El correo llegó a las 06:12 de la mañana, cuando Stanford todavía dormía y el cielo comenzaba a aclararse con un azul pálido que parecía más una promesa que una certeza. Maya estaba despierta desde antes, como casi todas las mañanas desde que el paper había entrado en revisión avanzada. Había aprendido a vivir con ese nudo permanente en el estómago, una mezcla de ansiedad y esperanza que no se disipaba ni siquiera con el café más fuerte. Estaba sentada en la mesa pequeña de su departamento, con el computador abierto y una libreta llena de anotaciones que ya conocía de memoria. Los resultados de la optimización lipídica en las semillas de girasol transgénicas estaban impresos, subrayados, casi gastados de tanto revisarlos. Era su trabajo. Su idea. Su obsesión. Su orgullo. Cuando vio el re

