Marco
Cuando llegué a mi habitación de la residencia, estaba sonriendo como un idiota. Fui consciente cuando, al cerrar la puerta y girarme, mis amigos —o más bien, mi amigo y su compañero pesado— me miraron como si me hubiese salido otra cabeza.
Me puse serio al instante. Pero, ¿qué coño me pasaba?
—Seguís aquí —comenté, esperando que ninguno de los dos dijese nada al respecto. Estaban en mi habitación cuando Sof me mandó ese mensaje tan urgente, y lo cierto es que esperaba que se hubiesen ido para cuando llegase.
Fue Álex el que se decidió a hablar.
—¿Esperabas que nos fuésemos sin escuchar las novedades?
Le miré con el ceño fruncido. Él movía las cejas arriba y abajo, esperando noticias frescas y salseantes. Yo solo quería tirarle la chaqueta que acababa de quitarme a la cara.
Cómo odiaba a ese tío. ¿Por qué le dejaba entrar en mi habitación?
—¿Qué novedades?
—Oh, tú sabes cuáles, Marquito.
—Solo he estado con mi hermana.
Mis palabras hicieron que Calev reaccionara por fin.
—Ah, sí, ¿cómo está?
Me permití sonreír de nuevo, pero sin que fuese apenas perceptible. Tenía una reputación que mantener.
—Todo bien. Solo quería que las llevase al centro comercial.
Mi mejor amigo no pudo ocultar el alivio que sintió al escuchar que mi hermana se encontraba bien. Vaya dos, pensé. Si se morían el uno por el otro, ¿por qué demonios no estaban juntos? ¿Tan complicado era el amor?
Por alguna razón, pensé en Rebeca. En nuestra conversación en el coche, concretamente. Ella había admitido estar enamorada de mí de pequeña, y no pude evitar preguntarme si ella lo había pasado así de mal por aquel entonces. Eso del amor no correspondido no tiene que ser bueno.
Porque no era correspondido..., ¿verdad?
«Claro que no», me convencí mentalmente.
Entonces, ¿por qué estaba sonriendo otra vez?
—¿Las?
El tono de p**o que usó Álex me sacó de mi ensimismamiento. Tenía que dejar de pensar en doña no me gustan las camisetas de grupos famosos.
—A ella y... a Rebeca.
Si cuando me había visto entrar estaba emocionado, a Álex ahora parecía que se le iban a salir los ojos de las órbitas.
—Espera. ¿Has estado con Rebeca, de la cual tenemos una apuesta, y no dices nada? ¿Qué clase de jugador eres?
La palabra jugador me dio arcadas. Sobre todo porque sabía que estaba en lo cierto.
—No ha pasado nada —me apresuré a aclarar.
—¿Ah, no?
—Si fuese así, serías el primero en enterarte —aseguré.
—No lo creo —chasqueó la lengua—. Te he visto sonreír más hoy que en todo el tiempo que te conozco.
Iba a rebatirle con algo, lo que fuese, pero no me salió nada. ¿Qué podía decir si tenía razón?
—Y anoche desaparecisteis los dos de la fiesta —añadió Calev—. ¿Os fuisteis juntos?
Asentí. Al fin y al cabo, tenía un trato con ellos.
—Qué rapidez, Marquito. Un día con la apuesta y ya la has visto dos veces. Si te digo la verdad, no daba un duro por ti.
Vale. Iba a lanzarle la chaqueta a la cara si seguía hablando con ese tono de suficiencia.
Si no llega a ser porque mi teléfono vibró entonces sobre la mesa de la entrada, lo hubiese hecho.
—Salvado por la campana —fue Calev quien lo dijo, a la vez que yo me levantaba para ver quién era.
Mi sorpresa fue evidente cuando leí el mensaje:
Número desconocido: Me he dejado las llaves de mi habitación en tu coche y me he quedado fuera. Dáselas a tu hermana cuando la veas.
Había otro:
Número desconocido: Por cierto, soy Rebe. :)
Como si no supiera quién es, pensé. Tampoco es que dejase que mucha gente se subiese en mi querido coche.
Yo: ¿No tienes compañera de habitación que pueda abrirte?
Por algún motivo que desconozco, estaba deseando que dijese que no. Respondió al instante.
Rebeca: Ha salido y llegará tarde. He pensado en quedarme con tu hermana, pero...
Rebeca: Su cama es enana y da patadas.
Sonreí por enésima vez ese día. Aunque me arrepentí al instante, porque nada más hacerlo, escuché unos pasos venir hacia mí. Era Álex, que se puso a leer los mensajes como si nada.
—Llévale las llaves. Ahora.
—¿Qué?
—Es una muy buena oportunidad.
Lo pensé por un momento, hasta que al final respondí:
Yo: Y, ¿por qué tengo que darle las llaves a Sof pudiendo ir yo ahora a dártelas?
Rebeca: No hace falta. No quiero molestar.
Yo: Y, ¿dejar que duermas en un triste pasillo o que te maten a patadas? Eso caería sobre mi conciencia.
Yo: Estaré ahí en diez minutos.
Me llegó otro mensaje, seguramente advirtiéndome de que ni se me ocurriese volver a su residencia solo por eso, pero lo ignoré. Ya estaba volviendo a ponerme la chaqueta.
—¿Te vas? —preguntó Calev, que hasta ahora se había mantenido al margen. Él no era tan cotilla como Álex, cosa que le agradezco.
—Va a ver a su conquista.
Puse los ojos en blanco.
—Rebeca se ha dejado las llaves en mi coche. Voy a dárselas.
La risa de Álex y las advertencias de mi mejor amigo me acompañaron hasta la puerta, de donde salí con tanta prisa que hasta yo me sorprendí.