Nyra
Soñé con la puerta.
Otra vez.
Esa misma rendija de madera vieja, medio abierta, por donde una vez espié el momento exacto en que dejé de ser hija.
La casa estaba envuelta en sombras. Un silencio espeso lo cubría todo, como una manta húmeda. Yo tenía cinco años en el sueño, o quizás seis, pero el miedo era el mismo. Intacto. Atemporal.
Mis pies descalzos tocaban el suelo helado. Caminaba por el pasillo como si no pesara. Como si no fuera real.
Y entonces la oí.
La voz de Elda, temblando de rabia contenida.
—No puedes seguir ignorándola, Vaelith. Es tu sangre. Tiene un corazón que late. Una vida que.
—¡Una vida que no pedí! -la interrumpió mi madre. Esa voz. Tan cortante como un cristal roto-. Esa cosa no debió existir.
Mi pecho se comprimió. intenté retroceder. Pero mis pies no se movían. El pasillo parecía empujarme hacia esa rendija, como si el destino quisiera que escuchara todo.
—¡Es una niña! —Elda volvió a gritar, y el eco pareció temblar en las paredes—. No es culpa suya haber nacido. No es un castigo.
Vaelith rio. Un sonido hueco. Cruel. Como si estuviera burlándose del universo.
—No la quiero. ¿Está claro? No la quiero. Nunca la quise. Fue un accidente uno que casi me cuesta lo único que de verdad amo.
Mi garganta se cerró. Quise gritar. Quise entrar y suplicarle que me mirara. Que me quisiera solo un poco, solo una vez, como si importara. Pero no podía moverme.
Era solo una sombra detrás de una puerta. Una sombra pequeña. Innecesaria.
—Me voy —dijo Vaelith, girando hacia la salida, con la capa ondeando detrás como alas negras—. No quiero verla más. No me sigas, Elda. No interfieras. O acabarás igual que ella.
—¿Y si se rompe? —Elda estaba llorando, lo sé. Aunque en el sueño no le veía el rostro, lo sabía—. ¿Y si esa niña explota por dentro? ¿Si la magia la consume?
Vaelith no respondió de inmediato.
Solo se detuvo en el umbral, de espaldas. Y con voz baja, como si le costara decirlo, pronunció:
—Entonces será justo. Que el error destruya lo que jamás debió existir.
Desperté.
De golpe. Como si algo me hubiera arrancado del abismo.
La oscuridad de mi habitación me envolvía como un manto húmedo. Estaba empapada en sudor. Las sábanas hechas un nudo. Mi respiración era un cuchillo clavado en el pecho.
El techo no respondía. El silencio tampoco.
Extendí la mano temblando, tanteando en la mesilla hasta encontrar el frasco.
Tomé la pastilla con dedos que no me obedecían. Me la tragué sin agua. Ya no me hacía falta.
Solo entonces me atreví a mirar mi muñeca.
Ahí estaba.
La espiral.
La única prueba de que, tal vez, había una historia mía escrita antes de esa noche. Una que aún no conocía. Una que tal vez aún no se había terminado de escribir.
Pero la niña detrás de la puerta seguía dentro de mí.
Y ella no dejaba de preguntar:
¿Y si mamá tenía razón?
¿Y si nunca debí existir?
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
No eran llanto. No como el que hacía ruido o buscaba consuelo.
Eran silenciosas. Frías.
Como si los ojos decidieran vaciar lo que el alma ya no podía sostener.
Me giré hacia la pared, furiosa conmigo misma.
No quería llorar. No otra vez.
No por ella.
Me pasé el dorso de la mano por las mejillas, con torpeza. Como si intentar borrarlas fuera suficiente para que también se borrara lo que acababa de soñar.
Pero no se borraba.
La frase seguía repitiéndose como un eco inmortal:
“Fue un accidente, uno que casi me cuesta lo único que de verdad amo.”
Tragué saliva.
Me abracé las rodillas.
Quise desaparecer.
Y entonces, el crujido.
—¡Nyra! —la voz de Elda sonó agitada, como si hubiera corrido por los pasillos—. ¡Nyra, levántate!
Parpadeé, las lágrimas aún en las pestañas. No me moví. Solo la miré desde la cama, como si mis huesos se hubieran vuelto piedra.
Elda empujó la puerta y entró con el rostro desencajado. El cabello se le había soltado del moño y su delantal estaba manchado de barro.
—¿Qué pasa? —pregunté, con la voz quebrada. No por el miedo. Sino porque aún tenía a Vaelith en la garganta.
—Alguien entró a Umbrathiel —dijo, y esas palabras lo cambiaron todo.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—Un forastero. Un hada. Uno fuerte —continuó, bajando la voz, como si los muros pudieran oír—. Las ramas lo susurran. Los cuervos lo han visto. No es uno de los nuestros… y no ha muerto al cruzar.
El corazón me dio un vuelco. Uno tan feroz que dolió.
Como si algo muy antiguo dentro de mí hubiera despertado.
—¿Quién? —pregunté, y por un segundo, mi voz ya no sonó rota. Sonó viva. Ansiosa. Esperando una respuesta que no quería entender.
Elda me observó en silencio. Sus ojos viejos buscaron en los míos algo que no se atrevía a decir.
—No lo sé —susurró—. Pero lleva el caos en los talones… y la oscuridad lo ha dejado pasar.