Maya estaba arrodillada frente a la maleta abierta cuando el teléfono vibró sobre la cama. El sonido la sacó de golpe de sus pensamientos, como si su cuerpo aún no hubiera entendido que la conferencia había terminado, que lo peor —y lo mejor— ya había pasado. Miró la pantalla con el ceño levemente fruncido.
Oliver Saint James.
¿Sigues en la habitación?
Hay un café cerca del hotel. Bueno de verdad. Tenemos tiempo antes del vuelo.
Maya apoyó una mano sobre la tapa de la maleta sin cerrarla. Leyó el mensaje una, dos veces. No había un “te invito”, no había una explicación innecesaria, no había un tono formal. Era una invitación implícita, discreta, casi cuidadosamente neutral. Exactamente como él.
Sintió un leve cosquilleo en el estómago. No nervios. Expectativa.
Bajo en cinco, escribió finalmente.
Se levantó, se cambió con rapidez pero no de manera automática. Eligió jeans oscuros, una blusa clara de mangas largas y zapatillas limpias. Nada demasiado arreglado, nada descuidado. Se miró al espejo y se sorprendió a sí misma: no se veía tensa, no se veía agotada. Se veía serena. Como si algo dentro de ella hubiera encontrado, por fin, un punto de equilibrio.
Cuando bajó al lobby, Oliver ya estaba allí. No llevaba traje ni ropa formal; vestía una camisa gris con las mangas arremangadas y un abrigo ligero sobre el brazo. Estaba revisando su teléfono, pero levantó la vista apenas la vio.
—Buenos días —dijo, con una sonrisa breve.
—Buenos días —respondió ella.
Hubo un segundo de silencio. No incómodo. Solo lleno.
Salieron juntos a la calle. El aire de la mañana estaba frío y limpio, y la ciudad parecía aún a medio despertar. Maya caminaba a su lado con una sensación extraña: no era ansiedad, no era prisa. Era una calma nueva, frágil, que no quería romper.
El café estaba a dos cuadras del hotel, en una esquina tranquila. Grandes ventanales, mesas de madera clara, plantas en macetas simples. Nada ostentoso. Nada académico. Un lugar donde las conversaciones podían existir sin ser observadas.
Pidieron café y algo para comer. Oliver pagó antes de que Maya pudiera decir algo, y ella decidió no discutirlo. No todo tenía que transformarse en una defensa.
Se sentaron junto a la ventana. Durante unos segundos, solo bebieron café. Maya observó cómo la gente comenzaba a llenar la calle: mochilas, trajes, auriculares, pasos rápidos. Todo seguía su curso, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
—Tu presentación fue muy sólida —dijo Oliver finalmente—. Clara. Precisa. No intentaste vender una idea; la defendiste.
Maya bajó la mirada, girando la taza entre sus dedos.
—Pensé que iba a quedarme en blanco —confesó—. Tenía la sensación de que alguien iba a levantar la mano y decir que ya existía algo igual.
—Eso siempre pasa cuando haces algo que importa —respondió él—. El miedo es una señal, no un defecto.
Ella levantó la vista.
—¿Siempre hablas así o solo cuando alguien está a punto de colapsar?
Oliver arqueó apenas una ceja.
—Depende de quién esté frente a mí.
Maya sonrió.
—Elizabeth estaba ahí —dijo de pronto—. En primera fila.
Oliver no se sorprendió.
—Lo noté.
—Me escribió después —continuó Maya—. Quiere que hablemos. Otra vez.
—¿Y qué te ofrece ahora? —preguntó él, sin dureza.
—Un puesto. Financiamiento. Acceso a laboratorios en Chile que no existen. —Hizo una pausa—. Todo lo que, en teoría, debería aceptar sin dudar.
Oliver la observó en silencio.
—Pero no suena a que quieras hacerlo.
—No —admitió Maya—. Porque no me habla de colaboración. Me habla de integración. De entrar en su estructura. Bajo su nombre.
Oliver apoyó los codos sobre la mesa.
—Connor nunca comparte protagonismo —dijo—. Solo lo redistribuye cuando le conviene.
Maya apretó los labios.
—Ella fue mi mentora —dijo—. Yo confiaba en ella. La admiraba. Sentía que… me cuidaba.
—Eso es lo que más duele —respondió Oliver—. Darse cuenta de que alguien a quien le diste poder sobre tu formación no siempre lo usó con ética.
—No quiero que me pase lo mismo que a ti —dijo Maya, mirándolo directo.
Oliver se tensó apenas.
—No te va a pasar —dijo—. Porque tú ya sabes quién es. Y porque no estás dispuesta a ceder tu trabajo a cambio de comodidad.
—Decir que no también da miedo —susurró ella—. A veces siento que estoy siendo ingrata.
—No lo eres —dijo Oliver con firmeza—. Defender tu autoría no es ingratitud. Es dignidad profesional.
El silencio que siguió fue distinto. Más profundo.
—Gracias —dijo Maya—. Por acompañarme. Por no decirme qué hacer.
—No es mi lugar —respondió él—. Además… —hizo una pausa— quiero que esta decisión sea tuya. No quiero ser otra voz que te empuje.
Caminaron de regreso al hotel sin apuro. El cielo estaba despejado, y el aire frío ayudaba a ordenar la mente. Maya sentía el cansancio en el cuerpo, pero no en la cabeza.
En el taxi rumbo al aeropuerto, apoyó la frente contra la ventana.
—En unas horas voy a estar en Chile —dijo—. Suena raro decirlo.
—Vacaciones de fin de año —respondió Oliver—. Las necesitas.
—Solo por unas semanas —aclaró ella—. Tengo que volver. El doctorado no espera.
Oliver giró la cabeza para mirarla.
—Me alegra escucharlo.
—¿Por qué?
—Porque no suena a huida —dijo—. Suena a pausa. Y las pausas también son parte del proceso.
El aeropuerto los recibió con su ruido habitual. Avanzaron juntos hasta el control de seguridad. Maya sintió ese nudo en el pecho que aparece cuando algo importante queda suspendido.
—Pase lo que pase con Connor —dijo—, no voy a tomar decisiones desde el miedo.
—Eso es todo lo que importa —respondió Oliver.
Se abrazaron. No fue rápido ni contenido. Fue firme, sincero, cargado de todo lo que no habían dicho. Cuando se separaron, Oliver la miró con atención y dijo en voz baja:
—Estás bien. Muy bien.
Maya sonrió, con los ojos ligeramente húmedos.
—Nos vemos pronto —dijo.
—Te estaré esperando en Stanford —respondió él.
Mientras caminaba hacia su puerta de embarque, Maya lo supo con claridad absoluta:
Chile sería solo una pausa.
Stanford seguía siendo su camino.
Su investigación no había terminado.
Y lo que había empezado con Oliver… tampoco.