El laboratorio volvió a llenarse de ruido, pero no del tipo que podía medirse en decibeles. Era un murmullo constante, subterráneo, hecho de comentarios a medias, silencios prolongados y miradas que se desviaban demasiado tarde. Maya lo percibía incluso cuando intentaba concentrarse en las lecturas de fluorescencia o en el análisis estadístico de los últimos ensayos. Algo había cambiado, y no solo para ella. La decisión del comité había abierto una g****a invisible. No era una sanción, ni una absolución completa. Era una observación formal, una nota al margen que decía, sin decirlo del todo, que la investigación de Maya tenía mérito propio y que cualquier colaboración futura debía ser evaluada con extrema cautela. El nombre de Elizabeth Connor aparecía apenas una vez en el documento, co

