La vida, consumida en un sistema que se rige en lo remunerable, lejos de tener un ápice de artístico o trascendental, la vida en resumidas cuentas es una fugaz coincidencia estadística de valores económicos. Por entenderme, hay quienes nacen con privilegios y otros que tienden en su mayoría a ser esclavos de la burguesía.
La clase media, en la que de niño ciertamente no me encontraba, era clave de una cúspide de mentiras para decirle al pueblo que existe un punto medio pero la verdad era que no. La fortuna de los extremos las habían trazado desde antes.
La ciudad de las penumbras, como así solían llamar al pueblo de Vilhelm, con el mismo nombre que su fundador y, para quienes tenemos memoria, dictador.
Con el tiempo dejamos de aparecer en el mapa, y los países primer mundistas pasaron a llamarnos como una ciudad independiente y régimen político individual. El bloqueo económico vino después, y luego la hecatombe. Los alimentos debieron cosecharse y el pueblo comenzó a producir su propia materia prima a exigencia de Vilhelm, que suministraba los alimentos que llegaban del mundo exterior en base a las familias según su criterio. Las menos favorecidas, terminaban en lo inevitable, la muerte por inanición o por enfermedades de las que no llegaban medicina.
Una de las tantas desafortunadas, fue mi madre. Enfermó poco después de que hubiera una pandemia que obligó a todas las familias de mal vivir a exiliarse unas de otras y también a exiliarse de las familias de clase alta porque eran aquellos de la nobleza los que merecían resguardos especiales.
El médico que atendió a mi madre, comentó que podían ser varias cosas lo que la llevó a su estado, la suciedad, ingesta de alimentos en mal estado, o incluso que de poder atenderse en debida forma, podría curarse. No esgrimió entonces mayor peligro que una enfermedad que para oídos de tres niños, los cuales éramos mis hermanos y yo, entendimos con optimismo que era curable.
Pero en el pueblo de Vilhelm toda cura tenía un precio a pagar. Por ello era más fácil ver morir a las familias empobrecitas que a las de clase alta.
—Llama a tus hermanos—señaló con un hilo de voz mi madre.
Llamé entonces a Edmont y Edbert, mis hermanos menores.
—Stein, debes ser muy fuerte ahora...—dijo viéndome fijamente a los ojos —No tenemos dinero para los medicamentos y si algo me sucede deberás poder cuidar a tus hermanos—carraspeó.
—No será necesario mamá, te curarás —le respondí entonces.
—¡Le rezaré a Dios para que todo se solucione! —agregó Edmont.
Evidentemente Dios no había querido escuchar a Edmont, o quizás nunca lo oyó. Lo que sí se oyeron fueron los gritos del pequeño Edbert, quien permaneció a su lado toda la noche cuidándola, y se rompió en llantos para cuando mi madre dejó de respirar.
Habíamos quedado huérfanos esa noche.
Tapé a mi madre, o lo que quedaba de ella, con una sábana mientras que Edmont y Edbert se encontraban fuera. El ser el hermano mayor implicaba muchas cosas. Como ver el cuerpo de mi madre sin vida, como si estuviese dormida. Cerré la puerta de su habitación con cerrojo y me reuní entonces con mis demás hermanos.
—Deja de llorar, Edbert —murmuraba Edmont al menor de los nuestros.
—Mamá ya no está con nosotros, yo quiero a mi mamá...—replicaba entre sollozos.
Recuerdo no haber llorado ese momento. Recuerdo haberme arrepentido por ello. Recuerdo no llorar, pero si querer hacerlo.
—Hay que pedirle ayuda a los vecinos —sugirió entre lágrimas Edmont, con tan solo nueve años.
Tragué saliva y recordé que a varios de nuestros vecinos habían desalojado de sus casas y nunca más se los veía. Mi madre alguna vez comentó, que solían ser llevados a campos de concentración para formar parte del ejército personal de Vilhelm, y que aquellos que por desgracia no contaban con el requisito, terminaban siendo echados del pueblo por no producir. Pero esa era una historia muy vieja, cuando mi madre falleció yo tenía trece años. No había que ser muy listo para saber que te echaran del pueblo sería lo más humano posible, y que el gobernador Vilhelm no acostumbraba a tratos humanitarios.
—Nos van a separar—espeté.
Mis hermanos detuvieron el llanto y levantaron la cabeza fugazmente para encontrar algo de sentido —.Si saben que mamá murió, nos desalojarán.
—No quiero que nos separen...—dijo entre sollozos Edbert.
—¿Cómo sabes eso? ¿Y a donde dices que nos van a llevar? —inquirió Edmont secándose las lágrimas.
—Muchos vecinos han sido desalojados por no pagar impuestos, las familias eran separadas y llevadas a distintos lugares. Siempre buscan meter a sus oficiales en una casa, es por eso, que si descubren que mamá está muerta, quizás nos separen.
—¿Y porque lo harían? —instó incesante Edmont.
—Porque somos niños, y somos huérfanos —atiné a decir.
El silencio inundó la habitación, y el pequeño Edbert lloraba silenciosamente. Sus mejillas estaban rojas de tanto llorar, Edmont me miraba buscando respuesta. Es allí cuando tuve que tomar una de las decisiones más deplorables de mi vida.
—Debemos esconderla. Nadie debe saber que está muerta—espeté.
—Se darían cuenta los vecinos. No podemos ocultarla—dijo Edmont mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.
Nunca supe si el motivo de sus lágrimas era mi propuesta, o la muerte de mi madre.
—Según tú, ¿donde mandan a los niños que se quedan huérfanos?
—A un horfanato —atinó a decir el pequeño Edbert.
—Y luego de los horfanatos al servicio militar. Es la única forma que le sirvamos al gobierno—expliqué en ese entonces.
Mi postura no fue apoyada por mis demás hermanos. Por desgracia, el menor de nosotros comenzó a tener a la mañana siguiente síntomas de tuberculosis. Pero eso no lo supimos hasta tiempo después.
—Stein, Edy está enfermo, nuestra madre aún está encerrada en ese cuarto, debemos pedir ayuda—espeto Edmont.
—¿Los vecinos pagarán el hospital? ¿O la medicación de Edbert?
Edmont miró por lo bajo sabiendo con absoluta certeza que en ese momento había una realidad ineludible; estábamos solos.
—El cuerpo de madre comenzará a oler en algún momento—consiguió decir.
—Primero debemos solucionar lo de Edbert. Debemos tener dinero para pagar su medicina.
Egmont comenzó a llorar, era inevitable. Yo lo observaba fríamente, algo en mí se preguntaba si debía abrazarlo o dejarlo llorar. No tenía ganas de abrazarlo ni de llorar con él, pero supe entonces que Egmont no sería de gran ayuda, y que si no me ayudaba, perderíamos a Egbert.
—Podemos vender frutos del huerto del viejo Vladimir—agregué tras un silencio prolongado—.No podemos permitir que nos separen, Eg.
—¡Tú no eres mamá! ¡Mamá está muerta! —exclamó con rabia.
Me acerqué rápidamente y le tapé la boca con mis manos.
—Mamá no va a volver—le murmuré —.Pero no vamos a perder a nadie más ¿Entiendes?
Y tras lo último dicho, apunté a nuestro cuarto, donde en ese momento se encontraba Egbert volando en fiebre.
Egmont asintió con la cabeza cabizbaja y secó sus lágrimas.
Antes de salir, revisé por última vez a Egbert, que emitió un alarido al verme. Se torció un poco y escupió flema con sangre. Podía sentir como se estrujaba de dolor en los pulmones.
—¿Mamá ya regresa? —instó.
Deliraba. Asentí con la cabeza y lo dejé recostarse nuevamente, le di un beso en la frente, afiebrada y transpirada, y me dispuse entonces a ser fuerte para poder ayudarlo.
Con Egmont proseguimos a meternos a hurtadillas en la huerta del viejo Vladimir. No nos costó colarnos, nuestra madre solía ir a pedirle algunas frutas cuando no llegaban la carga de los soldados de Vilhelm. La mayoría de las veces no llegaba, y el viejo Vladimir solía abastecernos por piedad de su huerta. Muchos de los vecinos cosechaban a escondidas, porque la cosecha sin notificación y permiso de los soldados estaba prohibida. Por eso es que si la robábamos y la vendíamos, podíamos hacernos de una vez con el dinero para atender a Egbert.
Así que nos deslizamos por los alambres, y mientras que Edmont vigilaba la puerta trasera de la casa de Vladimir, yo me encargaba de tomar lo que pudiese.
Una luz se encendió a lo último de mi búsqueda, y eso significaba que era momento de correr. Esta vez, de salida trepamos a los apurones, Egmont salió primero y le lancé el costal para después trepar yo. En ello, Vladimir llega hasta a mí y voltea mi rostro con enfado, pero solo unos segundos, porque cuando lo pude ver directamente a los ojos, caí al otro lado del pastizal.
—¡Vamos, vamos, vamos! —exclamó Edmont y nos echamos a correr. No sabía si Vladimir nos vendría a buscar, ni tampoco si me había reconocido siquiera. Pero al menos esa noche, esa última noche, nadie se presentó en casa.
En la mañana siguiente, fuimos al pueblo a vender lo que robamos en el mercado del pueblo donde monitoreaban soldados la mercancía. Nosotros íbamos por detrás, ofreciendo un precio menor al de venta. Vendimos hiervas, que quizás solo Vladimir sabía para que eran, diciendo que eran medicinales. También naranjos, limones, y morrones. Esos eran más fáciles de vender. Al final, regresamos a casa, comiendo un pan que compartimos a medias con Egmont, y guardando uno que llevábamos especialmente para el pequeño Egbert.
Cuando entramos, las moscas reposaban en su cuerpo. Egmont las espantó al verlas.
—Algo anda mal, Stein, algo anda mal...—dijo viendo a Egbert sin movimiento alguno. Ya no le dolía, no carraspeaba, no tosía, pero, tampoco parecía respirar.
Le toqué el pulso para comprobar lo inevitable. Lo sacudí llamándolo dos veces, pero estaba frío. Su cuerpo ya no tenía las altas temperaturas en las que se encontraba la noche anterior.
—Pero conseguimos el dinero, lo podemos llevar al médico...—insistió Egmont sin saberlo.
No hay cura para la muerte.
Negué con la cabeza y me senté en el suelo mientras Egmont comenzó a llorar al ver que nuestro hermano menor no reaccionaba a estímulo alguno. Lo sacudió tantas veces que hasta yo mismo creí que lo atraería de vuelta. Pero no. Egbert seguía tieso, inmóvil, frío, pálido, pero dentro mío guardé un alivio que no me permití transmitir aquella vez, al menos no sufriría más.
Egmont se durmió junto a Egbert, quien yacía en la cama frente a mí, yo, recostado sobre la puerta con los ojos en blanco. Mamá, Egbert...¿Esto era acaso una pesadilla? Dormité viéndolos fijamente, porque sabía que sería la última vez que nos vería juntos a los tres en esa habitación.
Y tuve razón.
Lo siguiente que me despertó fue la puerta abriéndoselos a mis espaldas, y a tres soldados dando vuelta toda la casa. Uno abrió la puerta de la habitación de mi madre, para encontrarse con la descomposición y putrefacción de su cuerpo que se encontraba días muerto. El segundo, gritó;
—¡Despierten! ¡Párense junto a la cama, los dos!
Egmont se despertó desentendido y con miedo, en un acto de impulso llevó los brazos a la cabeza. El soldado lo miró extrañado, y luego, vio a Edbert.
—¿Está muerto? —inquirió.
Egmont asiente con la cabeza rápidamente.
—¿Que le pasó? ¿Lo mataron ustedes?
—¡No hicimos nada! —grité. El hombre se giró a mí —.Ambos enfermaron. No teníamos dinero para la medicina.
—¿Solo son ustedes dos?
—Sí, señor...
Llamó a un tercer hombre con las manos y éste vino, me tomó a mí y el otro a Edmont. Yo solo podía observar alejarse a Egbert, que aún seguía acostado, muerto. No lo habíamos sepultado. Él se lo merecía.
Nos arrastraron por la casa y por última vez vi a mi madre, pero no lucía más como ella. Dejaron la puerta abierta quizás apropósito, para dejar a la vista el escenario trágico y separarnos. Nos subieron a una camioneta, y tomé la mano de Egmont muy fuerte. No podíamos ver el camino porque estábamos como en una caja, la camioneta atrás estaba protegida con tablones de madera unidos unos con otros.
Abrieron la puerta, y sacaron a Egmont, quien gritó con todas sus fuerzas que no nos separasen, no lo solté, no lo quería soltar, pero divisé una enfermera detrás suyo. Solo hay enfermeras en los orfanatos, eso quería decir que él iría al lugar bueno.
—Suéltame —le dije. Edmont lloraba y pataleaba con mas fuerza.
—¡Noooo! ¡No quiero que nos separen! —dijo entre llantos.
La enfermera no podía disimular su cara de incomodidad con la situación.
—Te buscaré. Solo ve. No temas, te buscaré Egmont. Lo prometo.
—¡No lo prometas! ¡Tú nunca cumples tus promesas! —dijo mientras iba perdiendo fuerza en el brazo y yo luchaba porque me soltara y hacerlo menos difícil.
—Volveré por ti Eg...—dije por último antes de que pudiesen soltarnos y se lo llevaran. Lo siguiente fue seguir el camino hasta donde al final terminaría yo.
Ya no me quedaba nadie. Estaba solo. Daba igual si me echaban del pueblo o si me mataban a tiros. Yo estaba muerto, ese día. La luz encandiló mis ojos y el soldado que me tomó abrió las puertas de la camioneta y me ordenó que bajara.
—Aquí al menos servirás—espetó el sujeto.
Inspeccioné el lugar, tierra desabrida y sin color, base de control, uniformados, pequeñas construcciones. Esto era peor que la muerte, era la base de Vilhelm.