Nyra
Camino descalza por los pasillos helados de esta casa que apenas siento mía. El suelo cruje bajo mis pies, pero ya no me importa. El frío, la soledad, el silencio. Son compañeros que he aprendido a soportar, aunque el mundo entero me quiera muerta sin siquiera saber que existo.
Elda me observa desde la penumbra, con ese paño arrugado en la mano y unos ojos llenos de miedo que parecen contener años de secretos y de resignación.
—¿A dónde vas? —me pregunta, con la voz cargada de advertencia.
—A respirar —respondo, aunque aquí el aire parece pesar más que en cualquier otro lado.
—El bosque no respira. Mata —me dice firme, pero yo solo levanto el mentón. Esa mezcla de terquedad y orgullo no la aprendí, la heredé.
—Yo tampoco estoy viva del todo, Elda. Solo… esperando.
El aire afuera no era más limpio. Solo más cruel. Mordía la piel como si quisiera arrancarme los huesos uno por uno. Pero necesitaba escapar. De las paredes. De Elda. De mí.
Me escabullí entre los árboles como una sombra con nombre. No tenía derecho a existir, pero ahí estaba respirando entre ruinas.
Las ramas me arañaban los brazos, dejando líneas rojas que ardían. No me quejé. Dolía más no verlo.
Subí por la ladera del risco, donde el musgo cubría la piedra como una herida mal cerrada. Aquel rincón del bosque muerto era solo mío. Y aún así, lo compartía en silencio con él.
Desde ahí, podía ver la colina.
Y ahí estaba.
El
No por mí. Nunca por mí.
Él no sabía que yo existía. O tal vez sí. Pero no de la forma en que yo lo sentía: como si me hubiera nacido bajo la piel.
Últimamente pasaba más tiempo ahí. Solo. Mirando algo que yo no podía alcanzar.
Y yo… yo era su sombra. Su espectadora muda.
El secreto que no debía respirar demasiado alto.
Me escondí detrás de una roca húmeda, abrazando mis rodillas, la frente apoyada en ellas, el corazón atrincherado. No me atrevía a decir su nombre. Como si nombrarlo pudiera destruir lo poco que quedaba de mí.
O lo poco que quedaba de él.
Y aún así me sentía menos sola cuando lo veía.
Aunque él nunca mirara hacia donde estoy.
La silueta apareció más cerca de los árboles. Alta. Imponente.
No parecía un intruso. No. El caminaba como si el bosque lo hubiera parido. Como si cada raíz se apartara para dejarlo pasar, como si el peligro lo respetara. O le temiera.
Yo me quedé inmóvil.
Porque él estaba ahí. Y yo también.
Demasiado cerca. Demasiado lejos.
Se movía con una precisión que dolía de ver. Como si supiera dónde pisar sin romper nada.
Yo no sabía caminar sin romperme.
¿Por qué?
¿Por qué alguien que nunca podría quererme es el único al que quería?
Solo lo miré. Unos segundos.
Como quien se asoma al borde de un sueño del que no quiere despertar.
Hasta que se detuvo.
No giró por completo, pero su rostro —ese perfil afilado, esa sombra en sus ojos— se volvió apenas en mi dirección.
Un escalofrío me cruzó la espalda.
El tipo de miedo que no paraliza que prende fuego por dentro.
Me escondí tras la roca, con los pulmones colapsando.
¿Me había visto?
¿Había sentido mi presencia?
¿Mi mirada clavada en su espalda cada vez que aparece?
—No —me susurré—. No puede saberlo. No puede…
Entonces, lo imposible.
Zareth comenzó a caminar hacia mí.
No hacia la colina. No hacia el risco.
Hacia mí.
Contuve la respiración. Me pegué al tronco áspero de un árbol, deseando disolverme en la corteza, en la tierra, en el silencio.
Mi pecho subía y bajaba como si alguien invisible me apretara el alma con una mano helada.
Mi mente gritaba que huyera.
Corre. Escóndete.
Pero mis pies estaban clavados. Como si el suelo me reclamara como suya.
Mi cuerpo no me obedecía.
Mi cuerpo le pertenecía a él.
Cada paso que daba era una herida abierta.
Zareth se acercaba.
Sin prisa. Sin miedo. Como si ya supiera que yo estaba ahí.
Como si el mundo entero no importara, solo ese punto donde nuestras existencias se rozaban.
Y entonces
—¡Zareth! —una voz de mujer rasgó el aire.
Él se detuvo.
Yo inhalé tan bruscamente que un espasmo me dobló por la mitad.
Mi visión se nubló.
El pecho se me cerró.
No era miedo. No solo miedo.
Era la certeza de que había estado a un latido de ser descubierta. De que, por un instante, tal vez sí me había visto. Y aún peor… yo lo había deseado.
Porque si sus ojos se posaban en mí,
mi vida podría haberse terminado ahí mismo.
Y tal vez —solo tal vez— no me habría importado.
La opresión en el pecho crecía.
Mis manos temblaban.
Las piernas me dolían por la tensión de no moverme.
Un ataque de pánico. Lo reconocí. Lo conocía demasiado bien.
Me acurruqué, bajando la cabeza entre las rodillas, contando mentalmente para no romperme.
Uno, dos
Zareth se alejó. Sus pasos se diluyeron con el viento.
Y yo me rompí en silencio, con lágrimas.
Y un cuerpo más entre las raíces.
Invisible.
Como siempre.