Rebeca
—Y... ¿qué tal anoche?
Estaba ordenando unos apuntes de clase mientras que Sofía tecleaba en su móvil como si le fuese la vida en ello, tirada en mi cama.
—¿A qué te refieres?
—Desapareciste en medio de mi pelea con Calev. Y también mi hermano. Quiero detalles.
Me detuve al instante, con una hoja entre las manos. Oh, mierda... No quería hablar de eso, porque ni yo misma lo entendía todavía.
—No sé qué tipo de detalles esperas, pero no pasó nada. Solo me llevó a la residencia.
—¡Eso es! Y mi hermano no es tan amable como para hacer favores así porque sí.
En eso tenía razón. Desde que éramos pequeños, nunca había visto a Marco hacer un favor desinteresado a nadie. Por eso me había encontrado a mí misma pensando en las posibles cosas que puede pedirme a cambio de lo de anoche... Si es que vuelve a dirigirme la palabra, claro.
Lo mismo, lo de anoche fue un lapsus momentáneo. O que le pillé de buenas. Pero nunca se sabe por dónde puede salir Marco.
—¿Y tú qué? —pregunté, en un intento por cambiar de tema— ¿Cómo terminó la pelea?
Y funcionó, porque soltó el móvil enseguida y empezó a parlotear alegremente:
—Pues bien. Para mí, claro, no para la idiota de Carol. ¿Te puedes creer que Calev acabó pidiéndole que se vaya? No paraba de meterse conmigo, la muy... Se lo tenía merecido.
—¿Calev la echó? —no pude evitar el tono de sorpresa.
—¡Y me invitó a sentarme con él! Jolín, Rebe..., no me había dado cuenta hasta entonces de lo mucho que le echaba de menos.
Sonreí, yendo a sentarme con ella. Bueno, al parecer, Marco iba a tener razón y sí que le seguía importando Sofía.
—Solo ha pasado un mes desde que cortásteis. Es normal que le sigas echando de menos.
Que me lo digan a mí, que tardé exactamente dos meses en que el recuerdo de Víctor dejase de dolerme.
—No lo entiendes. Por supuesto que le echaba de menos, es solo que... no sabía que le echaba de menos de esa forma.
—¿Qué quieres decir?
—Que creo que no he dejado de quererle, Rebe.
—¿Y eso lo has averiguado con pasar solo un ratito con él anoche?
Ella suspiró bruscamente.
—No fue solo un ratito...
Alcé las cejas, como esperando que se explicase. Aunque lo cierto era que podía imaginarme por dónde iban los tiros.
—Puede que... nos acostásemos... un poquito.
—¿Que hicisteis... qué?
—¡Que follamos, Rebe! ¡Tres veces!
Oh, Dios. Cómo odiaba esa palabra.
—Qué bruta eres —puse una mueca.
—Solo te informaba.
Iba a seguir replicando, pero me interrumpió.
—Pero bueno, no nos desviemos. No has terminado de contarme lo tuyo.
—No hay nada mío que contar.
—Eres una aburr...
Pero no pudo terminar de insultarme, porque quien sea que esté llamando a la puerta la interrumpió.
Y no pasé por alto la sonrisita que había en sus labios.
—Oh, no. ¿Qué has hecho? —le pregunté entrecerrando los ojos y levantándome para abrir.
—¡Yo nada! —se excusó. Pero no la creía.
Cuando abrí la puerta, mi primer instinto fue echarme un par de pasos hacia atrás. Marco estaba ahí, con un hombro apoyado en el marco de la puerta y mirándome de arriba abajo.
Pero, ¿qué...?
—Rebeca —me saludó, y casi pude sentir como su voz me vibraba en todo el cuerpo.
—¿Qué... Qué haces aquí?
Pero no respondió. Solo señaló a Sofía con un movimiento de cabeza.
—¿Le has llamado tú? —le pregunté con la voz más chillona de lo que pretendía.
—No... Le he mandado un mensaje.
—¿Qué es eso que necesitabas con tanta urgencia? —preguntó Marco, a lo que yo fruncí el ceño, mirando a uno y a otra.
Sof se levantó de golpe, provocando que casi se le caiga el móvil al suelo, y se acercó a nosotros con cautela.
—Necesito que me lleves al centro comercial.
—¿Cómo? Creo que no te he oído bien.
—Oh, venga. No seas así.
—¿Me estás diciendo que me has hecho venir solo para que te lleve de compras?
—¡Claro que no!
—¿Claro que no?
—Bueno, sí. Pero son compras importantes. Tengo que comprarme un ordenador nuevo y un libro que nos han pedido para clase y un...
—Vale —la cortó él—. ¿Y yo mientras qué hago? ¿Sujetarte las bolsas?
Casi me echo a reír por su último comentario. Y digo casi porque la mirada que le echó Marco a su hermana me dio miedo hasta a mí.
Aunque a ella no pareció importarle, es más, yo diría que estaba acostumbrada, porque ni se inmutó. Y yo, bueno... Yo no sabía qué hacer ahí, en medio de ambos.
—No, idiota —rodó los ojos—. Tú puedes pasar tiempo con Rebe.
—¿Que yo... qué? ¿Cómo que conmigo?
—¿No me dijiste que querías comprarte no sé qué pero que nunca encontrabas tiempo?
—Sí, pero...
—¡Genial! Pues vamos, entonces.
Y no dejó tiempo para réplicas.
En menos de cinco minutos, estábamos los tres metidos en el coche de Marco.