CAPÍTULO 11

1201 Words
El día de la Fraternidad Académica amaneció con un cielo insultantemente azul. De esos que no aceptan excusas, ni agendas apretadas, ni personas que preferirían esconderse en un laboratorio con aire acondicionado. El calor llegó temprano, como si quisiera marcar territorio, y para cuando Maya cruzó el césped central del campus ya sentía la piel tibia y una energía extraña recorriéndole el cuerpo. El evento se realizaba en un terreno amplio a las afueras del campus, una especie de parque rural con árboles frutales, canchas improvisadas y mesas largas cubiertas con manteles blancos. Era una tradición antigua: mentores, profesores y estudiantes compartiendo un día sin jerarquías, al menos en teoría. Maya odiaba ese tipo de instancias. Demasiada gente. Demasiadas miradas. Demasiadas oportunidades para sentirse fuera de lugar. —Relájate —dijo Taylor, apareciendo a su lado con una gorra ridículamente grande—. Es fruta, refrescos y cerveza barata. Nadie va a evaluar tu desempeño científico mientras comes sandía. —Eso dices tú —respondió ella, acomodándose el vestido liviano que había elegido tras debatir media hora frente al espejo—. Stanford evalúa incluso cómo masticas. Taylor soltó una carcajada y le pasó un vaso frío con limonada. —Hoy no. Hoy solo existimos. Maya dio un sorbo largo, agradecida. El sabor ácido y fresco le devolvió un poco de calma. El ambiente era extraño, casi irreal. Profesores en ropa informal jugando fútbol, doctorandos riendo con cerveza en mano, estudiantes corriendo descalzos por el pasto. El calor obligaba a bajar las defensas, a soltar el cuerpo, a existir sin tanta estructura. Y entonces lo vio. Oliver Saint James estaba apoyado contra un árbol, hablando con otro académico. Sin chaqueta. Con una camisa clara arremangada hasta los antebrazos. Maya sintió un golpe seco en el estómago. No era justo. No debería verse así. No debería existir fuera del contexto del laboratorio. Pero ahí estaba. Relajado. Sonriendo apenas. Humano otra vez. —Oh no —murmuró ella. —¿Qué? —preguntó Taylor, siguiendo su mirada—. ¿Ese es él? Maya no respondió, pero su silencio fue suficiente. —Wow —dijo Taylor—. Ok, entiendo el problema. —No hay problema —dijo ella demasiado rápido—. Es solo mi mentor. Profesional. Distante. Nada más. Taylor ladeó la cabeza. —Claro. Y yo soy heterosexual. Ella le lanzó una mirada asesina, pero él solo sonrió. Intentó concentrarse en el ambiente. Se sentó en el pasto con algunos compañeros, jugó vóleibol improvisado, comió fruta fría, rió. Durante un rato logró olvidarse de Oliver. Hasta que lo sintió cerca. —¿Te estás divirtiendo? —preguntó él, deteniéndose a su lado. Maya alzó la vista. El sol estaba justo detrás de él, dibujándole un halo dorado que no ayudaba en absoluto a su concentración. —Supongo —respondió—. Es… diferente. —Ese es el punto —dijo Oliver—. Recordarnos que somos personas antes que títulos. Ella arqueó una ceja. —¿Y funciona? Él la observó con atención. —A veces. Se sentó en el pasto, a una distancia prudente. Demasiado prudente. Lo suficiente para que Maya notara cada centímetro de espacio entre ellos. —Taylor dice que Stanford evalúa incluso cómo mastico —comentó ella, intentando sonar liviana. Oliver soltó una breve risa. —No es tan grave. Solo cómo respiras, cómo piensas y cómo duermes. Ella sonrió. Y ese gesto, tan simple, se sintió íntimo. El calor era intenso. El aire olía a pasto, fruta madura y protector solar. Maya se quitó las sandalias y estiró las piernas sobre la hierba. Oliver la imitó, sin mirarla directamente. —Trabajaste hasta tarde anoche —dijo él. No era una pregunta. —Sí. —No deberías hacerlo siempre. —No me gusta sentir que me quedo atrás. Oliver apretó la mandíbula. —No estás atrás, Maya. Ella lo miró, sorprendida por la firmeza. —Eso no es lo que parece desde fuera. —Desde fuera no importa —respondió él—. Importa lo que realmente estás construyendo. Hubo un silencio. Uno distinto. No incómodo, pero sí cargado. Una pelota voló cerca y golpeó a Oliver en el hombro. —¡Saint James! —gritó alguien—. ¡Venga a jugar! Oliver rodó los ojos. —Hace años que no corro bajo el sol —dijo. —Eso explica muchas cosas —bromeó Maya. Él la miró, divertido, y por un segundo el límite se volvió borroso. —Ven —dijo—. Solo un rato. Ella dudó. —No soy buena en deportes. —No es una competencia. Esa frase se le quedó pegada. Aceptó. Corrieron. Rieron. Perdieron. Maya terminó con las mejillas rojas y el cabello pegado al cuello. En un momento tropezó, y Oliver la sostuvo del brazo para que no cayera. Demasiado rápido. Demasiado firme. Demasiado natural. Sus cuerpos quedaron cerca. Demasiado. El tiempo se detuvo un segundo. Maya sintió el pulso de él bajo sus dedos. Sintió su respiración. Sintió algo más profundo, más peligroso. Oliver la soltó de inmediato. —¿Estás bien? —Sí —respondió ella, con la voz apenas estable. Se miraron. Y luego ambos apartaron la vista. Más tarde, sentados bajo la sombra, compartieron una cerveza. Maya no solía beber, pero el calor y el ambiente la convencieron. El líquido frío la relajó, la volvió más consciente de su cuerpo. —Nunca te había visto así —dijo ella, sin pensar. —¿Así cómo? —Tranquilo. Oliver ladeó la cabeza. —Tampoco tú eres igual aquí. —Aquí no tengo que demostrar nada —admitió ella. —Eso es lo que me preocupa —respondió él en voz baja. Ella frunció el ceño. —¿Por qué? Oliver tardó en responder. —Porque cuando bajas la guardia… la gente puede hacerte daño. El comentario la descolocó. —¿Hablas por experiencia otra vez? Él sostuvo su mirada. —Sí. El sol empezó a bajar lentamente. La música suave llenó el espacio. Algunos bailaban. Otros conversaban en grupos pequeños. Maya se levantó para ir por agua. Oliver la acompañó. Caminaban en silencio cuando una ráfaga de viento levantó polvo y hojas secas. Maya cerró los ojos un segundo, y al abrirlos, Oliver estaba muy cerca. Demasiado. —Maya… —dijo él, como si fuera a decir algo más. Ella sintió el corazón desbocado. —Doctor Saint James… Se quedaron ahí. Suspendidos. Confundidos. Entonces alguien los llamó desde lejos. El momento se rompió. Oliver retrocedió un paso. —Deberíamos volver —dijo, con voz neutra. —Sí —respondió ella, agradecida y frustrada al mismo tiempo. El resto del día pasó como una película mal editada. Risas, despedidas, promesas vagas. Cuando Maya se subió al bus de regreso, el cuerpo le dolía, pero no por el deporte. Era otra cosa. Taylor se sentó a su lado. —Ok —dijo—. Algo pasó. —No pasó nada —respondió ella. —Eso es lo que más miedo da. Maya miró por la ventana. El sol desaparecía en el horizonte. Y por primera vez desde que llegó a Stanford, sintió que el verdadero experimento no estaba en el laboratorio. Sino en su propio corazón.
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