CAPÍTULO 16

1078 Words
Maya despertó antes de que sonara la alarma. No fue el jet lag —aunque estaba ahí, latente—, sino esa sensación conocida de estar al borde de algo importante. El techo blanco de la habitación del hotel le devolvía una calma falsa, casi clínica. Demasiado silencio para una ciudad que bullía a pocas cuadras, demasiado orden para la maraña de pensamientos que llevaba dentro. Era el primer día de la convención. El tercero sería el suyo. Solo pensar en eso le tensó los hombros. Se sentó en la cama y respiró hondo, como le había enseñado Leen en una de esas noches infinitas en Chile, cuando la ansiedad parecía un animal sin nombre. Inhalar en cuatro. Sostener. Exhalar lento. Funcionó… lo justo. Su presentación no era hasta el último día, pero sabía que los nervios no respetaban calendarios. Ya había repasado su paper mentalmente más veces de las que podía contar. Optimización de la producción de lípidos en semillas de girasol transgénicas para aplicaciones terapéuticas en enfermedades genéticas. Cada palabra tenía peso. Cada gráfico, una decisión que podía ser cuestionada. Y Stanford no perdonaba errores. Se duchó rápido, se vistió con ropa cómoda pero profesional y revisó su correo mientras se tomaba un café demasiado aguado. Entre los mails automáticos de la convención, uno destacaba. Elizabeth Connor. El asunto era breve: “Maya – Convención”. Dudó unos segundos antes de abrirlo. Querida Maya, Sé que estarás ocupada estos días, pero me encantaría verte en persona si tienes un momento. Hay cosas importantes que podríamos conversar sobre tu línea de investigación. Con cariño, Elizabeth Maya cerró el mail sin responder. No todavía. La palabra cariño le dejó un sabor amargo. Había admirado a Elizabeth durante años. Había confiado en ella como se confía en alguien que te abre una puerta que creías cerrada para siempre. Pero desde que llegó a Stanford, algo se había desplazado. Pequeños comentarios, sugerencias ambiguas, silencios estratégicos. No era el momento de procesar eso. Guardó el teléfono y salió rumbo al centro de convenciones. El lugar era imponente. Vidrio, acero, pantallas gigantes anunciando ponencias, pasillos llenos de científicos de todo el mundo con credenciales colgando del cuello. Maya sintió esa mezcla extraña de pertenencia e impostora que la acompañaba desde que había llegado a Estados Unidos. Ahí estaba Oliver Saint James. Lo vio antes de que él la viera a ella. Estaba hablando con dos colegas, gesticulando poco, escuchando mucho. Traje oscuro, camisa clara sin corbata. Profesional, serio. Como siempre. Nada en su postura sugería cercanía, pero tampoco hostilidad. Maya apretó la correa de su bolso y avanzó. —Buenos días, Maya —dijo él cuando la vio, con esa voz baja que parecía siempre medir las palabras—. ¿Descansaste? —Lo suficiente —respondió ella—. Supongo. Oliver esbozó una sonrisa mínima. —Primer día siempre es así. Mucha expectativa, poca claridad. Caminaron juntos hacia el auditorio principal. No demasiado cerca. No demasiado lejos. Una distancia correcta, académica. Maya se sorprendió notando detalles absurdos: el ritmo de sus pasos, la manera en que Oliver observaba los espacios antes de entrar, como si evaluara rutas de escape. —Hoy solo asistimos —continuó él—. Observamos. Mañana ajustamos. El tercer día… —hizo una pausa— será el tuyo. Maya asintió, tragando saliva. —Lo sé. No dijo estoy lista. No lo estaba. Durante la mañana asistieron a dos ponencias. Maya tomó notas compulsivamente, no tanto por necesidad como por mantenerse ocupada. Oliver intervenía poco, pero cuando lo hacía, el auditorio escuchaba. Maya lo notó. Notó también que, sin que ella se diera cuenta, él deslizaba a veces un comentario bajo, una aclaración breve, como si la estuviera entrenando sin hacerlo evidente. En el almuerzo se sentaron con otros investigadores. Conversaciones cruzadas, risas medidas, tarjetas de presentación intercambiadas. Maya se sentía dentro de una coreografía que aún estaba aprendiendo. Cuando tuvo un momento a solas, sacó el teléfono y escribió a Leen. Maya: Primer día. Todo enorme. Siento que mi cerebro va a explotar. Leen: Respira, Potterhead. Tú perteneces ahí. ¿Oliver sigue siendo intimidante? Maya: Siempre. Pero… distinto. No sé cómo explicarlo. Leen: Ajá. Eso suena peligroso 😏 Maya sonrió pese a sí misma. Más tarde, un mensaje de Taylor. Taylor: Vi el programa. Tu nombre está circulando mucho. No te olvides quién eres. Maya: Gracias. De verdad. Ese pequeño anclaje la sostuvo el resto de la tarde. El día terminó con una recepción informal en el mismo centro. Luces cálidas, copas de vino, conversaciones más distendidas. Maya se permitió relajarse un poco. Oliver estaba cerca, pero no encima. Presente sin invadir. Hasta que Elizabeth Connor apareció. Impecable. Sonriente. Poderosa. —Maya —dijo, abriendo los brazos—. Qué alegría verte. Maya aceptó el abrazo, rígida. —Elizabeth. Conversaron lo justo. Comentarios sobre la convención, sobre Stanford, sobre el potencial del trabajo de Maya. Oliver observaba desde un costado, sin intervenir. Maya notó su mirada fija, atenta. —Me encantaría que retomáramos una conversación pendiente —dijo Elizabeth finalmente—. Hay oportunidades que no deberías dejar pasar. —Lo pensaré —respondió Maya, con una educación que le costó sostener. Elizabeth se fue tan elegantemente como había llegado. Oliver esperó a que Elizabeth se alejara antes de hablar. —No confíes en ella —dijo, sin rodeos—. Nunca. Maya lo miró, sorprendida por la dureza de su tono. —¿Por qué? Oliver apretó la mandíbula. —Porque sé exactamente cómo trabaja. No dijo más. Salieron juntos del centro de convenciones cuando ya anochecía. El cansancio cayó de golpe, pesado. —Mañana será largo —comentó Oliver—. Descansa. Asintieron, cada uno yendo hacia su hotel. El de Maya estaba a dos cuadras. En la recepción, la joven detrás del mesón frunció el ceño al revisar el computador. —¿Apellido? —García. Tecleó. Se detuvo. Volvió a teclear. —Hay un problema con su reserva. Maya sintió cómo el estómago se le hundía. —¿Qué tipo de problema? —Una filtración en su habitación. Tuvimos que cerrarla por seguridad. —Pero… —Maya respiró hondo— ¿tienen otra? La recepcionista dudó. —El hotel está completo por la convención. Silencio. —Estamos revisando opciones —añadió—. Por favor, espere un momento. Maya apoyó las manos en el mesón, cansada, sin imaginar todavía que esa espera estaba a punto de cambiar mucho más que su alojamiento.
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