La prisión de alta seguridad de Blackwood se sentía como un bloque de hielo en medio de la ciudad. El eco de las puertas de metal cerrándose tras Leonardo resonaba en su pecho como una sentencia. Sus nudillos estaban blancos, apretando una carpeta que no necesitaba abrir; cada dato sobre la traición de Lucas estaba quemado en su memoria. Cuando entró en la sala de visitas, vio a Lucas a través del cristal reforzado. No quedaba rastro del chico amable y servicial. Su mirada era vacía, y una sonrisa torcida, casi inhumana, jugaba en sus labios. Leo se sentó y tomó el interfono. Sus ojos miel eran dos pozos de odio líquido. —¿Por qué, Lucas? —la voz de Leo era un susurro que cortaba—. Después de todo lo que Clara hizo por ti. Después de que te abriera las puertas de su familia. ¿Por qué de

