Meses después - El nacimiento de los mellizos.
JOSEP
Me encontraba de camino a una apertura de una pequeña sucursal que se abrirá en el centro de la pequeña ciudad de Silveria, la cual era parte del reino de Nortwich.
Se le había colocado ese nombre por mi tatarabuelo que en paz descanse, en nombre de él, ya que contribuyó mucho en el reino y pudo llevar a cabo muchas aperturas, al igual que reparaciones en el reino.
Estás se habían hecho por una guerra que se había llevado a cabo hace ya varios años, sin embargo, el rey en ese tiempo no hizo mucho por el reino.
El trono fue entregado a mi tatarabuelo, puesto que quien reinaba en ese entonces era el hermano mayor de mi tatarabuelo, casi lleva a la ruina el reino y por ello decidieron darle ese puesto a mi tatarabuelo, pues él había hecho mucho más que el antiguo rey.
Recordar la historia del reino era algo glorioso, sin embargo, también trágico, pues muchas cosas se escondían detrás de la actual historia, mi abuelo me la contó cuando era tan solo un niño, me la contaba tanto que hasta pude llegar a memorizármela.
Más en mis planes por ahora no son contárselo a mis hijos, quizás en un futuro muy lejano.
Al llegar al lugar bajé acomodando mi traje y mi corona, era costumbre portarla para dar a entender que cargo llevaba, aun cuando a dónde me dirigiera fuera dentro de mí reino.
Y siendo completamente sincero me encantaba portarla, dejando en claro mi título, aparte que aportaba mucho a mi porte de soberano, aunque sin la corona aun así me veía como tal.
Ingrese al sitio con la cabeza en alto, una postura relajada, mi rostro demandaba seriedad y peligro, mis ojos demostrando frialdad pura, solamente con una mirada podría callar a todo el que se atreviera a atravesarse en mi camino.
Era el rey, ellos lo sabían y no por ser únicamente su gobernante, sino qué conocían todo lo que les había dado y podía darles, en parte era un cambió, la gloria por el respeto.
Había estado en guerras, había aprendido estrategias, podría ser misericordioso, más también podía decidir no serlo y ejecutar mis leyes en ellos, lo sabían y eso había hecho que me amaran y me temieran al mismo tiempo.
Podría decir que mi actitud había cambiado al conocer a mi esposa, más sabía bien que no era así, había reprimido muchas cosas pues mucho antes de amarla sabía que tenía que convertirla en mi esposa, era un trato entre reinos y aunque ella no se negó, tenía que contribuir en algo.
Pensar en aquello me ponía de alguna forma inexplicable, entre molesto, fastidiado e incluso ofendido, sabía algunas cosas de por qué el rey había aceptado el matrimonio, más no tan a fondo.
Más tenía mis ligeras sospechas, al principio había investigado, pero dejé de hacerlo, ya que todo fue dando un cambió drástico.
Empecé a tratar a Leonor y después me fui aferrando a ella, porque lo admito, no la amaba, había sido algo que creí que era una estrategia, más al verla con Josep todo cambió, poco a poco, hasta llegar a cautivarme por completo.
Entonces caí y decidí amarla, entregarle todo, hacerla mi esposa, mi reina. Mi mujer.
Los recuerdos de los años de soledad vinieron a mi memoria en cámara lenta, había pasado tiempo solo, aun cuando tuve algunas aventuras, porque lo admito, mi bella Leonor no fue la primera, todos lo sabían y como prueba de ello era Jorch, mi hijo.
Me hice cargo pues sabía que era algo que podía pasar tarde o temprano, yo contribuí y saber que me enteré de su existencia ya cuando nació fue algo que ahora me doy cuenta de que me dolió, pues no fue lo mismo.
El embarazo de mi bella esposa fue una noticia fantástica y sobre todo fue una de las primeras veces, aunque sería padre por segunda vez, esto era nuevo, no había disfrutado tanto el embarazo de Jorch como el del bebé y las razones eran claras.
No había preferencias, eso estaba más que claro, pues aunque me emocionaba en demasía el próximo bebé, Jorch aún seguía siendo el pequeño de todos, hablo en general porque así es, incluso mi esposa lo hace y ha dejado más que claro que no cambiará nada con la llegada del bebé.
- ¿Qué más queda en la agenda?- pregunte a mi mano derecha.
- Tendrá una reunión con el reino el cual ha tenido últimamente buena comunicación - informo.
- De acuerdo, ¿A qué hora, exactamente?- pregunté, la idea de volver a casa se me hacía más que satisfactoria.
- En menos de treinta minutos, debemos iniciar el recorrido o llegaremos tarde- informo.
- De acuerdo- dije subiendo al auto.
Al estar ya adentro y listos, el auto se puso en marcha, comenzando de esta manera nuestro corto viaje al lugar indicado, sería un lugar abierto y cómodo, por lo tanto, necesitaré guardias que estén custodiándome.
Una de las cosas que aprendí fue a no confiar en nadie, ni siquiera de tu propia sombra, pues hasta la mente es engañosa.
Por lo tanto, un grupo de soldados iban en una camioneta aparte, habían sido muy bien entrenados por durante mucho tiempo, todos eran reconocidos por su buen entrenamiento y disciplina, ya que en mi ejército solo había lo mejor de lo mejor.
Pues mis tropas eran de las mejores y en realidad no era solamente porque yo lo dijera, sino qué se podía demostrar, ya que había soldados fuertes, disciplinados, audaces, inteligentes, organizados, valientes y sobre todo obedientes a su rey, listos para morir por él si así se requiere.
Ellos habían sido capaces de demostrarlo y por ello se los recompensaba con riquezas y reconocimiento, aparte que en mi reino había una regla incluso que podía decir que era como una ley, ser siempre leales al rey.