CAPÍTULO 18

1053 Words
Maya despertó con una sensación extraña, como si su cuerpo no estuviera exactamente donde debía estar. No fue un sonido lo que la sacó del sueño, sino el peso. Un peso tibio, firme, tranquilizador. Algo sólido bajo su brazo derecho. Tardó unos segundos en comprenderlo, y cuando lo hizo, el pánico llegó de golpe. Abrió los ojos. El techo blanco del hotel fue lo primero que vio. Luego una manga oscura. Y finalmente, el pecho de Oliver Saint James subiendo y bajando con una respiración lenta y profunda. Estaba literalmente esparramada sobre él. Un brazo cruzado sobre su pecho, la pierna derecha enganchada sobre su muslo, como si durante la noche hubiera decidido, sin pedir permiso, que ese era el lugar más seguro del mundo. —No… no, no, no —susurró, inmóvil. Oliver dormía. Con extremo cuidado, como si desactivar una bomba, Maya retiró primero el brazo. Luego la pierna. Cada movimiento fue un pequeño suplicio. Cuando por fin logró separarse, se sentó de golpe al borde de la cama, llevándose ambas manos al rostro. —Lo siento, lo siento, lo siento… —murmuró, roja hasta las orejas—. Perdón. El movimiento lo despertó. Oliver abrió los ojos despacio, todavía atrapado entre el sueño y la vigilia. Se incorporó lentamente, pasó una mano por su rostro y enfocó la escena: Maya rígida, nerviosa, evitando mirarlo. —¿Qué pasó? —preguntó con voz grave, aún dormida. Ella giró hacia él de inmediato. —Yo… me moví mientras dormía. Mucho. Demasiado. Lo siento, de verdad. No era mi intención invadir tu espacio personal, ni tu torso, ni tu pierna, ni absolutamente nada… Oliver la observó unos segundos antes de responder. Luego soltó una pequeña exhalación, casi una risa cansada. —Maya —dijo—. Tranquila. Sigo entero. Ella soltó una risa nerviosa. —Gracias por no hacerlo incómodo. —No lo fue —respondió él con sencillez. El silencio que quedó después no fue incómodo, pero sí denso. Cargado de cosas que ninguno nombró. —Voy a ducharme —dijo Maya de pronto—. Necesito despejarme. —Claro —respondió Oliver—. Yo espero. El agua caliente fue un alivio inmediato. Maya apoyó la frente contra la pared de la ducha, respirando hondo. La conferencia. Elizabeth. El comité. Dormir abrazada a su profesor. Todo se mezclaba en su cabeza. Cuando salió, envuelta en la toalla, el vapor aún flotaba en el aire. Oliver estaba de espaldas, revisando su teléfono. O eso parecía. Al girar, su mirada bajó de forma automática. Apenas un segundo. Lo suficiente para seguir la línea de su espalda húmeda y detenerse un instante indebido en la curva de su trasero. Carraspéo inmediato. —Ejem… —tosió—. Yo… voy a ducharme ahora. Se metió al baño con una formalidad exagerada. Maya cerró los ojos. —Respira, García —se dijo—. Respira. Buscó su vestido en la maleta. n***o, sencillo, más corto de lo que solía usar. Lo había comprado en rebajas, después de hacer cuentas una y otra vez. No era caro, pero le quedaba bien. Se lo puso con cuidado y se miró al espejo. Formal. Profesional. Vulnerable. Los tacones completaban la imagen. No eran cómodos, pero le daban presencia. El agua dejó de correr. Oliver salió del baño vestido, el cabello aún húmedo, camisa clara, pantalón oscuro. Olía a jabón limpio. A control. Se miraron. Oliver fue el primero en hablar. Se quedó observándola un segundo más de lo estrictamente profesional. —Estás bien… —dijo, y luego corrigió—. Muy bien. Maya sintió el comentario como una descarga directa al pecho. —Gracias —respondió—. No me siento así. —Eso es normal —dijo él—. Significa que te importa. El auditorio estaba lleno. Demasiado. Maya sentía el pulso en los oídos cuando subió al escenario. Al principio la voz le tembló, pero pronto encontró el ritmo. Las diapositivas fluían. Los datos eran sólidos. Desde la primera fila vio a Elizabeth Connor, impecable, observándola con una sonrisa indescifrable. Cuando terminó, hubo preguntas. Técnicas. Exigentes. Maya respondió todas. El aplauso fue real. Bajó del escenario con las piernas temblando. —Lo hiciste —dijo Oliver, serio, orgulloso. —Sobreviví —respondió ella, sonriendo. Elizabeth la interceptó minutos después. —Maya —dijo con calidez ensayada—. Necesitamos hablar. Tengo una propuesta. Puesto, financiamiento, visibilidad. Maya dudó. —Lo pensaré —respondió—. No ahora. Elizabeth sonrió, pero en sus ojos había otra cosa. —Espero tu respuesta. De regreso al hotel, el cansancio cayó de golpe. Maya dejó los zapatos en la entrada y se dejó caer en una silla. —Oliver… —dijo tras unos segundos—. Estuve pensando. Puedo buscar un Airbnb para esta noche. No quiero incomodarte otra vez. Él frunció el ceño. —Eso no va a pasar. —No es un problema —insistió ella—. De verdad. —Sí lo es —respondió él con calma firme—. Estás agotada y no voy a dejar que te vayas sola ahora. —No quiero que esto sea raro. Oliver dio un paso hacia ella. —Maya, no me incomoda compartir la habitación contigo. Me incomodaría que pensaras que tienes que irte. Eso fue demasiado. La tensión acumulada de días, meses, años se rompió de golpe. Las lágrimas aparecieron sin aviso. Maya bajó la cabeza, apretando los labios. —Todo ha sido demasiado —murmuró—. La presión, Connor, demostrar todo el tiempo que valgo… Su voz se quebró. Oliver no dudó. Se acercó y la rodeó con los brazos, con cuidado. Maya se dejó caer contra su pecho, aferrándose a su camisa. Lloró en silencio primero, luego con pequeños sollozos. —No tienes que cargar todo sola —murmuró él—. No aquí. No conmigo. Cuando se separaron, lo hicieron despacio. —Me quedo —dijo ella—. Pero mañana dormimos con una muralla de almohadas. —Trato hecho. Más tarde, ya en la cama, Maya tomó el teléfono y escribió a Leen. Maya: Sobreviví. Exposición incluida. Estoy cansada… pero tranquila. Casi feliz. Leen: Eso suena sospechoso. Te quiero. Mendel Pig ronca. Maya sonrió. Apagó el teléfono. —Buenas noches, Oliver. —Buenas noches, Maya. Y por primera vez, durmió sin miedo.
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