Capítulo 1: Un matrimonio de ceniza y piedra
El Gran Salón del Trono del Palacio de Aurelia brillaba con la luz de miles de velas. La orquesta real interpretaba una melodía majestuosa, pero para la princesa Elena, la gran celebración no era más que un funeral para su libertad.
Elena estaba ante el enorme espejo de cristal, ajustando su vestido de seda lavanda, meticulosamente bordado con hilos de oro puro. El vestido era innegablemente impresionante, cayendo detrás de ella como la cola de un pavo real y complementando los suaves mechones dorados que caían elegantemente sobre sus hombros. Sus ojos azules, que recordaban a un lago despejado en un día de invierno, reflejaban una calma serena. Sin embargo, bajo esa superficie plácida, rugía una tormenta de pensamientos ansiosos.
"¿Está lista, Su Alteza?", preguntó su doncella personal, Alicia, con voz temblorosa mientras colocaba con cuidado la delicada tiara de diamantes sobre la cabeza de Elena.
Elena respiró hondo y constante, apretando las manos en suaves puños para calmar su acelerado corazón. "Sí, Alicia. Pongamos fin a esta farsa."
Hoy no era un día cualquiera. Marcaba la declaración de la mayor alianza política en la historia del continente: el día en que la Princesa de Aurelia se casaría con el Príncipe Heredero del reino vecino, el Príncipe Leonard. Era un acuerdo puramente político, diseñado con sangre fría para terminar con una guerra brutal que había devastado ambos reinos durante toda una década. Gente inocente había pagado el precio con sus vidas y ahora era el turno de Elena de pagar por la paz con su libertad.
Cuando las gigantescas puertas de madera del salón de baile se abrieron de par en par, las miradas de cientos de nobles y miembros de la realeza visitantes se fijaron en ella. Elena avanzó con absoluta gracia y pasos medidos, manteniendo su ensayada sonrisa diplomática. Al fondo del salón, de pie junto a la plataforma de honor, estaba él.
El príncipe Leonard.
Iba vestido con su uniforme militar imperial azul oscuro, adornado con una armadura de plata pulida y medallas que daban testimonio de su ferocidad en el campo de batalla. Su cabello rubio corto estaba impecablemente peinado, y sus ojos verde esmeralda, afilados como los de un halcón, observaban su enfoque con absoluta quietud. No había calidez en su mirada, solo una profunda precaución y una frialdad gélida que rivalizaba con la escarcha del invierno. Para Leonard, Elena era simplemente la hija de su antiguo enemigo, una transacción necesaria para garantizar la seguridad de su pueblo.
Se pararon uno al lado del otro ante los reyes reinantes. Forzando una sonrisa perfectamente falsa para la multitud que vitoreaba, Leonard se inclinó ligeramente y susurró en un tono bajo, destinado solo a los oídos de ella: "Te ves radiante esta noche, Princesa. Espero que puedas mantener esta actuación impecable durante el resto de la noche."
Elena no giró la cabeza. Manteniendo los ojos fijos hacia adelante, susurró con la misma frialdad y calma escalofriante: "No se preocupe, Su Alteza. Usted no es el único que sacrifica su vida por el deber aquí. Guarde sus consejos para usted mismo."
La orquesta cambió de ritmo, iniciando el vals tradicional que los recién casados debían liderar. Leonard dio un paso adelante, extendiendo una mano cubierta por un guante blanco inmaculado. Elena colocó su mano en la de él, sintiendo instantáneamente su agarre firme e inquebrantable. Sus ojos se cruzaron: azul helado contra verde penetrante. Parecía que una guerra silenciosa e invisible acababa de comenzar allí mismo, en la pista de baile.
Comenzaron a moverse in perfecta sincronización, engañando sin esfuerzo a cualquiera que los mirara. Dando vueltas a la izquierda y a la derecha, giraron en medio de los fuertes vítores y aplausos. Sin embargo, detrás de esta armonía ilusoria, su respiración era tensa y las palabras que intercambiaban cortaban como dagas.
"Escuché que te opusiste a este matrimonio hasta el último momento", murmuró Leonard suavemente mientras la hacía girar más allá de un pilar.
"¿Y quién colocaría voluntariamente una soga de oro alrededor de su cuello, Su Alteza?", replicó Elena, sumergiéndose con gracia en sus brazos para completar el paso. "Pero conozco mis responsabilidades. Mi reino siempre es lo primero."
Una leve y cínica sonrisa apareció en la comisura de los labios de Leonard. "Espléndido. Al menos estamos de acuerdo en una cosa. Este baile, y todo este matrimonio, no es más que una transacción comercial formal que termina en el momento en que se sella el tratado."
El baile persistió durante varios minutos agotadores, aunque para Elena se sintió como una eternidad. El gran peso de las miradas fijas y la sofocante hipocresía real presionaban su pecho hasta que apenas podía respirar. Ya no podía tolerar las sonrisas falsas de la corte.
En el momento en que la música cesó y ambos se inclinaron ante el público que vitoreaba, Elena aprovechó su oportunidad mientras los reyes estaban distraídos con los delegados extranjeros. Le susurró a Alicia que necesitaba aire fresco con urgencia, luego se deslizó hábilmente entre la multitud sin ser notada.
Navegó por los largos y tenuemente iluminados pasillos de piedra que conducían hacia los jardines traseros aislados del castillo. Este jardín en particular había sido abandonado durante años, situado lejos de las ruidosas festividades y custodiado solo en raras ocasiones.
En el instante en que sus zapatillas pisaron la hierba fresca y húmeda, la brisa fría de la noche rozó su rostro, restaurando una fracción de su paz destrozada. Caminó bajo la incontaminada luz plateada de la luna que bañaba el patio en un resplandor mágico e idílico. El silencio aquí era reconfortante, un marcado contraste con la música a todo volumen y las miradas codiciosas de la nobleza.
Sus pasos la guiaron inconscientemente hacia el centro mismo del jardín, donde se encontraba una antigua fuente tallada en mármol blanco desgastado. En las viejas leyendas, era conocida como la "Fuente de la Luna". El agua caía en cascada en un flujo suave y rítmico, produciendo una melodía relajante que calmaba sus nervios alterados.
Elena se detuvo en el borde del estanque, contemplando su propio reflejo brillando en la superficie del agua bajo la luna llena. Dejó escapar un largo y pesado suspiro y levantó una mano para frotar sus sienes doloridas.
"¿Escabullirse de su propio banquete de bodas real? Eso difícilmente es un comportamiento digno de una princesa, ¿no?"
Elena se congeló cuando esa voz masculina profunda e innegablemente familiar atravesó la quietud absoluta de la noche. Se dio la vuelta rápidamente para encontrar una silueta alta que emergía de las densas sombras de los árboles del jardín.
Era él. El príncipe Leonard.
Se había quitado la pesada armadura de plata y los botones superiores de su túnica azul estaban desabrochados, lo que le daba un aspecto más relajado. Sin embargo, su mirada penetrante permanecía completamente inalterada.
"¿Y qué hay de usted, Su Alteza?", replicó Elena, levantando instantáneamente su escudo helado y defensivo. "Abandonar a sus invitados para seguir a su futura esposa a un jardín abandonado tampoco parece un comportamiento digno de un caballero."
Leonard se acercó con pasos tranquilos y medidos hasta que estuvo a solo unos pasos de ella. Miró hacia la fuente y luego volvió los ojos hacia ella. "No te estaba siguiendo. Yo también necesitaba escapar desesperadamente de la sofocante hipocresía del interior."
Un silencio abrupto se apoderó de ellos una vez más, pero esta vez no estaba cargado de hostilidad. En cambio, era un silencio extraño, espeso de curiosidad no expresada. Ambos miraron hacia el cielo, donde la gigante y radiante luna llena colgaba majestuosamente, proyectando hilos plateados que iluminaban todo el patio.
De repente, sucedió lo inimaginable.
El agua tranquila dentro de la fuente de mármol comenzó a vibrar violentamente, enviando una fina niebla al aire que brillaba como diamantes triturados. De los rosales circundantes, pequeñas partículas brillantes comenzaron a flotar hacia arriba, reuniéndose alrededor de ellos.
Los ojos de Elena se agrandaron con pura incredulidad mientras observaba cómo esas partículas se transformaban en mariposas reales. Pero estaban lejos de ser ordinarias. Irradiaban una luminiscencia vibrante y mágica, brillando en tonos de lavanda etéreo, azul neón y verde fosforescente.
"¿Qué en el mundo es esto...?", susurró Leonard, su mano instintivamente se dirigió a su cintura, donde su espada solía colgar.
Las mariposas luminosas se agruparon en densos racimos, creando un anillo mágico giratorio alrededor de Elena y Leonard, atrapándolos efectivamente en un bolsillo aislado de tiempo. En ese microsegundo exacto, una mariposa lavanda brillante rozó las puntas de los dedos de Elena, mientras que una azul radiante se posó suavemente sobre el hombro de Leonard.
De repente, un dolor de cabeza cegador golpeó la mente de Elena, y el suelo mismo bajo sus pies pareció romperse. El jardín se desvaneció, la luz de la luna se disolvió, y se encontró cayendo en un vórtice oscuro de recuerdos extraños y aterradores que nunca había vivido... ¡recuerdos de un campo de batalla sangriento, fuegos rugientes y un joven que se parecía exactamente a Leonard, sosteniendo su rostro manchado de lágrimas y gritando su nombre en medio de las llamas!
Elena abrió los ojos de golpe, dándose cuenta de que estaba agarrando el armazón del brazo de Leonard con una fuerza desesperada. Leonard respiraba con dificultad, sus ojos verdes y afilados la miraban con una mezcla pura de conmoción y horror que nunca antes había visto en él.
Él también lo había visto.
Se miraron en un silencio atónito. Abajo, las aguas resplandecientes de la fuente reflejaban una realidad completamente diferente a la de sus atuendos reales actuales... reflejándolos como dos amantes desesperados y trágicos de una era olvidada hace mucho tiempo.