CAPÍTULO 12
El laboratorio a las siete de la mañana tenía un pulso distinto. No era silencio absoluto, sino uno cargado de electricidad contenida, como si las máquinas respiraran despacio antes de entrar en acción. Maya se ajustó la bata mientras dejaba su mochila bajo la mesa. Había aprendido a llegar antes que el resto: menos ruido, menos miradas, menos interrupciones. Era el único momento del día en que sentía que podía pensar sin ser evaluada.
Taylor ya estaba allí.
Lo notó porque siempre estaba allí.
Sentado frente a la centrífuga, con el café intacto entre las manos y la vista fija en un cuaderno que no parecía leer realmente. Su postura era correcta, prolija, pero había algo apagado en él. No era cansancio físico; Maya ya había aprendido a distinguirlo. Era otra cosa. Una tensión que no se iba con dormir más ni con tomar vitaminas.
—Llegaste temprano —dijo ella, dejando su cuaderno junto al suyo.
—Sí —respondió Taylor, sin levantar la vista—. Pensé que… así tendría más tiempo.
Maya no preguntó para qué. Sabía que no era para trabajar más, sino para existir menos. Para ocupar espacio antes de que alguien más se lo quitara.
Durante la mañana, el laboratorio se fue llenando de voces y pasos. Oliver Saint James apareció poco después de las ocho, impecable como siempre, saludando con breves movimientos de cabeza. No miró a Maya de inmediato, pero ella sintió su presencia como una alteración en el aire. No era miedo exactamente; era conciencia. Como si su cuerpo reaccionara antes que su mente.
Taylor, en cambio, pasó desapercibido.
Eso fue lo primero que dolió.
En una reunión breve de coordinación, uno de los investigadores senior repartió tareas. Maya recibió una extensión de su ensayo sobre la optimización de la producción de lípidos en semillas de girasol transgénicas. Era una buena señal. Taylor, en cambio, fue asignado a tareas secundarias, de apoyo, lejos del núcleo del proyecto.
—Es temporal —le dijo después, cuando quedaron solos—. No pasa nada.
Pero sí pasaba.
Maya lo veía en los detalles pequeños: en cómo Taylor hablaba menos, en cómo ya no hacía bromas, en cómo medía cada palabra antes de decirla. No era inseguridad; era estrategia. La estrategia de quien sabe que cualquier paso en falso se paga caro cuando tu sola existencia ya incomoda.
Ese mismo día, durante el almuerzo, Maya se escapó al patio trasero con su teléfono. El horario coincidía con Chile, y necesitaba escuchar una voz que no estuviera cargada de expectativas.
La pantalla se iluminó con el rostro de Leen.
—Ahí estás —dijo su amiga—. Pensé que te habían secuestrado los genios del mal.
—Stanford es básicamente Hogwarts sin magia y con más trauma —respondió Maya, apoyando la espalda contra el muro.
Leen rió, y el sonido le alivió algo en el pecho.
—Mendel Pig acaba de intentar comerse mi pan —dijo Leen, girando la cámara para mostrar al gato, redondo y ofendido—. Te manda a decir que te extraña, pero no tanto como extraña tu comida.
—Traidor —murmuró Maya, sonriendo por primera vez en horas.
Hablaron de cosas pequeñas: del departamento, del calor en Santiago, del roomie nuevo que Leen aún no sabía cómo describir.
—Es… raro —dijo—. Callado. Siempre despeinado. Muy musculoso para alguien que parece no saber qué hacer con su cuerpo.
—Ajá —dijo Maya, arqueando una ceja—. Te gusta.
—No me gusta —respondió Leen rápido—. Solo… existe de manera molesta.
Maya rió.
—Eso es exactamente cómo empiezan los problemas —dijo.
Luego, casi sin darse cuenta, habló del laboratorio. De la presión. De Oliver Saint James.
—Creo que me odia —dijo, en voz baja—. O peor. Creo que me ve como un error estadístico. Mujer. Latina. Científica junior.
Leen la observó con atención, inclinando la cabeza.
—¿Y por qué te importa tanto?
Maya abrió la boca para responder… y se quedó en silencio.
—Maya —dijo Leen suavemente—. No te importa la opinión de la gente que odias.
La llamada terminó poco después. Maya volvió al laboratorio con esa frase resonando en la cabeza.
Por la tarde, recibió un correo de Elizabeth Connor.
Era breve, cálido, como siempre.
Querida Maya,
He estado siguiendo con atención tus avances. El enfoque que estás desarrollando es prometedor. Quizás podríamos conversar pronto sobre cómo integrarlo en una línea de trabajo más amplia.
Maya sonrió. Elizabeth siempre estaba ahí. Siempre apoyando. Siempre guiando.
No notó —todavía— que en el correo no mencionaba el título del paper. Ni su autoría.
La tensión con Taylor se hizo más evidente al día siguiente. Un comentario lanzado al pasar por un postdoc, una risa incómoda, una sugerencia de que “quizás no era el perfil adecuado para ciertas presentaciones”. Nada explícito. Nada denunciable. Todo perfectamente diseñado para desgastar.
—No quiero problemas —dijo Taylor esa noche, mientras cenaban en el departamento—. Solo quiero terminar la pasantía.
—No deberías tener que aguantar esto —respondió Maya.
—Tú tampoco —dijo él, mirándola—. Y aun así, aquí estamos.
Oliver observaba.
No desde la cercanía, sino desde la periferia. Lo vio cuando Taylor fue ignorado en una discusión técnica que dominaba mejor que nadie. Lo vio cuando Maya tensó los hombros, conteniéndose. No dijo nada. No aún.
Esa noche, Maya volvió tarde al laboratorio. Necesitaba avanzar sin interrupciones. Estaba ajustando parámetros cuando escuchó pasos.
Oliver.
—Trabajas demasiado —dijo, desde la puerta.
—Usted también —respondió ella, sin girarse.
Hubo un silencio breve.
—La excelencia no protege de todo —dijo él finalmente.
Maya se giró, sorprendida.
—¿A qué se refiere?
Oliver la miró con seriedad. No había dureza. Solo claridad.
—A que el talento no siempre basta cuando las reglas no son iguales para todos.
No mencionó a Taylor. No necesitó hacerlo.
Esa noche, mientras Maya dormía, Oliver envió dos correos. Hizo una llamada. Citó normas. Recordó políticas. Nada heroico. Nada visible.
Solo movimiento.
Al día siguiente, algo cambió.
No fue inmediato, ni espectacular. Pero el comentario no se repitió. La risa se apagó. Taylor fue incluido en una discusión técnica. Recuperó espacio.
No sabía por qué.
Maya tampoco.
Pero Oliver sí.
Y por primera vez, Maya empezó a preguntarse si el hombre que creía su enemigo no estaba, en realidad, observando desde un lugar mucho más complejo.
Y peligroso.