Mientras tanto, en una ciudad distante, un joven apuesto se encontraba sentado en su amplio despacho, rodeado de una atmósfera opresiva. Las cortinas apenas dejaban pasar la luz del día, proyectando sombras que parecían envolverlo mientras revisaba minuciosamente los archivos que su espía le había enviado esa semana. Sus ojos eran fríos y calculadores, recorrían cada fotografía y documento con una precisión casi mecánica. El silencio en la habitación solo era roto por el leve sonido de los papeles al ser movidos.
La puerta se abrió bruscamente, sin previo aviso, interrumpiendo su concentración. Entró una mujer de mediana edad, con el rostro marcado por las preocupaciones de los años, aunque su porte seguía siendo firme.
—¿Todo está bien, hijo? —preguntó con voz suave pero cautelosa, acercándose lentamente.
Él levantó la vista, y por un instante, sus ojos se suavizaron. Sin embargo, su respuesta fue firme.
—Mejor de lo que esperaba. Pronto, todo estará en su lugar... y mi venganza estará completa.
La mujer asintió en silencio, sabiendo que no conseguiría más palabras de su hijo. Mientras se retiraba, él desvió su mirada hacia la ventana, y como si su mente hubiera abierto una compuerta que intentaba mantener sellada, los recuerdos invadieron su conciencia.
Esa sonrisa… ese carisma inconfundible lo llevaron de regreso a su infancia. La imagen de una pequeña niña de cabello dorado, siempre perfumado con un suave aroma a fresas, se formó en su mente. Era como si los recuerdos lo atacaran, uno tras otro, como bolas de cañón que impactaban su psique. Sin embargo, sacudió la cabeza, alejando esas memorias dulces e infantiles. Ya no podía permitirse recordar a esa niña con ternura. No. Debía recordarla por lo que realmente era ahora.
Suspiró profundamente y, al ver que su madre había salido del despacho, tomó el teléfono. Marcó un número conocido, el de su espía. No tenía tiempo para rodeos.
—Necesito más información sobre ella —dijo sin más preámbulos, su tono afilado.
Al otro lado de la línea, el hombre suspiró antes de responder. Trabajar para su jefe era como hacer un pacto con el diablo, y lo sabía desde el primer día.
—Las empresas de la familia están al borde de la bancarrota, tal como usted lo pidió. Los inversionistas han perdido toda esperanza —informó el espía.
El tono de su voz denotaba cierta satisfacción, sabiendo que cumplir las órdenes de su jefe podría recompensarlo bien. O, con suerte, ganarle su libertad, esa libertad que tanto anhelaba y que parecía tan lejana.
—Bien. Quiero que destruyas lo que queda. Llévalos al borde del abismo. Haz que no tengan más opción que venir a mí. Yo daré el golpe final. Asegúrate de que las demandas sigan llegando. No quiero errores —advirtió con una frialdad escalofriante—. O te mataré.
Sin esperar respuesta, colgó la llamada. El hombre al otro lado de la línea soltó un suspiro de alivio, sabiendo que, por ahora, había logrado sobrevivir otro día. Pero ¿por cuánto tiempo más?
De vuelta en su oficina, el joven observó el teléfono por un momento, luego lo dejó caer sobre el escritorio.
“Veremos quién ríe al final”, murmuró para sí mismo, con una sonrisa torcida.
Su mirada se desvió hacia una foto que sostenía entre sus manos, la imagen de la niña de cabello dorado, esa misma niña que había invadido sus pensamientos antes. Solo que ahora ya no era una niña.
La ira brotó en su interior mientras acariciaba la foto. Si las miradas pudieran matar, ella ya habría muerto. Pero no. Eso sería demasiado fácil. Él no quería su muerte rápida. Quería que sufriera. Quería que cada paso de su vida fuera un infierno, que suplicara, que llorara por piedad. Él sería quien la llevara al abismo y no se detendría hasta verla completamente destruida.
Siguió observando otras fotos. En una de ellas, la joven aparecía en bañador, sonriente, despreocupada. El deseo lo invadió, un deseo que mezclaba rabia con atracción. Si las cosas no salían como él esperaba, ella sería su boleto de escape. No la dejaría ir.
Con un gesto frustrado, lanzó las fotos sobre el escritorio y se frotó las sienes. Su respiración se aceleró por un momento, pero luego, se obligó a calmarse. Aún faltaba poco para el reencuentro, y cuando llegara ese día, todo estaría en su lugar.
El joven cerró los ojos y, por un instante, permitió que los recuerdos fluyeran una vez más. Recordó esos momentos en la infancia, momentos que lo habían marcado tanto a él como a ella. Pero esta vez no se permitió debilitarse. Estos recuerdos solo alimentaban su determinación.
El día del ajuste de cuentas estaba cada vez más cerca.