CAPÍTULO 17

1081 Words
Maya aún tenía la sensación de que el día no había terminado, aunque el reloj marcara pasada la medianoche. El incidente de la filtración seguía latiéndole en el pecho como una alarma mal apagada. Cada vez que cerraba los ojos veía la diapositiva distorsionada, los murmullos del auditorio, la certeza incómoda de que alguien había intervenido donde no debía. El trayecto desde el centro de convenciones hasta el hotel de Oliver fue silencioso. No incómodo, pero sí denso. Afuera, la ciudad brillaba con luces cálidas y elegantes, como si no existiera la ansiedad que Maya llevaba en el cuerpo. El hotel era exactamente lo que ella imaginaba para alguien como Oliver: imponente, sobrio, luminoso incluso de noche. Mármol claro, arreglos florales discretos, personal que parecía deslizarse más que caminar. Maya se sintió, por un segundo, fuera de lugar con su bolso gastado colgándole del hombro. —Es solo por esta noche —dijo Oliver, como si hubiera leído su pensamiento—. Mañana vemos qué solución nos dan. Ella asintió. Sabía que no tenía energía para discutirlo. La filtración en su hotel había dejado su habitación inutilizable. Agua corriendo por las paredes, maletas mojadas, técnicos entrando y saliendo. El personal había sido amable, pero no había otra opción inmediata. Oliver había ofrecido ayuda con una naturalidad que a ella todavía le desconcertaba. Subieron en silencio hasta el último piso. El ascensor era amplio, silencioso, con espejos que devolvían una imagen cansada de Maya: el cabello algo revuelto, los hombros tensos, los ojos demasiado despiertos para la hora. La habitación de Oliver era grande, elegante sin ostentación. Una cama king impecable, ventanales con vista a la ciudad, un sofá de líneas simples y una iluminación cálida que hacía que todo pareciera más íntimo de lo que Maya estaba preparada para procesar. —Podemos turnarnos el baño —dijo él—. Y si quieres, puedo dormir en el sofá. —No —respondió ella demasiado rápido—. No hace falta. No soy… no me incomoda. No del todo, al menos. Lo que le incomodaba no era compartir el espacio, sino lo consciente que era de él en cada rincón. Dejó su bolso junto a una silla y respiró hondo. —Voy a… cambiarme —dijo, señalando vagamente su ropa—. Pero eh… ¿no se te olvidó algo en recepción? ¿Algún documento, o… no sé… la tarjeta, o…? Oliver arqueó una ceja, claramente conteniendo una sonrisa. —Buena distracción —dijo—. Ve tranquila. Tomó su neceser y se dirigió al baño. —No mires —añadió ella, medio en broma, medio en serio. —Prometido. Maya soltó el aire cuando la puerta del baño se cerró. Abrió su bolso y sacó el pijama con una mezcla de resignación y vergüenza. No había pensado que lo usaría frente a nadie. Era cómodo, suave… y absolutamente infantil. Un pijama de Harry Potter, con pequeños símbolos impresos y el escudo de Ravenclaw en el pecho. —Genial, Maya —murmuró—. Profesional brillante, pijama de doce años. Se cambió rápido, como si el tiempo pudiera esconder la ridiculez. Se ató el cabello en un moño desordenado y se miró al espejo. A pesar de todo, se veía… vulnerable. Real. Cuando Oliver salió del baño, ella ya estaba sentada en el borde de la cama, fingiendo revisar su celular. Él apareció con una polera negra, sencilla, con el logo de Slytherin en verde oscuro, y un pantalón de franela suelto. Maya alzó la vista y se quedó quieta un segundo. —No puede ser —dijo ella. Oliver la miró y luego siguió su mirada hasta su propio pecho. Después la miró a ella. Y entonces vio el pijama. La risa fue inmediata, compartida, genuina. —¿Ravenclaw? —preguntó él—. Claro que sí. —No empieces —dijo ella, cubriéndose un poco con los brazos—. No estaba planeado que alguien viera esto. —Tranquila —respondió—. Es perfecto. —¿Perfecto? —Sí. Tiene sentido. Inteligente, observadora, siempre analizando todo. Ravenclaw hasta la médula. Ella lo miró, sorprendida por el tono. No había burla. Solo… reconocimiento. —¿Y tú? —preguntó—. ¿Slytherin de verdad? —Estrategia, ambición, supervivencia —dijo encogiéndose de hombros—. No todos los villanos son malos. —Eso diría un Slytherin. Ambos rieron, pero el silencio que siguió fue distinto. Más lento. Más cargado. Maya se recostó, aún vestida con su pijama ridículo, y de pronto todo el cansancio del día le cayó encima. —No sé si estoy a la altura —dijo, sin mirarlo—. Mañana… pasado mañana… todos esperan tanto. Y después de lo de hoy… Oliver se sentó a su lado, sin tocarla aún. —Estás aquí por una razón, Maya. —¿Y si no es suficiente? ¿Y si Elizabeth tiene razón y necesito… algo más para llegar ahí? Él giró apenas hacia ella. —Connor no regala oportunidades. Cobra con intereses. Maya apretó las manos. —Tengo miedo de fallar. El silencio fue breve, pero denso. Entonces Oliver apoyó una mano en su espalda, apenas un contacto, firme pero cuidadoso. Maya sintió un escalofrío recorrerle la piel. —No tienes que ser perfecta —dijo él—. Solo honesta con tu trabajo. Eso ya te trajo hasta aquí. Ella apoyó la frente en su hombro sin pensarlo demasiado. El gesto fue pequeño, pero cargado de algo que ninguno nombró. Oliver la rodeó con un brazo, sin apretar, como dando espacio para que ella decidiera quedarse. Maya se erizó por completo. El corazón le latía demasiado fuerte para ser solo cansancio. —Gracias —susurró. —Duerme —respondió él—. Mañana será largo. Se acomodaron en la cama con una distancia prudente, aunque la cercanía era inevitable. Dos cuerpos conscientes el uno del otro, respirando el mismo aire. Maya tardó en dormir. Cerca de la una de la madrugada, su celular vibró suavemente. Elizabeth Connor. “Maya, sé que hoy fue difícil. Creo que deberíamos hablar con calma. Tengo una propuesta que podría interesarte. Mañana, cuando quieras.” Maya cerró los ojos, el mensaje brillando como una advertencia. No respondió. Se giró apenas, sintiendo el calor de Oliver a su espalda, y dejó que la noche avanzara sin tomar decisiones. El día dos de la convención aún no había terminado. Y el tercero se acercaba más rápido de lo que estaba preparada para admitir.
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