—Pavel, baja tu arma. Mi voz temblorosa resonaba mientras observaba a mi alrededor, percatándome de que, curiosamente, no habĂa nadie cerca que pudiera presenciar la escena. Nos encontrábamos en una mesa apartada. Pavel no apartaba la mirada de Lorenzo, sin parpadear siquiera. Él estaba en sus cuarentas y siempre me llamaba su pequeña hija. ÂżPor quĂ©? HabĂa estado en todos los eventos donde mi padre, por viajes de negocios, nunca pudo ir. Para mĂ, representaba la figura de un tĂo adoptivo y el más tranquilo de todos los demás vigilantes… aunque, al mismo tiempo, el más peligroso segĂşn lo que comentaban los demás. —Pavel, te pido que dejes el arma… por favor… por mà —murmurĂ© con nerviosismo. Unos segundos que parecieron eternos para liquidarnos. Pavel me observĂł de soslayo, percibiendo mi

