CAPÍTULO 14

1174 Words
La reparación no llegó como un gesto grandilocuente. No hubo disculpas públicas ni declaraciones ejemplares. Llegó como llegan casi todas las correcciones reales en espacios de poder: en silencio, con movimientos pequeños pero sostenidos, con cambios que solo notan quienes saben dónde mirar. Taylor volvió a ocupar espacio. No solo en las reuniones, sino en los pasillos, en las conversaciones informales, en las decisiones técnicas. Su nombre apareció asociado a una propuesta metodológica en un informe interno. Nada espectacular. Nada que hiciera ruido. Pero era suyo. Y no se lo quitaron. —Me pidieron que presentara el martes —le dijo a Maya una mañana, fingiendo naturalidad mientras acomodaba su cuaderno—. Diez minutos. Nada más. —Eso es muchísimo —respondió ella, deteniéndose—. Taylor, eso es… un reconocimiento. Él asintió, pero no sonrió del todo. —Es un permiso —corrigió—. Y los permisos pueden retirarse. Maya entendía demasiado bien esa lógica. Esa semana, el ambiente del laboratorio se volvió extrañamente funcional. No amable, no cálido, pero correcto. Los comentarios incómodos desaparecieron. Las miradas se moderaron. El investigador que había iniciado las microagresiones evitaba a Taylor con una cortesía rígida, casi forzada. —No me pidió disculpas —le dijo Taylor una noche, mientras caminaban de regreso al departamento—. Pero tampoco volvió a hacerlo. —A veces eso es lo máximo que se consigue —respondió Maya. —Lo sé —dijo él—. Solo… cansa tener que conformarse. Ella no supo qué responder. Porque también se estaba conformando. Con no ser expulsada. Con no ser invisibilizada. Con no tener que demostrar el doble todos los días. Oliver Saint James no volvió a mencionar el tema. Pero Maya empezó a notar su presencia de otra forma. Ya no como una figura que imponía miedo, sino como alguien que entendía el terreno mejor que nadie. Que sabía cuándo hablar y cuándo mover piezas sin dejar huella. Un miércoles por la tarde, Maya se quedó sola en el laboratorio revisando resultados. Había logrado estabilizar una variación en la producción lipídica que hasta entonces había sido errática. No era un hallazgo revolucionario, pero sí un avance sólido. —Buen trabajo —dijo una voz detrás de ella. Oliver. Ella se giró, sobresaltada. —Gracias —respondió—. Aún falta optimizar la expresión en las semillas maduras. —Lo sé —dijo él—. Pero este punto era el más difícil. Se quedaron en silencio unos segundos. No incómodo. Pensativo. —Taylor presenta mañana —dijo Maya, sin mirarlo directamente. —Lo sé —respondió Oliver. —¿Fue usted? —preguntó ella. Oliver tardó en responder. —Fue el sistema funcionando como debería —dijo finalmente—. Solo necesitaba un empujón. Maya lo miró con atención. —Gracias —dijo, sin ironía. Oliver sostuvo su mirada. —No me agradezcas —respondió—. Aprende. Algún día te tocará decidir si miras hacia otro lado o no. La frase quedó clavada en ella. Esa noche, Maya llamó a Leen. —¿Está todo bien? —preguntó su amiga apenas apareció en pantalla—. Mendel Pig está sospechosamente tranquilo y eso nunca es buena señal. Maya sonrió. —Taylor está mejor —dijo—. Y yo… creo que empiezo a entender cosas que antes no quería ver. Leen ladeó la cabeza. —¿Sobre él? —preguntó, sin necesidad de aclarar. —Sobre todos —respondió Maya—. Sobre quién cuida a quién. Y por qué. —Eso suena peligroso —dijo Leen—. Pero también suena a que estás creciendo. —No sé si quiero crecer así —confesó Maya—. A veces extraño cuando todo era más simple. —Nunca fue simple —respondió Leen suavemente—. Solo estabas más lejos del centro. El jueves, Taylor presentó. Diez minutos. Preciso. Claro. Sin pedir permiso. Sin justificar su existencia. Cuando terminó, hubo preguntas técnicas reales. No condescendientes. No agresivas. Reales. Maya sintió un orgullo silencioso que le apretó el pecho. Oliver observaba desde el fondo de la sala. Al terminar, Taylor se acercó a Maya. —Gracias —le dijo en voz baja. —No hice nada —respondió ella. —Estuviste —corrigió—. Y eso importa. Esa noche, Maya recibió un nuevo correo de Elizabeth Connor. Querida Maya, Me encantaría que consideraras integrar tu línea de investigación con un proyecto que estoy liderando aquí. Tu enfoque es brillante y podría potenciarse enormemente si trabajamos juntas. Maya leyó el mensaje dos veces. Le entusiasmaba. La validaba. La asustaba. No respondió de inmediato. El viernes, Oliver la llamó a su oficina nuevamente. —Siéntate —dijo, como siempre. Ella obedeció. —Tu nombre fue propuesto para un concurso interno —dijo—. Jóvenes investigadoras. Aún no es oficial. Maya sintió que el aire le faltaba. —¿En serio? —Sí —respondió—. Y si avanzas, tendrás que viajar. Ella asintió, todavía procesando. —Hay algo más —añadió Oliver—. Elizabeth Connor. El nombre cayó entre ellos como un objeto pesado. —¿La conoce? —preguntó Maya. —Sí —respondió él—. Y no de la forma en que tú crees. Maya se tensó. —Ella es mi mentora —dijo—. Confío en ella. —Lo sé —respondió Oliver—. Yo también confié. El silencio que siguió fue distinto. No era tensión. Era advertencia. —No te estoy pidiendo que desconfíes —continuó—. Solo que observes. Que leas con atención. Que no entregues nada que no esté firmado. —¿Ella le hizo algo? —preguntó Maya, con la voz más baja. Oliver no respondió de inmediato. —Me quitó un nombre —dijo finalmente—. Y con él, un año de trabajo. Maya sintió un frío extraño recorrerle la espalda. —¿Por qué nadie dijo nada? —Porque era poderosa —respondió—. Y porque el sistema premia el silencio. Maya salió de la oficina con la cabeza llena de ruido. Esa noche habló largo con Taylor. —No quiero convertirme en alguien que calla —dijo ella—. Pero tampoco quiero perderlo todo. Taylor la miró con una mezcla de ternura y cansancio. —Nadie quiere perderlo todo —dijo—. Por eso tan pocos dicen la verdad. El fin de semana llegó con una calma rara. Maya trabajó, caminó, pensó. Leen le envió fotos de Mendel Pig ocupando su almohada. El roomie tímido apareció de fondo, cargando bolsas, evitando la cámara. —Creo que me mira cuando cree que no lo veo —susurró Leen—. O quizá solo quiere que Mendel deje de juzgarlo. Maya rió. El domingo por la noche, Maya abrió su correo y respondió a Elizabeth. Aceptó conversar. Pero no envió ningún documento. Aprendía. Y aunque todavía no lo sabía del todo, algo dentro de ella empezaba a cambiar de forma irreversible. Ya no era solo una pasante. Era una testigo.
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