Un romance de miedo - Cap.1

2509 Words
Escrito por: Andrea Paz PS                                                                                                                                                     Su lengua arremetía dentro de mi boca, succionando la mía tal y como si fuera mi pene. Mis manos comenzaron a recorrer su perfil generando que su piel se erizara con cada roce. Agradecí que su vestido fuera con los hombros descubiertos, así que con mi lengua recorrí su cuello y clavícula, dejando un camino de besos ardientes, que la hacían jadear.   Una de mis manos apretaba con urgencia sus pechos, capturando entre mis dedos sus pezones, pellizcándolos, torturándola. Bajé la tela y los dejé expuestos para mí y comencé a besarlos, chuparlos y lamerlos con ímpetu, mientras ella clavaba sus dedos en mi espalda, enterrándome las uñas, lo que me hacía enloquecer.   Su piel era suave como la seda, sus finos rasgos la hacían perfecta. Sus ojos verdes centelleaban, sus gruesos y rosados labios entreabiertos, respirando agitada, mientras mechones de su cabello anaranjado caen sensualmente por sus hombros.   La dejé sobre la cama y comencé a subir su aparatoso vestido «¿Cómo mierda lo hacían en esa época?» me preguntaba, mientras subía la tela, hasta encontrar un pantaloncillo que le llegaba a medio muslo, con encajes, el cual bajé con desespero hasta encontrar su sexo húmedo y listo para mí. Comencé a besar el interior de sus muslos, mientras ella estaba completamente abierta ante mí, la torturé unos minutos más y mi lengua se apoderó de su intimidad, lamiendo y chupando, metiendo mi lengua hasta lo más profundo.   Ella jadeaba y su cuerpo empezó a vibrar literalmente cuando rocé su clítoris con mi lengua. Sus muslos aprisionaron mi cabeza, con fuerza hasta que explotó en una corrida bestial, que puso toda la sangre de mi cuerpo en un solo sitio, y sentía que mi amigo iba a explotar dentro de mi pantalón.   Su respiración aún agitada, y jadeante, comenzó a suavizar mientras yo la iba relajando a base de besos, lamidas y mordiscos en sus muslos; comenzando a subir por su vientre, y la tela de mierda que interrumpía todo lo que estaba haciéndole sentir, ella se sentó en la orilla de la cama me tomó por los tirantes que afirmaban mis pantalones y me jaló hacia ella, besándome, sintiendo su sabor en mi boca.   Me empuja sobre la cama, me desabotona el pantalón y me quita los tirantes, para poder bajarlo con mayor facilidad, baja mi bóxer contemplando mi erección. Se relame los labios y se lleva mi m*****o a la boca, lamiéndolo como si fuera una paleta de helado, robándome el aliento. Lo mete dentro de su boca y comienza a subir y bajar, jadeando sobre él, haciéndome revolear los ojos de placer, guío sus movimientos, afirmándola del cabello hasta que me paro de un salto, o acabaría en su boca, y quería prolongar lo más posible toda esta experiencia.   La alcé por los muslos y la pegué contra la pared, clavándole hasta el fondo mi erguido m*****o, emitió un sonoro gemido, a la vez que me clavaba sus uñas en la espalda y me enterraba sus talones en el culo, mientras arremetía contra ella con un ritmo constante en tanto nuestros cuerpos ardían. Nuestros dientes se chocaban por la fuerza de los besos, devorándonos la boca y de vez en cuando, chupando sus pezones. Contrajo los músculos de su sexo y me mordió el hombro, clavándome las uñas y talones cuando se corrió abundantemente sin soltarme durante un largo rato, hasta que al fin pude sentir la liberación llegar a mí, con un rugido animal que brotó de mis labios, mientras ella seguía mi ritmo, sin darme tregua, prolongando mi clímax por unos minutos más.   Estaba exhausto, pero completamente complacido. La besé con fuerza nuevamente y ella soltó un sonoro gemido sobre mi boca, aferrándose a mi nuca con uno de sus brazos, mientras su otra mano se enredaba entre las hebras de mi cabello.   —¿Cómo te llamas? —Le pregunté, aún agitado y con la voz profunda. —Beatriz. —contesto con una voz tan dulce que me derritió por completo— ¿Y tú? —interrogó. Nuestras miradas no se desprendían la una de la otra. —Diego. Diego San Martín. —contesto y le tuerzo una sonrisa. —Beatriz Wendell. —agregó. La deposité con cuidado en el suelo. Su largo y frondoso vestido se deslizó rápidamente hacia abajo, cubriéndole los pies. Sus rizos caían sensualmente por sus hombros. Sus pecosas mejillas estaban sonrojadas y sus labios, rojos e hinchados. Se veía preciosa, y no quería dejarla ir, así como así. Me aclaré la voz tras mirar como se terminaba de arreglar la ropa. —Quédate… —Volvimos a conectar nuestras miradas— Por favor. —Me acerqué a ella y la tomé de las manos. Asintió con timidez, aunque no sabíamos qué hacer e imaginaba que estaba muy incómoda con ese vestido, por lo que busqué en mi maleta una camiseta y se la pasé. La miró con curiosidad, sin comprender qué hacer con ella— Es para que estés más cómoda, sin ese incómodo vestido. —bromeo, soltando una suave risotada. —¿Acaso no te gusta mi vestido? —cuestiona, un tanto apenada. Niego de inmediato. —No... o sea, sí, me gusta, pero es bastante incómodo, ¿verdad? —pregunto y ella sonríe finalmente. —Sí. —dice y se gira, dándome la espalda. «¿Cómo?, ahora se va a poner tímida, ¿después de todo lo que pasó?» me cuestioné— ¿Me ayudas? —Su voz me trajo nuevamente a la habitación, y claro, necesitaba ayuda con el vestido.   Después de que se pusiera mi camiseta, y quedara con ese pantaloncillo, o como fuera su nombre, me puse un short y una camiseta. Ella seguía de pie, sin moverse, jugando con la punta de uno de sus largos rizos pelirrojos.   Hablamos por horas, de las cosas que nos gustaba hacer, sobre cosas banales, pero que me hacían conocerla mejor, me sentía tan sereno con ella. Beatriz era una chica muy linda, y esperaba volver a encontrarme con ella en un futuro próximo, quizás salir y ver si algo entre los dos pudiera resultar.   No sé en qué momento comenzamos a acariciarnos y besarnos nuevamente; nos encendimos como paja en el desierto, volviendo a hacerla mía hasta el amanecer.   (…)   Me estiro completamente, y se siente tan agradable extender el esqueleto, que mi cuerpo se vuelve a relajar enseguida. Un gran bostezo me cristaliza los ojos, por lo que con el dorso de mis manos los refriego, para desperezarme más. Volteo en la cama y la encuentro completamente vacía.   «Mierda». —¡No! —exclamo, dándole un golpe al colchón. Comienzo a vestirme con rapidez, unas bermudas, mis converse negras y una camiseta. Lavo mis dientes, me mojo el rostro y salgo de la habitación.   No son ni las diez de la mañana y ya hace un calor de la puta madre. Camino hacia el lugar donde nos juntábamos cada mañana a desayunar, donde debería estar el grupo, quizás ahí la encontraría.   La busco con la mirada, sin éxito. Bufo y me acerco más, para saludar. Quizás alguno la conocía o la había visto.   —Buen día chicos. —saludo, mientras algunos con resaca solo me levantan la mano y otros contestan amables. Me acerco a Francisco, el líder del grupo. —¿Todo bien, Dieguito? —pregunta con ese tono altanero que tiene, aunque igual me cae bien. —Si, pero estoy buscando a una de las chicas sin éxito. —farfullo. Me mueve las cejas de arriba abajo y tuerce una sonrisa pícara. —Parece que uno cayó redondito. —bromea— ¿A quién buscas? —pregunta, mientras le da una gran cucharada a un plato de avena con yogurt. —Se llama Beatriz, es una pelirroja preciosa. —comento, por lo que tras esperar que terminara de masticar, se aclara la voz y me mira con una ceja alzada. —No recuerdo ninguna pelirroja. —dice más serio, lo que me alarma enseguida. —Vamos, no bromees. —Le sonrío, pero él mantiene su rostro impasible. —La verdad es que no me he fijado, ya sabes… —pone su mano como cuando se cuenta un secreto— Me tienen controlado. —susurra y su pareja Claudia, le da un codazo en las costillas y él se queja, mientras sonríe— ¿Ya ves? —pregunta entre risas. —Bueno… vale. —digo algo bajoneado.   Ese día se me hace extremadamente largo, a pesar que fuimos al enorme teatro, la iglesia y una pulpería (palabra que aprendí el día de hoy, para llamar a una tienda similar a lo que hoy en día son los OXXO), uno de los lugares más icónicos de Humberstone.   ¡Ah! Es cierto, ni siquiera te he contado cómo es que llegue aquí, así que remontémonos al inicio de todo, para que entiendas por qué ahora quería encontrar a Beatriz.   “¿Quieres vivir una experiencia que te transporte en el tiempo?, ¿Te atreves a vivir la mejor aventura de tu vida? Inscríbete aquí. Cupos limitados”.   Llevaba al menos veinte minutos mirando el anuncio pegado en la parada del autobús. Había dejado pasar tres buses e iba a llegar muy atrasado al trabajo, pero la verdad es que no era algo que me preocupara mucho. Hacia al menos cinco meses que estaba buscando trabajo en otro lugar y nada me convencía.   Esto de vivir en una ciudad lejos de la capital era fatal, las oportunidades de crecer eran nulas y tenía que ceder a trabajar en lo primero que se me plantara por delante, y así había sido con mi trabajo actual. Trabajar en el banco no había sido jamás un puesto en al que hubiese querido aspirar, y menos en un subterráneo sin ventanas, con el aire completamente viciado que, ni el aire acondicionado podía hacer circular, además del estresante rechinar de las luces blancas que me quemaban la vista. Me sentía completamente frustrado, y por eso estaba buscando oportunidades en otro lado, pero nada interesante aparecía en mi horizonte.   Estaba cansado, llevaba cuatro años trabajando en ese lugar, sin vacaciones, ya que, por cubrir a mis compañeros que sí salían, ganaba casi el doble de mi salario. Pero este año, había decidido darme un descanso, aunque no tenía ni la más mínima idea de qué haría, ni a dónde iría.   Leí un par de veces más el anuncio, quizás tratando de convencerme, hasta que tomé mi móvil, escaneé el código QR que estaba impreso en él y me decidí a darle click a la información siguiente.   “Si está interesado en vivir la mejor experiencia de su vida, rellene el formulario a continuación”.   Dudé unos minutos más, pero después me dije en voz alta —Va… ¿Qué más da? —Le hice click al botón de “siguiente” y llené con mis datos el formulario de inscripción, le di ok, apagué el celular y lo metí a mi bolsillo, ya que venía el bus y no podía perder más tiempo, o me descontarían el día y no estaba dispuesto a trabajar por bolitas de dulce.   Minutos después, llegué a la oficina, encendí la computadora, me puse los audífonos, saqué mi celular del bolsillo, y tenía varios mensajes en mi correo electrónico, los cuales comencé a revisar uno a uno.   “Bienvenido a la aventura Diego San Martín. Rellene la siguiente información para continuar con la inscripción”.   Había que rellenar con los datos de la tarjeta de crédito, donde se aseguraba que se haría un cobro $0, sólo para registrar la tarjeta, por lo que seguí los siguientes pasos, hasta que una notificación de mi banco, por una transacción de $600 dólares, me dejó helado.   —¡Cómo eres tan imbécil, Diego! —exclame irritado, saltando de mi escritorio, exaltado. Por supuesto que era una estafa y había caído redondito. Me volví a sentar con los codos apoyados en las rodillas, dejando caer mi cabeza entre las manos, moviéndola de un lado a otro, negando y bufando, mientras me jalaba el cabello, en señal de frustración.   Me pasé las manos por el rostro con rabia, hasta que volví a tomar el celular y continúe leyendo, para saber qué más podía hacer, buscando algún correo para reclamar o poner una queja, pero nada.   Abrí la aplicación del banco, buscando un número al cual llamar, para intentar recuperar el dinero, pero el tono marcaba y marcaba y nadie respondía. Cuando al fin contestan, es una grabadora que me da las opciones, hasta que en paralelo entra una llamada de un número desconocido, por lo que tomo la llamada.   —Buenos días, ¿Hablo con Diego San Martín? —pregunta una voz femenina. —Sí con él. —contesto— ¿Quién llama? —cuestiono. —Si, buenos días Diego, te habla Karen, de Turismo Aventura. —indica, por lo que suelto el aire que tenía retenido. —Qué bueno que me llama, señorita. —digo cortante— Resulta que cuando registré la tarjeta, hubo un error y me cobraron $600 dólares. —digo irritado. —Sí, eso mismo quería comentarle. —dice con la voz suave. Y claro, «De seguro están acostumbrados a los reclamos» pienso— Lo que pasó, es que usted fue el último cupo disponible, y la plataforma de inscripción le hizo el cobro para asegurarle el cupo. —arguye. Y pensándolo bien, si tiene lógica su explicación, pero sigo molesto. —Entiendo completamente, —digo más calmado— pero es publicidad engañosa, si dice que se hará un cobro cero, para registrar la tarjeta, eso es lo que se debería registrar. —bufo. —Es la primera vez que nos pasa, y por eso nos hemos contactado con usted a la brevedad. —dice firme, pero con voz suave. —Además, en ninguna parte se anuncian los valores y no tengo ninguna información al respecto. —Le reclamo. —Para eso es mi llamada, Diego. —Intenta calmarme— Este es nuestro primer año, y aún estamos en pañales, pero le aseguro que será una experiencia que le va a encantar. —asevera. —Bueno, explíqueme de qué se trata. —Decido darle una oportunidad.   La chica comienza a contarme que es una expedición a Humberstone, una mina de salitre abandonada desde 1962, en la región de Tarapacá, al norte de Chile. Será guiada por un grupo de actores, que han estudiado sobre la minera, y nos llevarán a recorrerla sumergiéndonos en la historia de ésta. Me dio el itinerario y las fechas de salida. Me envió el resto de la información al correo, los tickets para el viaje en bus y los puntos de salida. Me volvió a pedir disculpas por todo lo sucedido, y me aseguro muchas veces que no es una estafa y que lo pasaría increíble. Le creí. Algo en mí, me hacía tener la ilusión de que sería algo que debía vivir, así que simplemente me entregué a la experiencia.
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