CAPÍTULO 10

1443 Words
La alarma de Maya sonó a las 4:15 de la madrugada, un sonido suave, como si hasta su teléfono supiera que despertarla a esa hora era casi un crimen. Abrió los ojos con dificultad, todavía rodeada por la oscuridad densa del cuarto que compartía con Taylor y que a esa hora parecía una cueva silenciosa. Su cuerpo pedía seguir durmiendo, pero la realidad de los horarios del laboratorio en Stanford no se compadecía con los ritmos humanos. Había aprendido rápido una regla no escrita: si quería usar las máquinas más delicadas sin interrupciones, tenía que trabajar cuando el mundo aún dormía. Y Maya necesitaba avanzar. Necesitaba perfeccionar el ensayo para su proyecto Optimización de la producción de lípidos en semillas de girasol transgénicas para aplicaciones terapéuticas en enfermedades genéticas. Necesitaba demostrarle al mundo —y quizá a ella misma— que merecía estar en Stanford. Se vistió a tientas, intentando no despertar a Taylor, aunque él siempre se movía un poco cuando la escuchaba. Al ponerse la chaqueta, Taylor murmuró medio dormido: —Be safe… y tráeme un café si sobrevives a la madrugada. Maya soltó una risita silenciosa. El humor de Taylor era la dósis justa de luz para sus días más tensos. Caminó por los pasillos silenciosos de la residencia, sintiendo ese frío que solo existe antes del amanecer, un frío distinto, más fino, más mental que físico. Caminó hasta el edificio de biociencias, donde el acceso 24/7 siempre le recordaba que la genialidad universitaria no respetaba horarios. Al entrar al laboratorio, las luces automáticas tardaron un segundo en encenderse. Ese segundo era su favorito: el instante en que el espacio estaba completamente oscuro, silencioso y cargado de posibilidades. Cuando la luz finalmente bañó las superficies metálicas y los tubos alineados como soldados de vidrio, Maya respiró profundo. A esa hora, el laboratorio era suyo. —Vamos a hacer magia, Mendel Pig —susurró, aunque Mendel estaba a miles de kilómetros, con Leen, probablemente durmiendo aplastado contra una almohada como la pequeña albóndiga peluda que era. Encendió las centrífugas, preparó el espectrofotómetro y revisó los reactivos con la precisión obsesiva que se había vuelto parte de su rutina. Era de esas mañanas donde el silencio parecía amplificar todo: el clic de los tubos, el zumbido de las máquinas, el latido acelerado de sus expectativas. Mientras preparaba una de las muestras, su cabeza dio un salto inevitable hacia Oliver Saint James. Había algo en él que la descolocaba. Algo que no encajaba con su imagen inicial de “profesor que odia a las mujeres” o “académico que subestima a las científicas jóvenes”. El problema era que él no hacía nada para alimentar esas etiquetas. Y eso hacía todo mucho más confuso. Pensó en su modo de observar: fijo, analítico, un poco frío, pero nunca hiriente. Pensó en la forma en que había sostenido su mirada el día anterior, cuando ella defendió sus avances, y en cómo él bajó la intensidad por un segundo, como si hubiera visto algo en ella que lo obligó a frenar. —Ridículo —murmuró Maya, batiendo la mezcla con más fuerza de la necesaria—. No me gusta. No es eso. Pero sabía que algo había cambiado. Luchaba contra la posibilidad como si fuera una enfermedad contagiosa. Y sin embargo… Había un fragmento de su cerebro que se encendía cuando él entraba a una sala. Un fragmento pequeño, silencioso. Peligroso. A las 5:30, mientras programaba un análisis en el cromatógrafo de gases, escuchó un ruido en la entrada. No esperaba a nadie. El corazón se le detuvo un segundo. Los pasos eran firmes, tranquilos, medidos. Nada delataba apuro, sueño o torpeza. Ese ritmo tenía dueño. Maya sintió el aire cambiar antes de verlo. —Se suponía que a esta hora no había nadie en el laboratorio —dijo una voz grave, perfectamente reconocible. Ella cerró los ojos un instante. No porque estuviera asustada. Sino porque no tenía energía para enfrentarse a Oliver Saint James antes de que saliera el sol. Cuando se giró, él estaba ahí. Sin bata, con jeans oscuros y una polera gris que no le había visto antes. El pelo ligeramente desordenado, como si hubiera pasado una mano entre las hebras recién al levantarse. Nunca lo había visto así. Nunca tan… humano. —Buenos días, doctor Saint James —dijo, intentando sonar profesional, como si no sintiera que su cuerpo había reaccionado al verlo. Oliver alzó una ceja apenas. —¿Buenos días? Esto es… muy temprano para ser “día”. Maya apretó los labios, conteniendo la réplica que quería darle. —Necesito avanzar en mis ensayos. Las máquinas están ocupadas todo el día, y no quiero retrasar el trabajo del equipo. —¿Y piensas sacrificar sueño indefinidamente? Maya se tensó. No era lo que él dijo. Era cómo lo dijo. Como si le importara. —Estoy bien —respondió, más cortante de lo necesario. Él la observó por unos segundos que se sintieron como un examen completo de anatomía emocional. —Estás preocupada por la competencia interna —dijo él, como quien lee un diagnóstico certero—. Y crees que si no te matas trabajando, alguien te va a pasar por encima. Ella se quedó en silencio. No porque estuviera equivocada. Sino porque la exactitud la dejó expuesta. —En Stanford nadie te va a regalar nada, Maya —continuó él—. Pero tampoco vamos a permitir que alguien robe tu trabajo. Hubo un temblor imperceptible en su voz. Maya no supo identificar por qué, pero sintió la necesidad de apoyarse en la mesa. —Eso… eso suena muy específico —susurró—. Como si hablara por experiencia. Oliver desvió la mirada apenas. Un gesto mínimo. Pero suficiente. —Todos tenemos historias —fue todo lo que dijo. Ella iba a responder algo —no sabía qué— cuando la máquina emitió un pitido de confirmación. Maya se giró para continuar el análisis, pero Oliver se acercó y se irguió a su lado. Demasiado cerca. Ella sintió el calor de él, la presencia sólida a solo unos centímetros. Su respiración se volvió consciente. La suya y la de él. —La temperatura del invernadero secundario está fluctuando —dijo él, mirando la pantalla del monitor—. ¿No lo notaste? —No… —Maya sintió un pequeño golpe de ansiedad—. Revisé dos veces antes de empezar. Oliver tocó la pantalla y amplió la gráfica. Su mano estaba tan cerca de la de ella que Maya sintió electricidad recorrerle la piel. —Está bien —dijo él finalmente—. Solo quería asegurarme. Pero había algo en su tono que no coincidía con la frase. Algo que sonaba a protección. A cuidado. A una frontera que él mismo no entendía si debía cruzar o no. Ella lo miró. Y él sostuvo la mirada. Por primera vez, no había juicio en sus ojos. Había algo más. Algo que Maya no tenía herramientas para decodificar. —Si vas a trabajar a esta hora —dijo él, bajando la voz—, al menos deja una nota en el registro nocturno. Si ocurre algo… necesito saber que estabas aquí. Necesito saber. No “el laboratorio necesita saber”. No “es un protocolo”. Él necesitaba saber. Maya tragó saliva, suavemente. —Lo haré —dijo. Y sin planearlo, su voz salió más suave, más honesta, que nunca. Oliver retrocedió un paso. Como si se diera cuenta de que había estado demasiado cerca. Como si su cuerpo reaccionara antes que su mente. —Bien —dijo él, recomponiéndose—. Yo… también tengo trabajo pendiente. No esperaba encontrar a nadie a esta hora. Ella arqueó una ceja. —¿También se levanta a las cuatro de la mañana, doctor? —A veces el insomnio es más eficiente que el café. La frase la sorprendió. Era casi humor. Humano. Real. Y por un segundo, solo un segundo, Maya sintió que conocía una parte de él que nadie más veía. Trabajaron en silencio los minutos siguientes. Él en su mesa, ella en la suya. Pero el laboratorio ya no era el mismo. No era solo el eco azul de las máquinas. Era el eco de algo nuevo. Cuando Maya terminó sus primeras muestras, Oliver guardó sus documentos, se puso la bata y dijo: —Maya. Ella levantó la vista. —Lo estás haciendo bien. Ella sintió que el corazón le explotaba en el pecho. —Gracias… doctor. Él salió del laboratorio sin añadir nada más. Pero el silencio que dejó atrás no era vacío. Era una promesa. Un peligro. Un comienzo.
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