Estaba en el terminal de buses, para ser preciso, en el andén número tres, donde me habían citado para comenzar esta aventura. Traía una gran mochila, como esas que traen los mochileros. Me había puesto unas bermudas gris, mis converse negras y una camiseta blanca, además de un jockey y mis gafas de sol. Si bien, aún tenía dudas al respecto de este viaje, ya estaba todo pagado, y esperaba, en el fondo, que realmente no fuera un engaño.
Miro mi reloj con nerviosismo, por lo que volteo para observar a mi alrededor donde ya había unas diez personas, solitarias, en la misma situación que yo, que miraban hacia todos lados, expectantes.
Cuando se acerca el bus, de él baja una pareja de unos treinta o treintaicinco años, aproximadamente. Él con una tableta en la mano y ella con una pancarta con el nombre de “Turismo aventura” en ella. Nos mira a todos y emboza una sonrisa, murmurándole algo a su compañero.
—¡Buenos días! —Nos saluda él. Los que estaban más lejos, se acercan para escuchar mejor— Mi nombre es Francisco Salvatierra, y ella es mi compañera Claudia Pérez. —hace una pausa— Nosotros seremos sus guías en esta aventura, o como le llamamos nosotros, esta “experiencia mágica”. —dice, haciendo las comillas con sus manos.
—¡Hola chicos! —saluda Claudia— Pasaremos lista, para saber si ya han llegado todos. —explica. Le arrebata la tableta a su acompañante y comienza a nombrar a cada uno hasta contar a las veinte personas que ahí estábamos. Nos hacen el ademán, para que nos subamos al bus y nos sentemos. El bus comienza a moverse para salir del terminal, mientras Francisco y Claudia, nos hacen una introducción de quienes son, cómo nació la idea de crear el tour y nos explican un poco el itinerario de ese día.
—Así que, por ahora, les recomiendo dormir, relajarse o mirar el paisaje, ya que apenas lleguemos, comienza esta aventura. —recita finalmente Francisco, sentándose en los primeros asientos.
(…)
La verdad es que el pueblo de Humberstone, es bastante pequeño, y lo podría haber recorrido solo en un par de horas, caminando, pero llevábamos tres días, siendo parte de una obra de teatro, interactuando y viviendo en el hoy, lo que se hacía en el ayer.
Apenas nos bajamos del bus, un grupo de, al menos diez personas, vestidas con trajes y en autos de la época, nos recrearon algunas cosas del diario vivir de los habitantes del lugar, haciéndonos participes de aquello e interactuando con nosotros, mientras no iban contando cosas del lugar.
El lugar donde nos alojamos, es un hotel montado en conteiners, la verdad, estructuralmente es una genialidad, ya que por lo que nos explicó Francisco en la mañana, lo pueden desarmar y trasladar donde ellos quisieran.
—Muchachos, hoy por la noche, tendremos una fiesta temática, eso quiere decir, que tendrán que vestirse, acorde a la época, así que pueden pasar a buscar sus accesorios y trajes, para que vayan acorde a la ocasión. —Francisco nos señala uno de los toldos, donde normalmente comíamos, para ir a mirar las prendas.
Las chicas corrieron para buscar algo que les quedara cómodo y fuera bonito, y los hombres nos miramos entre todos, nos encogimos de hombros y caminamos con tranquilidad hacia el lugar. Tomé unos pantalones de vestir, una camisa blanca y unos tirantes negros, además de una boina. Los llevé a mi habitación y volví a reunirme con los demás, con quienes a veces jugábamos póker y apostábamos algo de dinero, o nos dispersábamos, para cada uno hacer, lo que se le pegara la gana.
—¡No puede ser! —exclama Mario, al ver que otra vez le había ganado en el póker. Sonrío triunfal y guardo el dinero en mi bolsillo, completamente satisfecho.
—Lo lamento muchachos, ya saben cómo es. —Me encojo de hombros, dándome media vuelta y camino hacia mi habitación con una amplia sonrisa.
Me doy una ducha rápida, me pongo mi atuendo y salgo de la habitación. La noche está fría, por lo que apuro la marcha. Camino a paso rápido hacia el lugar donde se hará la fiesta, cuando siento pasos detrás de mí, por lo que volteo a ver si es uno de los chicos, pero no hay nadie. Un escalofrío recorre mi cuerpo, y sigo mi camino, restándole importancia.
Entro a la fiesta y está todo el mundo feliz, conversando entre sí. Cuando se apagan las luces, nos quedamos todos expectantes, de lo que vaya a suceder. Comienza a sonar música muy antigua, de esas que escuchas en las películas de época. Se encienden algunas luces y vemos cinco parejas que comienzan a bailar al unísono, todos de la misma forma, al acorde de los violines y el piano.
Cuando terminan el baile, un nuevo escalofrío me recorre el cuerpo. Volteo a mirar y me encuentro con la mujer más hermosa que haya visto jamás. Luce un vestido de época de color verde, el cabello recogido con unos hermosos rizos rojizos, cayendo alrededor de su fino rostro, y la guinda de la torta, son unos expresivos ojos verdes, que centellean al mirarme con atención. Tuerzo una sonrisa y le guiño un ojo, provocando que sus pecosas mejillas se sonrojaran, completando el paisaje más perfecto que pude haber visto, desde que bajé del bus.
Las luces se vuelven a apagar, otra nueva melodía comienza a sonar en el lugar, las luces se vuelven a encender, y para mi desgracia, la hermosa mujer había desaparecido de donde se encontraba. Los bailarines, continúan con su danza, mientras busco a la hermosa pelirroja por todos lados, sin éxito. Bufo, e intento moverme de lugar, para saber si la encuentro, pero para mi mala suerte, los bailarines se separan y comienzan a buscar entre nosotros, con quién bailar, y una de las chicas me toma de la mano, llevándome al centro de la pista, al igual que a los demás.
—Debes poner tu mano en mi cintura, con tu brazo extendido y con tu otra mano, tomar la mía. —Indica, por lo que asiento. Ella comienza a dar un paso hacia el frente, por lo que retrocedo, siguiéndole el ritmo— Muy bien, así es. —Me felicita, por lo que comenzamos a bailar, mientras intento buscar a la hermosa chica, entre los demás.
La música se detiene y ella hace una reverencia, como para despedirse. Me quito la boina, y hago lo mismo, dejándole una sonrisa, en agradecimiento. Vuelvo a dar un vistazo al lugar, sin encontrarla, por lo que decido salir a buscarla. La noche está iluminada por la luz de la luna, que se ve impresionantemente grande y brillante.
Camino hacia el “hotel” y una ligera y dulce risa llama mi atención, por lo que intento seguir el sonido de ésta.
—¿Hola? —pregunto, pero sólo puedo escuchar una risa, como de niña traviesa. Llego al lado de una de las habitaciones, y cuando estoy por dar la vuelta para seguir hacia la siguiente, una fina mano agarra la mía y me jala, pegándome a la fría pared, para comenzar a besarme vorazmente, robándome el aliento.
Cuando nos separamos para tomar aire, veo sus hermosos y carnosos labios enrojecidos, y sus finos rasgos en detalle, percatándome que era la hermosa pelirroja que andaba buscando, así que vuelvo a besarla de la misma forma, pegándola a mi cuerpo, envolviéndola entre mis brazos. Volvemos a separarnos, pero esta vez, la tomo de la mano y la llevo hasta mi habitación.
Y como ya lo pudieron ver al inicio del relato, es ahora, y después de haber pasado la mejor noche de mi vida, donde me quedé completamente colgado, buscando todo el día a Beatriz, que no aparecía por ningún lado.
(…)
Otro días más había pasado, sin rastro de la hermosa pelirroja, y cada día que pasaba, me sentía más angustiado, ya que nadie la conocía, ni la había visto en el lugar. Y a pesar de haber participado de las nuevas actividades y recorridos durante el día, mi mente no lograba desconectar del recuerdo de la pelirroja que me había cautivado con tan solo una sola aparición.
«Quizás te estás volviendo loco, Diego» niego con la cabeza, sacándome esa absurda idea de mis pensamientos, ya que lo que viví, sobre todo lo que sentí, no puede haber sido producto de mi imaginación. «¡Me niego!».
A la mañana siguiente, insisto en buscar por los alrededores a Beatriz, y ya ni siquiera le pregunto a mis compañeros, o al grupo de actores, que nos llevan a recorrer, por que realmente parezco loco, preguntando por alguien a quién sólo yo vi y sentí.
—Chicos, esta noche, cerraremos este fantástico tour de una semana, con una gran fiesta de despedida, donde, además, les tenemos una comida especial, además de las sorpresas a las que ya se han ido acostumbrando. —señala Francisco.
—Y como ya saben, tienen a disposición, la indumentaria que necesitan para la ocasión, la cual pueden ir a elegir desde ahora mismo. —agrega Claudia. Las mujeres como siempre, salen corriendo, para elegir los mejores vestidos, y nosotros, sin apuro, vamos a buscar qué ponernos. Elijo lo mismo de la fiesta anterior, para ver si me da la suerte, de volver a encontrar a la chica, que se robó mi corazón.
Estábamos terminando el recorrido a la oficina Santa Laura, donde el grupo de actores, como siempre, recreó la escena de un día cualquiera, y a los trabajadores en la cantera, extrayendo el salitre, expuestos al inclemente sol del desierto.
—¿Qué pasa, Dieguito?, te veo desanimado. —asevera Sebastián, uno de los chicos con los que he conversado más, durante estos días.
—Nada, viejito… —Le doy unas palmadas en la espalda y le doy una sonrisa torcida. El chico me da un codazo en las costillas y me señala a una de las chicas, que se ríe junto a otra, tímidas, sin dejar de mirar hacia acá.
—Traes a esa chica loco, amigo. —Mueve sus cejas de arriba abajo con diversión, por lo que vuelvo a mirar a la chica en cuestión, que se sonroja completamente. «Quizás no sea mala idea, intentar por otro lado» intento convencerme, aunque sigo esperanzado en volver a mi pelirroja.
—No sé Seba… ¿Tú crees? —pregunto inseguro. El moreno bufa, revoleando los ojos.
—Yo que tú, me ánimo. —Vuelve a darme un codazo en las costillas, por lo que me río, y cuando veo a la chica, le guiño un ojo, para ver si es conmigo el asunto, o quizás con el moreno, la chica sonríe y emocionada, cuchichea con su amiga, entre risas.
—Puede ser… —contesto— Iré a hacer un estudio de campo. —bromeo, por lo que el moreno se ríe y prácticamente me empuja para que vaya hacia donde las chicas. Camino hacia ellas, por lo que ambas se tensan. La chica en cuestión no está nada mal, tiene el cabello n***o y unos ojos almendrados color miel, piel canela, bonitos rasgos y buen cuerpo. Me acerco a ellas, para saludar— Hola chicas.
—Hola Diego. —saludan al unísono. «¡Mierda!, se saben mi nombre y yo ni me sé el de ellas» reniego.
—Qué calor, ¿verdad? —Me rasco la nuca con incomodidad, ya que no sé qué decirles.
—Maca, voy a preguntarle unas cosas a Francisco, vengo enseguida. —farfulle su amiga, retirándose rápidamente del lugar, dejándome solo con la pelinegra y agradezco que haya mencionado su nombre.
—Entonces, Maca… ¿De dónde eres? — pregunto y comienzo a conversar con Macarena, mientras caminamos de vuelta al hotel. Resultó ser bastante simpática, además de guapa, por lo que quedamos en juntarnos en la fiesta, esta noche.
Cuando nos separamos, para ir a nuestras habitaciones, un escalofrío recorre mi columna, erizándome la piel.
Entro a mi cuarto y me doy una ducha rápida, para quitarme el sudor y la tierra de encima. Me pongo un short y me tiro sobre la cama, cruzando los brazos por detrás de mi cabeza. Apenas cierro los ojos, un nuevo escalofrío me recorre el cuerpo y el recuerdo de Beatriz vuelve a mi mente, quedándome profundamente dormido, soñando con ella.
Despierto de golpe, cuando siento que me respiran cerca del cuello, abro los ojos y la habitación está completamente oscura, aunque de todas maneras no se ve nada ni nadie. Enciendo la luz en la mesita de noche, y estoy completamente solo, como era de esperarse. «Debe haber sido parte del sueño» pienso, ya que desde que estuve con Beatriz, no he dejado de revivir en mis sueños, que cada noche la hago mía, una y otra vez, lo que me hace despertar todos los días de golpe o con una dolorosa erección.
Me miro en el espejo una última vez, me doy unos toques de perfume y salgo de mi habitación, bañado y arreglado, para la fiesta de cierre, que nos han preparado. Se escucha música a lo lejos, haciéndome entender que voy atrasado y que ya han iniciado la celebración. Apuro la marcha, y poco antes de llegar escucho la misma risa traviesa, como cuando conocí a Beatriz.
—¿Beatriz? —pregunto, y la risa se escucha detrás de mí, por lo que volteo y no hay nadie, aunque se escuchan pasos como si estuviera jugando al pillarse. Me devuelvo hacia las habitaciones, logrando escuchar más fuerte su risa— ¿Hola? —Vuelvo a preguntar y logro divisarla, cerca de mi habitación, escondiéndose detrás de ésta.