Capítulo 4

1178 Words
Zareth Caminaba por los límites del bosque prohibido, con el ceño fruncido y los sentidos tensos como cuchillas. No sabía qué buscaba exactamente, pero algo —algo— me empujaba cada noche a volver a ese punto exacto, donde la niebla parecía más espesa y el aire más antiguo. Yo no dudo. Nunca. No soy de los que se dejan arrastrar por presentimientos ni cuentos viejos de hechiceras locas. Y sin embargo Aquí estoy. Otra vez. Un escalofrío me recorrió la espalda. No era el frío. Yo ya no sentía el frío. Era otra cosa. Algo que me erizaba por dentro, como una memoria que no me pertenecía. Me detuve. Una raíz, retorcida y seca, salía del suelo como una mano de tierra buscando a quién arrastrar. Apoyé la bota ahí, sin apartar la vista de la colina lejana. Nada. Solo viento. Solo sombras. Solo eso. Una sensación clavada en el pecho, como si alguien pronunciara mi nombre sin voz. Como si unos ojos se aferraran a mi espalda desde lo invisible. Era real. Era absurda. —Otra vez tú -murmuré, con el desprecio que uno le lanza a sus propias debilidades. Porque no era magia. No del todo. Era algo más primitivo. Algo que me rozaba los huesos como una caricia no pedida. No podía verlo. Pero lo sentía. Y lo peor es que cada noche me costaba más alejarme de ahí. El bosque contenía el aliento. Y yo también. Cada paso crujía con un eco demasiado fuerte. Demasiado vivo. Entonces lo sentí. Como un roce apenas perceptible. Como si el aire se hubiera vuelto más denso, más eléctrico, más vital. Mi corazón -ese traidor que creía dormido -latió. Un latido fuerte. Inesperado. Antiguo. Me detuve en seco. No había nada visible. Pero mi pecho ardía. Como si la oscuridad se hubiera abierto un segundo para mostrarme algo sagrado. Algo que llevaba esperando toda mi vida sin saberlo. Una presencia. Delicada. Dolorosa. Inconfundible. Estaba cerca. Tan cerca que el aire olía distinto. Más dulce. Más salvaje. No sabía quién era. No sabía qué era. Pero por un instante, me sentí menos solo. Por un instante sentí esperanza. Una que dolía más que todo lo que había enterrado. Y justo cuando di un paso más, cuando mi cuerpo respondió antes que mi mente y se dirigía directo hacia ese algo que no podía nombrar —Zareth —dijo una voz femenina, rompiendo la atmósfera como un cuchillo entre las costillas—. La gran hada madre te llama. El consejo te espera. Me giré, lento. La expresión en mi rostro volvió a endurecerse. Máscara. Otra vez. La mujer era una emisaria. Una cualquiera del palacio, con los ojos bajos y la voz entrenada para interrumpir sin preguntar. —Dile que voy —respondí. Frío. Implacable. Como si nada hubiera ocurrido. Como si mi mundo no acabara de romperse por un segundo de luz. Ella asintió, hizo una leve reverencia y desapareció entre las sombras. Y yo Me quedé ahí. Un poco más vacío. Un poco más furioso. Con el corazón aún temblando por algo que no debería haber sentido jamás. Las puertas de la sala del Consejo se abrieron como si el mismo aire las empujara. Antiguas, pesadas, talladas con símbolos que ya nadie recordaba. El eco de mis pasos fue lo único que me acompañó hasta el centro del círculo de piedra. La Gran Madre me observaba desde su trono de luz marchita. Tenía los ojos cansados. No por la edad, sino por la memoria. —Zareth —dijo, apenas una palabra, y todos los rostros se giraron hacia mí. Los ancianos. Los sabios. Los que nunca ensucian sus manos, pero dictan destinos con la voz. —Gracias por venir —continuó ella—. No es una convocatoria habitual pero tampoco son tiempos habituales. Guardé silencio. Mi nombre ya me pesaba bastante. No necesitaba más. —Desde la caída de Vaelith —dijo uno de los consejeros—, hemos respirado con más calma. Pero la calma es peligrosa. Hace que bajemos la guardia. —Vaelith puede estar muerta —intervino la Gran Madre—, pero su sombra no. Las tierras oscuras aún la recuerdan. Y lo que fue engendrado en ellas también. Un murmullo se deslizó entre los asientos. Palabras no dichas, miedos antiguos con nuevas caras. —No podemos confiarnos —dijo otro, con voz grave—. Si dejó algo atrás,si aún hay magia corrupta en Umbrathiel —Podría estar creciendo. En silencio. Como una herida que no sangra, pero mata. No necesitaba más pistas. Sabía lo que venía. Lo sentí antes de que mi nombre se alzara de labios ajenos. —Necesitamos a alguien que se atreva a ir allí. A cruzar el velo. A ver con sus propios ojos si hay restos de su legado. Y entonces, lo dijeron. —Zareth. El aire me ardió en los pulmones. No respondí de inmediato. No porque dudara. Sino porque cada parte de mí sabía que no era una elección. Ya estaba escrito. Ya había sido arrastrado. La Gran Madre dio un paso al frente, sus ropajes arrastrando un susurro antiguo sobre el suelo de piedra. Todos los presentes guardaron silencio. El consejo no respiraba. Ella solo tenía ojos para mí. —Zareth —dijo, con esa voz templada que podía desarmar a un ejército o sellar un tratado—. Sé que has cargado con sombras que no merecías. Que has caminado entre cenizas buscando respuestas que aún no tienen forma. Pero necesito saber si estás dispuesto. Levanté la mirada, sin esconder la dureza en mis facciones. —¿A qué? —A cruzar el Velo —respondió, sin rodeos—. A investigar si Umbrathiel guarda más de lo que dejó Vaelith tras su caída. No podemos permitirnos otra sombra creciendo sin que nadie la vea. Y tú Se detuvo, mirándome como si pudiera leer lo que ni yo entendía. —Tú eres el más adecuado. El único que podría sobrevivir allí y volver con la verdad. El silencio fue absoluto. Solo se oía el murmullo leve de las antorchas y el latido sordo en mis sienes. La idea no me era nueva. Hacía semanas que algo me jalaba hacia esos bosques muertos. Umbrathiel. Tierra de susurros, de ramas que sangran y secretos que se niegan a morir. Ya lo había pensado. Ya lo había deseado, en silencio. Solo me faltaba una excusa. —Entonces —dije, sin titubear, clavando mis ojos en los de la Gran Madre— ya que todos saben lo que soy y lo que perdí, déjenme ir a encontrar lo que aún no tengo. Ella asintió, solemne. Con un dejo de alivio amargo. —Te abriremos el Velo mañana al amanecer. Yo asentí una sola vez. Y me giré sin esperar despedidas. Porque no las merecía. Porque lo único que me esperaba ya me estaba sintiendo. Ya me estaba buscando. Y no sabía por qué, pero cuando pensé en esa colina lejana donde mi pecho se apretaba sin razón, por primera vez en años sentí esperanza.
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