El correo llegó a las seis de la mañana, cuando el cielo de Palo Alto todavía estaba indeciso entre la noche y el día. Maya lo leyó tres veces antes de cerrar el laptop y apoyar la frente sobre la mesa de la cocina, como si el gesto pudiera anclarla a la realidad.
Había ganado.
El comité internacional de innovación científica en biotecnología vegetal había seleccionado su paper para ser expuesto en la convención anual, tres días intensos de ponencias, debates y evaluaciones cruzadas. El pasaje estaba cubierto. La inscripción también. El reconocimiento era real. Oficial. Innegable.
Y aun así, lo primero que sintió no fue alegría, sino una presión conocida apretándole el pecho.
—No te achiques ahora —murmuró para sí misma.
Taylor apareció desde el pasillo, despeinado, con una taza de café en la mano. Había aprendido a leerle la cara en esos meses compartiendo espacio y silencios.
—¿Ese es el correo que estabas esperando? —preguntó.
Maya asintió y le pasó el computador. Taylor leyó con atención, sin interrumpir, y cuando terminó, sonrió con una mezcla de orgullo y algo más serio.
—Esto es enorme, May. Y es tuyo. No dejes que nadie te haga dudar de eso.
Ella sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
—A veces siento que no pertenezco a estos espacios —confesó—. Como si en cualquier momento alguien fuera a decirme que hubo un error.
Taylor dejó la taza sobre la mesa.
—La academia vive de hacerte sentir así, sobre todo si no encajas en el molde —dijo—. Pero te lo digo como amigo y como científico: ese trabajo es sólido. Y si alguien intenta apropiarse… no vas a estar sola.
Maya pensó, sin querer, en Elizabeth Connor. Sacudió la cabeza, como si quisiera ahuyentar una idea incómoda antes de tiempo.
Antes de salir rumbo al aeropuerto, hizo una videollamada rápida a Leen. La pantalla tardó en cargar y, cuando apareció la imagen, el primer plano fue una mancha anaranjada moviéndose con dignidad felina.
—¿Ese es…? —empezó Maya.
—El mismísimo Mendel pig —respondió Leen, acomodando el celular—. Está ofendido porque le cambié el horario de comida.
Maya sonrió de verdad por primera vez en la mañana.
—Cuídalo bien. Recuerda que es sensible.
—Lo sé. Me bufó cuando le dije “cerdito”. Pero después ronroneó —admitió—. ¿Y tú? ¿Lista para conquistar científicos?
Maya respiró hondo.
—No lo sé. Estoy nerviosa.
—Eso es buena señal —dijo Leen—. Significa que te importa. Y oye… pase lo que pase, esto ya es un logro.
Colgaron con la promesa de hablar al final del día. Maya tomó su maleta y salió, sintiendo que dejaba atrás algo más que un departamento.
El vuelo fue tranquilo. Oliver Saint James se sentó dos filas más atrás, revisando documentos impresos con la concentración de alguien que no se permite distracciones. Intercambiaron un saludo breve, profesional. Nada más. Maya agradeció ese silencio; lo necesitaba para ordenar su cabeza.
La ciudad de destino los recibió con un calor suave y un aire cargado de expectativas. El hotel estaba lleno de asistentes, acreditaciones colgando del cuello, conversaciones en varios idiomas mezclándose en el lobby.
Mientras esperaban el check-in, Maya lo vio.
Elizabeth Connor estaba a unos metros, impecable como siempre, conversando con dos investigadores europeos. Cuando sus miradas se cruzaron, Elizabeth sonrió con calidez medida y se acercó.
—Maya, querida. Felicitaciones —dijo, tomándole el brazo con familiaridad—. Sabía que llegarías lejos.
—Gracias, doctora —respondió Maya, genuinamente emocionada.
Elizabeth miró de reojo a Oliver. Algo en su expresión se endureció apenas un segundo.
—Oliver —saludó—. Qué coincidencia.
—Elizabeth —respondió él, correcto, distante.
Fue sutil, pero Maya lo notó: la tensión invisible, el modo en que Oliver enderezó la espalda, como si se preparara para una tormenta conocida.
La habitación asignada a Maya estaba en un piso alto, con vista parcial a la ciudad. Dejó la maleta y se sentó en la cama, mirando el programa oficial de la convención que acababa de recibir en su correo.
Ahí estaba su nombre.
No como autora principal.
El detalle era pequeño, técnico. Podía ser un error administrativo. O no.
Cerró el documento sin profundizar demasiado. No quería arruinar el primer día con sospechas. Se repitió que Elizabeth siempre había sido justa. Que confiaba en ella.
Esa noche, Maya bajó al salón de trabajo del hotel con su laptop y sus notas. Ensayó la presentación una y otra vez, ajustando palabras, corrigiendo tiempos. La seguridad iba y venía como una marea caprichosa.
En un momento, levantó la vista y lo vio a través del vidrio: Oliver, de pie en el pasillo, hablando por teléfono en voz baja. Su expresión era seria, concentrada. Cuando colgó, la miró un segundo más de lo necesario, como si quisiera decir algo… y luego siguió su camino.
Maya cerró el computador y apoyó las manos sobre las rodillas.
No sabía aún qué la esperaba en esos tres días. Solo tenía claro que algo se estaba moviendo bajo la superficie: viejas lealtades, silencios peligrosos, miradas que advertían más de lo que decían.
Antes de subir a su habitación, revisó el celular. Un correo nuevo de Elizabeth, corto, cordial, proponiendo conversar “con calma” durante la convención sobre futuras colaboraciones.
Maya lo leyó dos veces.
No respondió.
Esa noche, mientras la ciudad dormía, Maya entendió que no solo había viajado para exponer un paper. Había llegado a un terreno donde el conocimiento, el poder y la ética se entrelazaban de formas que aún no alcanzaba a ver del todo.
Y el primer día apenas comenzaba.