Un romance de miedo - Cap.3

2176 Words
Camino sigilosamente hasta el lugar y antes de pillarla, la escucho reír. Me aparezco por delante de ella, lo que la hace saltar de la impresión, la sonrisa que debo tener, me parte la cara y me abalanzo sobre ella, para besarla con desesperación.   —¿Dónde te habías metido? —pregunto agitado, cortando el beso entre los dos. —¿Me extrañaste? —pregunta coqueta y asiento como idiota. —Mucho… —Mis labios se vuelven a apoderar de los suyos, llenándome de deseo, o más del que ya sentía. En estos minutos, me importa una mierda la famosa celebración, ya que lo único que deseaba todo este tiempo, era encontrar a esta hermosa pelirroja, otra vez.   Su risa me hace sentir como hipnotizado; es tan dulce, pero pícara al mismo tiempo, que es prácticamente mi perdición, mientras la llevo corriendo, tomada de la mano hacia mi habitación.   Apenas abro la puerta, nos abalanzamos a la cama, mientras con desespero intento quitarle la ropa, ya que otra vez está vestida con uno de esos pomposos vestidos, esta vez de color violeta. Ella se voltea, para que desate su corsé, liberándola completamente de esa tortura. Quito su vestido, y por debajo lleva algo así como una enagua, la cual le quito rápidamente por encima de los brazos, dejándola completamente desnuda frente a mis ojos. Es tan delicada, y tan sensual al mismo tiempo, que tengo ganas de cuidarla con mi vida, pero al mismo tiempo ganas de prácticamente, partirla en dos. La volteo y ella con premura me quita la ropa, mientras mis manos no dejan de recorrer su cuerpo. Cuando ya logra quitarme toda la ropa de encima, la recuesto sobre la cama, al tiempo que voy dejando un camino de besos, desde su vientre, subiendo a sus pechos, devorándolos y apretándolos con mis manos, logrando que emita suaves gemidos, que me encienden aún más.   Mis manos recorren su cuerpo, de una forma suave, incluso tierna, logrando erizar su piel, mientras mi boca chupa, lame y aprieta sus pezones erectos, que ansiosos me piden más. Nos volteo en la cama, para que ella quede sobre mí, sentándose a horcajadas y con su mano, dirige mi hombría a su entrada, para comenzar a cabalgarme sin cesar, mientras que una de mis manos aprieta sus pechos, y la otra se sitúa en su vulva y con mi dedo pulgar, trazo círculos sobre su clítoris, generando que, de su boca salgan los más dulces y sensuales gemidos.   Esta vez su cabello iba suelto, por lo que sus rizos rebotan junto a sus pechos, haciéndola ver como una verdadera diosa del olimpo. Sus uñas se clavan en mi pecho, generándome un dolor placentero, mientras las desliza con tiento, trazando figuras sin sentido.   Siento su interior contraerse y sus muslos apretar mis piernas, anticipando su liberación, así que, me acerco a sus pechos, engulléndolos, lamiéndolos como si de agua en el desierto se tratara.   Beatriz gime tan fuerte, al momento de correrse, que siento que mi m*****o va a explotar. La tomo por la cintura y la pongo de rodillas sobre la cama para embestirla por detrás, arremetiendo en ella desenfrenadamente, como si de una carrera se tratara. Nuestras respiraciones agitadas, los jadeos de mi hermosa diosa pelirroja, los sonidos guturales que salen de mi garganta, más el sonido de nuestros cuerpos chocando entre sí, es música para mis oídos, sumergiéndome en un mar de placer infinito, y es que jamás había experimentado este nivel de excitación.   Las embestidas aumentan su ritmo, mientras Beatriz levanta aún más su contorneado y perfecto culo, apoyando su cabeza en el colchón, logrando que sienta que llego cada vez más profundo dentro de ella, llenándola por completo. Sus gemidos y jadeos me vuelven loco, y poco a poco voy sintiendo cómo se va generando el clímax en mi interior, así que pongo el acelerador, dando todo de mí, y vuelvo a sentir su interior contraerse, hasta que llega mi liberación seguida por la de ella, cayendo rendidos sobre el colchón.   Nuestros pechos suben y bajan, aún con dificultad para respirar. La abrazo contra mi pecho, mientras traza figuras imaginarias sobre mi él.   —¿Ahora me crees? —Le pregunto, por lo que alza su cabeza, y se gira un poco, para verme a los ojos, con sus impactantes y centelleantes esmeraldas— Que te extrañé. —agrego y su curiosa risa de niña pequeña, me hace abrazarla más a mi cuerpo, si es que eso fuera posible. —Yo también te extrañé. —asevera, mientras acuna mi rostro con una de sus manos, jugando con la incipiente barba, que comenzaba a crecer. —Te busqué por todos lados. —musito con los ojos cerrados, mientras ella acaricia mi rostro. Se genera un silencio que me hace abrir los ojos, y la veo observándome casi con adoración— ¿Qué sucede, hermosa? —pregunto, logrando que se sonroje, por llamarla así. —Si yo no te busco, es difícil, que me encuentres… —menciona, por lo que la quedo mirando sin comprender a qué se refiere— ¿De verdad me encuentras hermosa? —cuestiona, tomando uno de sus rizos, enrollándolo en su dedo índice. —Las mujer más hermosa, que haya visto jamás. —Me giro, dejándola acostada de espaldas, mientras acaricio su rostro— No he dejado de soñar contigo. —confieso, detallando sus perfectas facciones, y perdiéndome en ese mar de pecas, que adornan sus mejillas. —Lo sé… —contesta, mientras nuestras miradas se conectan— Yo también he soñado contigo. —dice y me acerco a ella para darle un casto beso sobre los labios. —No te lo pregunté antes, pero ¿de dónde eres? —cuestiono, hace una mueca graciosa, que me hace reír. —Ahora pertenezco aquí, —señala mi corazón— y acá. —indica mi cabeza. —Yo creo que, si es por eso, tendrías que tocarme todo el cuerpo, ya que también siento que te pertenezco, en cuerpo y alma, Beatriz. —Me sincero, y espero no espantarla con mi intensidad, pero es que de verdad esta chica ha dejado una huella profunda en mi ser. —Siento lo mismo… —Deja la frase incompleta y apoya su cabeza en mi pecho, mientras acaricio su frondoso cabello anaranjado. —¿Pero? —interrogo y se hace el silencio. Gira su cuerpo y sube un poco, hasta que vuelve a posar esos carnosos labios sobre los míos, dejándome el beso más tierno, lleno de sentimientos y sensaciones que nadie me haya dado jamás. Casi siento como si me traspasara su alma en aquel beso.   La aprisiono en el colchón y comienzo a besar su cuello, sintiendo cómo su piel se eriza nuevamente ante mi tacto. Mis manos recorren su cuerpo, memorizando cada parte de él, grabándolo a fuego, centímetro a centímetro. Tomo entre mis dedos su pezones erectos, haciéndola gemir y encorvar su espalda, mientras voy dejando un camino de besos, desde el lóbulo de su oreja, hasta sus pechos, los cuales encajan perfectamente en mis manos. Sigo bajando hasta llegar a su centro, comprobando con mis dedos, lo mojada que está, para mí. No la hago esperar, por lo que mis labios atacan sin piedad, chupando, lamiendo y succionando, entre sus pliegues, jugando con su clítoris, robándole los más hermosos gemidos. Introduzco dos de mis dedos, mientras sigo en mi labor. Sus piernas aprietan mi cabeza, dándome a entender que está próxima a llegar al clímax. Mientras con sus manos, me araña los hombros y me tira el cabello, logrando excitarme aún más. Un intenso gemido y el temblar de sus piernas, anuncian que ha llegado a la cima, bebiéndome su liberación, y prolongándola, entre jadeos y suspiros.   Se muerde el labio y me sonríe coqueta, cuando me relamo los labios, al asomar nuevamente mi rostro, de entre sus piernas. Sin darle tregua, entro en ella y comienzo a embestirla, con estocadas lentas y profundas, por lo que envuelve sus piernas en mi cintura, alzando sus caderas. Mis movimientos aumentan de frecuencia, mientras Beatriz me clava sus talones en el culo, cada vez que quiere que entre más profundo en ella.   —Eres hermosa, Beatriz. —jadeo, mientras entro y salgo de ella. Sus pechos suben y bajan, regalándome la más hermosa sonrisa— Me tienes vuelto loco. —confieso, mientras sigo arremetiendo una y otra vez.   Exploto en su interior, mientras caigo rendido sobre ella, sosteniendo el peso de mi cuerpo con mis codos. Sus labios buscan los míos, en tanto con sus manos limpia el sudor de mi frente. El beso es profundo y apasionado, sellando nuevamente este encuentro con él.   No comprendía qué era lo que realmente me pasaba con aquella chica, pero sentía una conexión más allá de la razón, como si nuestras almas fueran una. Era todo un misterio para mí, ya que nunca antes había experimentado algo así.   Esa noche, ni siquiera tuve que pedírselo. Nos quedamos juntos, disfrutándonos hasta el amanecer, aunque en algún punto, me quede completamente dormido, con ella aferrada a mi cuerpo, retozando sobre mi pecho, después de haber hecho el amor, por milésima vez.   “Te amo” escucho casi en un susurro, que se desvanece con el viento, extiendo los brazos, para desperezarme. Estiro mi cuerpo y cuando volteo para ver a Beatriz, otra vez, me había dejado.   —¡No!, ¡otra vez no! —exclamé. Mi corazón se contrajo en mi pecho, dudando el volver a verla, pero esta vez no me quedaría con la respuesta negativa del grupo o de mis compañeros, tenía que hacer algo diferente para encontrarla.   «Esta vez, te voy a encontrar, Beatriz» decreté.   Guardé la ropa en mi mochila, incluso mis pertenencias, dejando todo listo. Me di una larga ducha, ideando cuales serían mis pasos a seguir. Me vestí con unas bermudas beige y una musculosa blanca, con mis infaltables converse negras. Caminé hacia el toldo, donde nos reuníamos para desayunar, junto a mis compañeros, encontrándome con la fría mirada de Macarena, a quién dejé plantada la noche anterior, por estar con mi bella pelirroja.   Me acerco a ella, intentando no sonar como un idiota, para explicar porqué no llegué a la fiesta.   —Maca, yo… Disculpa. —dije avergonzado, rascándome la nuca, con incomodidad. La chica ni siquiera me miraba a los ojos— Me quedé dormido. —Miento, y abre los ojos, por donde veo, literalmente, que le sale fuego. —Olvídalo, Diego. —contesta seca— Te oí. —Se pone de pie y se va rápidamente, seguida por su amiga, que me fulmina con la mirada. —Ushhh, amigo, dejaste un corazón roto. —bromea Sebastián, dándome unas palmadas en la espalda. Le tuerzo una sonrisa incómoda y me siento para desayunar, ya que el estómago me ruge del hambre que tengo. —Sobrevivirá… —Le doy una mordida a mi sándwich, mientras Seba me da un codazo y se ríe. —Tienes suerte, —suspira— yo venía con el propósito de conquistar a alguna chica, y sólo me hice amigo de un tío que deja a una guapa chica, plantada en la fiesta. —dice en tono burlón, por lo que me río— Pero dime, ¿Qué te paso?, ¿Por qué no llegaste? —indaga.   La verdad es que, a Sebastián, le pregunté una sola vez, si había visto a Beatriz y desde ahí, comenzamos a hablarnos más, aunque igualmente habíamos cruzado palabras, al sentarnos juntos en el bus. Pero no le conté nada, sobre mi hermosa pelirroja.   —Me quedé dormido. —Miento otra vez, ya que no pretendo dar explicaciones. El moreno achina sus ojos y me mira con dudas, sonríe y le da un sorbo a su café. Hago lo mismo, para luego terminar de comer mi sándwich. —¿Y de qué color tiene los ojos? —pregunta de pronto. —Verdes. —contesto sin pensar, por lo que se larga a reír. Me sube las cejas de arriba abajo, lo que me hace atorar con la comida que tenía en la boca. Le doy un sorbo a mi café, mientras el moreno está matado de risa a mi lado— Así se pilla a los mentirosos. —asevera entre risas. Le hago un gesto con la mano, como para que lo olvide, mientras se ríe a mi lado.   Termino el café, y justo cuando Francisco entra, para informarnos que dentro de una hora más, pasaría por nosotros el bus para irnos de vuelta, es cuando voy a mi habitación, vuelvo a dar una revisada a todo, dejo la puerta abierta, como lo señaló Francisco, y la maleta se la encargo a Sebastián, por si me demoro más de lo necesario.   —Pero, ¿dónde vas? —cuestiona y le doy una palmaditas en la espalda. —Si me va bien, te lo cuento. —digo caminando hacia el Museo del Salitre, donde hay funcionarios, que me pueden ayudar a localizar a Beatriz, o al menos, saber si es de por aquí.
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