó tu rastro de identidad real. Mientras peleábamos, Nick ha estado enviando todas tus pruebas de acoso, tus compras de explosivos y tus grabaciones a la Interpol y al FBI.
El rostro de Lucas cambió de la locura al terror puro. —No... eso es imposible... yo lo borré todo...
—Un genio siempre tiene un respaldo —sentenció Leo, dándole una patada final que lo dejó inconsciente—. Y mi manada es el mejor respaldo del mundo.
La policía y las unidades tácticas irrumpieron en el salón minutos después. Sam y Toby entraron corriendo, abrazando a Brandon y ayudando a Leo. Pero en medio del caos de luces rojas y azules, Clara estaba de pie, mirando cómo se llevaban a Lucas en una camilla, esposado.
Estaba destruida. El hombre que había sido su apoyo, su confidente, su "familia", resultó ser el arquitecto de su infierno. Se sentía violada en lo más profundo de su alma. Cada recuerdo compartido con Lucas ahora estaba manchado de asco.
Leo se acercó a ella, ignorando su propia herida en el hombro. Intentó tocarla, pero ella retrocedió un paso, con la mirada perdida.
—Clara... —susurró él, con el corazón roto al verla así.
—Él estuvo en mi habitación, Leo... —dijo ella con una voz vacía, que cortaba más que cualquier cuchillo—. Mientras yo lloraba por ti, él estaba allí... riéndose de mí. Todo fue una mentira. Mi vida entera ha sido una mentira.
Leo no la obligó a abrazarlo. Simplemente se quedó allí, como un muro de protección, permitiendo que ella se desmoronara. Clara cayó en sus brazos, llorando con un desconsuelo que hizo que incluso Brandon tuviera que apartar la mirada. Eran gritos de una niña que acababa de perder su inocencia por completo.
—Estoy aquí, Clara. El Lobo está aquí. No te voy a soltar nunca —le prometió Leo, apretándola contra su pecho mientras la lluvia empezaba a caer a través de los vitrales rotos del salón.
Esa noche, el penthouse se sentía diferente. Lucas estaba en una prisión de alta seguridad, Ian estaba despertando en el hospital y la red de Lux Umbra había sido desmantelada. Pero el daño emocional era una herida que la tecnología no podía curar.
Clara estaba sentada en el balcón, envuelta en una manta. Leo se sentó a su lado, en silencio. La manada estaba en la sala, cuidándose unos a otros, unidos por una lealtad que ahora era inquebrantable.
—¿Alguna vez volveré a confiar en alguien, Leo? —preguntó ella, sin mirarlo.
Leo tomó su mano y la besó. —Llevará tiempo, Clara. Pero mírame. Mira a Brandon, a Ian, a los chicos. Nosotros sangramos por ti. Nosotros cruzamos el fuego por ti. Lucas era la sombra, pero nosotros somos la realidad. El apellido Novak y el apellido Rissi pueden ser complicados, pero esto... esto que tenemos es real.
Clara lo miró, y por primera vez en todo el día, vio un atisbo de esperanza en sus ojos. No iba a ser fácil. Las pesadillas volverían, y el nombre de Lucas siempre sería una mancha en su pasado. Pero tenía al Genio a su lado, y tenía a una Manada que daría la vida por ella.
—Te amo, Leo —dijo ella, apoyando su cabeza en su hombro.
—Y yo a ti, mi reina. Ahora y siempre.
Afuera, la ciudad de Cambridge seguía su curso, pero en el corazón de los Novak y los Rissi, una era había terminado y otra, marcada por la verdad y la sangre, acababa de comenzar. El acosador había caído, pero el legado de los genios apenas empezaba a escribirse.