Capítulo 5

1099 Words
Rebeca ¿Alguna vez habéis sentido que estáis de más en algún sitio? Que sobras. Que, aunque te hayan invitado, piensas que lo mejor sería haberse quedado en casa. O, en mi situación, en la habitación de la residencia. En eso estaba pensando mientras que Marco y yo recorríamos una tienda cualquiera de ropa, esperando a Sofía, que estaba comprándose el ordenador. «¿Crees que ha sido una encerrona para dejarnos a solas?», quería preguntarle a Marco. Pero no lo hice. No habíamos hablado en todo el camino hasta el centro comercial, y tampoco mucho cuando llegamos; no más que un «¿entramos ahí?» y un asentimiento de cabeza por su parte. Algo me decía que Marco no estaba muy conforme con la situación. No sé en qué parte, pero no lo estaba en absoluto. Y es que parecía tenso. Como... si le costase estar cerca de mí, a pesar de que anoche se le veía despreocupado conmigo al lado. No sé. Era algo extraño. O a lo mejor una simple sensación mía. O que él siempre ha sido un completo enigma para mí. —¿Te gusta? Pestañeé varias veces, un poco confusa al principio. Él alzó una ceja al ver que yo tardaba en reaccionar. —Ah... —me aclaré la voz—. Pues no mucho, la verdad. —¿Qué tiene de malo? Miré con atención la camiseta con el nombre de una banda, seguramente de rock, que tenía en la mano. —¿Comprarte una camiseta de un grupo que ni siquiera conoces? Todo. —¿Y tú qué sabes si los conozco o no? Marco se llevó una mano al corazón, como si le hubiera ofendido. Oh, vamos... Era muy observadora. Y si a Marco le gustasen esas cosas (y no me refiero a los grupos de rock, sino a esas cutreces de camisetas) lo sabría. No me preguntéis cómo..., pero lo sabría. —No lo sé —chasqueé la lengua—. Pero, si quieres un consejo, vuelve a dejarla donde estaba. Te irá mejor así. —¿Que me irá mejor así...? Pero, ¿tú de dónde has salido? Y no lo dijo a malas. Es más, parecía hasta divertido, como ayer en su coche. Negó con la cabeza mientras que sonreía de lado, provocándome un escalofrío instantáneo que me recorrió por entera. Estaba muy guapo cuando sonreía, y no lo había visto mucho en toda mi vida. Tan solo un par de veces. Era... como un soplo de aire fresco. —Pues... —dijo, tras un momento de meditación—, me la voy a comprar, que lo sepas. —Vale —me encogí de hombros—. Pero no te la pongas cuando quedes conmigo, por favor. Mi súplica hizo que alzase las cejas, y entonces caí en lo que había dicho. Había... insinuado que quería que volviéramos a vernos, y no sé muy bien por qué. —¿Eso es que quieres quedar más conmigo, Rebeca? —Yo no he dicho eso. Me refería a... —Sí que lo has dicho —me interrumpió, señalándome con la maldita camisetita. Me percaté de que sus ojos brillaban, pero no supe interpretar a causa de qué. —No nos caemos bien, ¿recuerdas? —¿Desde cuándo? —Desde... siempre. —Vaya. Y yo que pensaba que era tu crush. —Eras. En pasado. —¿Y ahora qué soy? No dije nada. Estaba empezando a ponerme realmente nerviosa y a ahogarme en aquella tienda, que cada vez me parecía más pequeña. Tenía que salir de ahí. Y lo hice tan rápido que cuando Marco se quiso dar cuenta, ya estaba fuera de la tienda. Él tardó unos diez minutos en salir; el tiempo justo que necesité para calmarme. Y no me preguntéis qué me había pasado, porque no sabría cómo explicarlo. Era un poco difícil de entender. Hasta para mí misma. —Dime que no te has comprado la camiseta —bufé, señalando la bolsa que colgaba de su mano. —No. Me he comprado dos. Para tener de quita y pon. Puse los ojos en blanco al ver que me enseñaba el contenido de la bolsa y me cercioraba de que decía la verdad. —Siento si te he incomodado ahí dentro —dijo de pronto. Me quedé mirándolo, pero la voz no me salía del cuerpo. —¿De verdad piensas que no me caes bien? Asentí. Él suspiró. —¿Puedo saber por qué? —Porque... no sé, Marco. Cuando alguien te cae bien, habláis y esas cosas. —Estamos hablando, ¿no? —Sabes que no me refiero a ahora mismo. Él parecía confuso. Y yo también, la verdad. —Nunca me has caído mal —me aseguró—. Solo... no se me da muy bien la gente. —La gente con la que no te acuestas, ¿no? —Espera, ¿estás enfadada porque no nos hemos acostado? —¡No! «Aunque un poco sí», pensé. Pero eso nunca se lo diría. Suspiré, cruzándome de brazos. Esta estúpida pelea sin sentido estaba empezando a cansarme. —Creo que lo pienso porque me miras como si me odiaras. A él pareció hacerle gracia mi confesión. —Pues como tú a mí. —¿Yo...? Él alzó las cejas por enésima vez hoy. Vale... a lo mejor tenía un poco de razón. —Lo siento. Me sale solo. —Igual que a mí. —Bien. —Vale. —¿Solucionado, entonces? —Ajá. —¿Dejamos de mirarnos como si nos odiáramos y empezamos a mirarnos como si quisiéramos enrollarnos? —Sí —respondí. Y entonces me di cuenta de lo que había dicho—. Espera, ¿qué? ¡No quiero enrollarme contigo! Marco puso una expresión parecida a eso no te lo crees ni tú. —Rebeca, preciosa... ¿Nunca has pensado que esas miradas que tú dices que son de odio, son de tensión contenida? —Pero, ¿qué...? —¡Chicos! —gritó entonces alguien, haciendo que nos girásemos hacia ella. Era Sofía, que venía alegremente hacia nosotros con su ordenador nuevo—. ¡Ya lo tengo! ¿Qué hacíais? —preguntó después, como si se acabase dar cuenta de mi cara de estupefacción. Marco le hizo un gesto con la mano, como si le quitase importancia, y comenzó a andar en dirección a su hermana pequeña como si nada. Pero no sin antes echarme una miradita de reojo y dedicarme otra sonrisa de lado. Maldito Marco. Estaba más tranquila y centrada cuando no me dirigía la palabra.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD