Me merecía un capricho, uno especial. La vida no es sencilla para casi nadie, pero cada uno es libre de decidir qué es lo que merece. Yo consideraba que ya había sufrido suficiente y estaba en el momento perfecto para tomármelo todo de otra manera, buscar alicientes que me permitieran volver a sentirme viva. Tenía cuarenta y dos años cuando me llevé la gran decepción de mi vida. Sin aviso previo ni motivo aparente, mi marido se fue de casa para no volver. Me dejó una triste nota diciendo que necesitaba cambiar de aires para volver a sentir la alegría de vivir. Le dieron igual mis sentimientos, que siguiera enamorada de él. Tampoco le importó abandonar a Tobías, nuestro hijo. Pasaron meses hasta que mi ex retomó el contacto con el muchacho. Aunque al principio me opuse, llegaron a un acue

