Soy un error.

1274 Words
Alaska Ayer fue perfecta mi tarde con Raúl. Me llevó temprano a casa, como siempre, sin preguntas ni promesas innecesarias. Después me metí en la cama con el cuerpo cansado y la mente extrañamente en calma. Dormí profundamente, algo poco habitual en mí. Al día siguiente me levanté temprano. La casa estaba silenciosa, demasiado ordenada para mi gusto. Bajé las escaleras despacio y entonces me di cuenta de que mi padre y Daniel ya estaban desayunando en el comedor principal. Los dos vestidos impecables, leyendo informes, hablando en voz baja como si el mundo no pudiera esperar ni siquiera a esa hora. Me acerqué y los saludé a los dos con besos en las mejillas. —Buenos días —dije, intentando sonar alegre. —Buenos días, princesa —respondió Daniel sin levantar del todo la vista. Miré a mi padre y sonreí. —Feliz cumpleaños… —le dije a papá.Él levantó la mirada y me devolvió una sonrisa cansada, de esas que se ensayan frente al espejo. —Muchas gracias, cariño —me dice—Esta noche te debes ver muy hermosa. Vendrán personas muy importantes. Asentí despacio. —Claro. Volví a sentarme, observándolos en silencio mientras seguían hablando de reuniones, agendas y compromisos internacionales. No tardaron en llegar mi madre, la rubia de ojos celestes, impecable como siempre. Cruzó el comedor con pasos seguros y saludó a mi padre con un beso en la mejilla, elegante, ensayado. Mi madre es súper hermosa. Fue modelo cuando era joven y conserva esa presencia que llena cualquier espacio. Se casó con papá poco tiempo después de que él quedara viudo tras la muerte de la madre de Daniel.Ella ya tenía a los gemelos, Iñigo e Iván, y tiempo después nací yo. —Buenos días, Alaska… —dijo, dejando un beso en mi mejilla frente a papá. Sonrió, la sonrisa perfecta.Sabía fingir muy bien porque cuando él no está, me ignora. No preguntas, no caricias, no interés. Solo silencio. —Buenos días, mamá —respondí, bajando la mirada. Entonces Iván se acercó y dejó un beso en mi mejilla antes de sentarse a mi lado. —Buenos días, hermanita —dijo con naturalidad—. Estás hermosa. ¿Hace cuánto tiempo que no te vemos? Lo miré un segundo. —Hace un año… El año pasado ignoraron mi cumpleaños por segunda vez. Papá en recompensa envío un cheque. Únicamente nos vimos cuatro veces, para el cumpleaños de papá y de Daniel y para dos galas en las que debía sonreír y fingir ser la hija perfecta. Iván siempre ha sido insoportable conmigo. Iñigo apenas nota que existo, demasiado concentrado en números, cargos y reuniones. Daniel, en cambio, es mi hermano mayor sobreprotector, incluso con su vida ajetreada; siempre pendiente, siempre alerta. Pero Iván… Iván es distinto.Tiene esa manera suya de observar que me incomoda, una atención que nunca pedí y que siempre he rechazado. Siempre me mira las piernas, sin disimulo. Siempre ha sido un cerdo, pero desde que perdió el ojo se ha puesto peor. Eso fue hace unos tres años o más. Él dice que intentaron secuestrarlo, que todo fue un accidente y que Iñigo lo rescató. Nadie volvió a hablar del tema. Como tantas cosas en esta familia.Estaba removiendo el café cuando se inclinó hacia mí. —Qué linda falda tienes, Ali —me susurró al oído. Me quedé rígida un segundo. El estómago se me cerró. —Cariño… —le dice papá a mamá, con ese tono suyo que no admite réplica—. Necesito que prepares a Alaska para esta noche y que todo sea impecable. —Por supuesto, cariño… —responde ella de inmediato, sin mirarme. Como si yo no estuviera allí.Durante la tarde me quedé en mi habitación con mi madre y la modista, una mujer delgada, elegante, que hablaba poco y medía todo con la mirada. Extendió sobre la cama varios vestidos, uno tras otro, como si fueran cartas marcadas. Cada uno era más atrevido que el anterior. Escotes pronunciados. Espaldas descubiertas. Aberturas imposibles, los observé en silencio, con un nudo en el estómago. —Mamá… no sé… —dije al fin—. Muestran mucha piel. Ella soltó una risa suave, casi divertida, como si mi duda fuera un capricho infantil. —Ya no eres una niña, Alaska —dijo—. Eres una mujer. Estás a punto de cumplir dieciocho años. La modista asintió, como si aquello fuera un hecho incuestionable. —Este resaltaría perfectamente su figura —añadió—. Es elegante, pero llamativo. Ideal para una velada importante. Me miré en el espejo mientras sostenían la tela frente a mí. Veía mi reflejo… pero no terminaba de reconocerme. —No quiero parecer… —empecé a decir. —¿Qué? —me interrumpió mamá—. ¿Invisible? Me miró con una expresión que no supe descifrar. —En esta familia, querida, no se puede pasar desapercibida. Guardé silencio porque entendí que no se trataba de lo que yo quería.Se trataba de la imagen, de la hija perfecta del expresidente, de la hermana del presidente. —Mamá… —dije al fin, rompiendo el silencio mientras la modista ajustaba el vestido—. Pronto será mi cumpleaños. Ella ni siquiera me miró. Siguió revisando unas telas, como si hubiera hablado el aire. —Estamos ocupados —respondió—. Tu padre y Daniel con la presidencia, Iñigo con la defensa del país… y yo con las fundaciones. Tragué saliva. —Siempre estáis ocupados.Me haces sentir como si fuera un estorbo. Por fin levantó la vista. Sonrió un poco, pero no fue una sonrisa cálida. Fue condescendiente, casi cansada. —Alaska, no dramatices —dijo—. Sabes perfectamente que te quiero. Se acercó un paso, observándome como se observa un vestido mal cortado. —Pero también tienes que entender algo que nunca has querido aceptar. —¿Qué…? —murmuré. —Que desde que llegué a esta familia he tenido que sacrificar demasiado por ti —continuó, sin bajar la voz—. Mi carrera estaba en la cúspide. Desfilaba en París, Milán, Nueva York. Era alguien.Daniel y los gemelos ya eran niños grandes e independientes. No me necesitaban, pero tu padre quería otro hijo… y naciste tú. Sentí cómo se me cerraba el pecho. —Llorabas con las niñeras —prosiguió—. Hacías escenas, enfermabas con facilidad, no dormías y tu padre me exigió que lo dejara todo. Todo. Diez años de mi vida por una niña que nunca aprendió a estar sola. —Mamá… —intenté decir, con la voz temblorosa. —No me interrumpas —me cortó—. Ahora manejo las empresas de tu padre, las fundaciones, y ayudo a niñas que de verdad lo necesitan.No a una joven privilegiada que se ofende porque no es el centro del mundo. Sentí los ojos arder. —Solo quería que estuvierais conmigo… —susurré. Ella soltó una risa breve, seca. —Eso es exactamente lo que te pasa, Alaska. Siempre quieres más, mas atención, más tiempo, más cariño y no entiendes que no siempre se puede. Si podemos, iremos a tu cumpleaños y si no, tendrás que aceptarlo como una mujer adulta. No como una niña caprichosa. La modista carraspeó, incómoda. —Señora, el vestido… —Que se lo pruebe —ordenó mi madre—. Y que le quede perfecto.Al menos para algo tiene que servir esta noche. Me levanté despacio, con las manos frías y el corazón hecho pedazos porque en ese momento entendí algo que dolía más que cualquier ausencia:Para mi madre, yo no era una hija, era una deuda.Un error que tuvo que pagar y que jamás dejó de reprocharme.
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