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ESPOSA EN BUSCA DE UN AMANTE

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Blurb

En el mundo de la alta sociedad, Silvia Croft es la esposa perfecta: aristocrática, elegante, y símbolo intocable del hombre más influyente de la ciudad. Para su esposo, Alistair, ella representa una institución, una corona que legitima su poder, mientras él se abandona a los excesos y a relaciones efímeras.

Agotada de soportar la humillación, Silvia cruza el umbral del terciopelo. No busca placer, sino venganza. Y en Damian Voss encuentra al candidato ideal: un hombre rudo, cínico, y con suficientes razones para despreciar a los Croft. Sus encuentros clandestinos en un loft abandonado se convierten en una adicción peligrosa, una batalla de voluntades donde la seda de sus vestidos de diseñador termina desgarrada bajo manos ásperas.

En el universo del dinero, nada es lo que parece. Mientras Alistair teje una intriga psicológica en su propia casa para descubrir quién se acerca a su esposa, Damian mueve millones en secreto. Él es el verdadero titiritero que aprieta la soga alrededor del magnate: el heredero oculto de una fortuna transatlántica que utiliza a Silvia como caballo de Troya.

Tres vidas unidas por el rencor. Dos imperios en guerra. Y una esposa atrapada en una obsesión que amenaza con destruirlos a todos.

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¿UN AMANTE?
**SILVIA** El hielo en mi copa de champán se había derretido hacía media hora. Agua tibia y burbujas muertas. Igual que mi matrimonio. A mi lado, la risa de Alistair Croft sonó como el crujido de un billete nuevo. Falsa. Impecable. Sostuve la sonrisa ensayada frente a los fotógrafos de la gala mientras los flashes me apuñalaban los ojos, dejándome un sabor a metal quemado en la lengua. —La señora Croft está encantada con la nueva adquisición de la firma —declaró Alistair a la periodista, apretando mi cintura. Sus dedos se hundieron en la tela de mi vestido de seda verde. No era un gesto de afecto. Era una marca de propiedad. —Por supuesto —mentí, sosteniendo el aire en los pulmones—. Mi esposo siempre consigue lo que se propone. A solo tres metros, la nueva analista de riesgos de su corporativo, una pelirroja veinteañera con el cuello demasiado largo, me miraba fijamente. Llevaba el mismo collar de diamantes negros que Alistair me había regalado por nuestro tercer aniversario. El mismo diseño exacto. Una réplica barata de mi humillación. Alistair se inclinó hacia mi oído. Su aliento olía a coñac caro y a menta. —Disimula la náusea, Silvia. Te costó demasiado esfuerzo aprender a posar para estas cámaras. —Me duele la cabeza, Alistair. Vámonos. —Nos iremos cuando yo lo decida. Sonríe. “Desgraciado”. El trayecto en el asiento trasero del Maybach fue un desierto de silencio asfixiante. El chófer mantenía los ojos fijos en la carretera, fingiendo ser invisible. La luz de las farolas de la ciudad entraba en el habitáculo, cortando el rostro de mi esposo en sombras geométricas. —¿Quién es ella? —solté de golpe. Las palabras salieron ásperas, rompiendo la monotonía del motor. Alistair ni siquiera apartó la vista de su tableta. Sus dedos largos se movían sobre la pantalla analizando gráficos financieros. —No sé de qué hablas. —El collar, Alistair. No soy estúpida. Él apagó el dispositivo con un clic seco. Se giró despacio, mirándome con esa condescendencia que me hacía querer arañarle el rostro hasta ver sangre. —Es una empleada eficiente. Le gusta complacer. Algo que tú olvidaste hacer hace dos años. —Es una zorra a la que le pagas el apartamento con el dinero de nuestro fondo. —Mi voz tembló, no de tristeza, sino de una rabia vieja y podrida que me quemaba el pecho. Alistair soltó una carcajada seca, sin una pizca de gracia. Se acercó, atrapando mi barbilla con fuerza quirúrgica. El dolor fue un pinchazo agudo en mi mandíbula. —Escúchame bien, Silvia Thorne. Te saqué de la ruina de tu familia. Te di un apellido, joyas que no sabes portar y una vida que jamás habrías olfateado por ti misma. Si decido acostarme con la mitad de mi oficina, bajas la cabeza y lo aceptas. Eres mi esposa en los papeles legales, pero no eres dueña de lo que hago con mi cuerpo. Ni con el tuyo. Me soltó de un tirón. Me limpié la barbilla con el dorso de la mano, sintiendo el desprecio impregnado en mi piel. “Ya no más”. Al llegar a la mansión, subí las escaleras corriendo. El eco de mis tacones en el mármol sonaba como una cuenta regresiva. Me encerré en el baño principal, pasé el cerrojo y me apoyé contra la puerta. El corazón me golpeaba las costillas como un animal enjaulado. Miré el espejo. La mujer que me devolvía la mirada parecía un c*****r envuelto en alta costura. Me arranqué el collar de diamantes auténticos. El cierre rasgó mi piel, dejando una línea roja y ardiente en mi clavícula. No me importó. Lo tiré dentro del inodoro. El agua salpicó el suelo pulido. Saqué el teléfono oculto que guardaba en el fondo del cajón de los medicamentos. Un dispositivo prepago que compré en efectivo hacía un mes, previendo el final. Mis dedos temblaban, pero mi mente estaba inusualmente lúcida. El odio me daba una claridad violenta. Busqué el único número guardado. —¿Quién es? —La voz al otro lado de la línea era un trueno bajo, ronco, con el filo de la calle y el humo de tabaco barato. Damian Voss. El hombre que Alistair había destruido legalmente tras despedirlo de la jefatura de seguridad. El hombre que juró ver a los Croft de rodillas. —Silvia —mi voz no flaqueó esta vez—. Silvia Croft. Un silencio pesado inundó la línea. Podía escuchar la respiración pausada de Damian. El peligro vibraba a través de la señal. —¿La muñeca de Alistair? Se equivocó de número, señora. —No me equivoqué. Sé exactamente a quién llamo. —¿Qué quiere? No tengo tiempo para juegos de beneficencia. —Quiero contratarte —dije, clavando mis uñas en el borde del lavabo hasta que los dedos se me pusieron blancos. —Ya no hago trabajos de escolta. Y menos para tu marido. —No es para él. Es para mí. Se escuchó el chasquido de un encendedor. Me imaginé la llama iluminando las facciones duras de Damian en algún rincón oscuro de la ciudad. —¿Qué carajos quiere la gran señora Croft de un tipo como yo? —Quiero un amante, Damian. Y quiero que seas tú. La pausa que siguió fue tan densa que dolió. El aire en el baño parecía haberse evaporado. —Estás loca —respondió él, con un tono peligrosamente suave—. No sabes lo que estás pidiendo, niña rica. —Sé que odias a Alistair. Sé que él te quitó tu licencia, tu reputación y tu dinero. Quiero pagarle donde más le duele: en su orgullo. Quiero que me ensucies. Quiero que dejes tus marcas donde él pueda verlas. Te pagaré lo que quieras. Tengo cuentas que él no controla. —Esto no es un negocio de gigolós, Silvia. Si me meto entre tus piernas, no va a ser por tu maldito dinero. —¿Entonces por qué? —reté, sintiendo un escalofrío de anticipación que me erizó el vello de los brazos. —Por el placer de disfrutar el único trofeo que Alistair Croft cuida tanto. Te espero mañana a medianoche en los muelles del sur. Al final del almacén número cuatro. Sola. Sin guardaespaldas y con un vestido que sea fácil de rasgar. Si juegas conmigo, te romperé el cuello. Colgó. El pitido de la línea cortada sonó como música en mis oídos. Dejé caer el teléfono sobre la encimera. Mis manos seguían temblando, pero esta vez era por el deseo ardiente de ver el mundo arder. “Mañana, Alistair. Mañana dejas de ser el dueño”. El almacén número cuatro olía a óxido, salitre y abandono. Un escenario perfecto para enterrar un c*****r o para cometer un pecado que no tendría perdón.

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