Capítulo 10

996 Words
Rebeca ¿Qué hacía Marco tan cerca de mí? No. Rectifico. ¿Qué hacía Marco tan cerca de mis labios? Eso era en lo único que podía pensar en ese momento, cuando jugaba a acercar y alejar su boca de la mía. Como si estuviese teniendo una batalla mental sobre si debería o no besarme. Si yo pudiese interferir... sería un rotundo sí. Sí, sí, sí y mil veces sí. Metí mis manos, hasta ahora inmóviles, bajo su camiseta sin pararme a pensar en lo que hacía. Quería tocarlo. Había querido tocarlo durante tantos años que ni me acuerdo, y no iba a desaprovechar esta oportunidad que él mismo me había brindado, de alguna forma. Él gimió al sentir mi tacto, no sé si de placer o de protesta, pero me gustó tanto ese sonido que no me detuve. Seguí tocando su abdomen, despacio y un poco torpe, arriba y abajo con las palmas de mis manos. No se le marcaba nada, pero estaba más duro que las piedras. Le miré. Me miró. ¿Sus ojos se habían oscurecido o me lo parecía a mí? —Rebeca... Mi nombre en sus labios sonó como una advertencia, de lo fuerte y claro que lo dijo. Y es que me había quedado tan absorta en sus ojos que no me había dado cuenta de que había agarrado el dobladillo de su camiseta y se la estaba levantando para quitársela. Cabe decir que él tampoco me detuvo. Sus manos llevaban ya un rato sobre mi cintura, sin intención alguna de moverse. —Marco... —imité su tono. A él le bailaba una sonrisilla traviesa en los labios. —No juegues conmigo... ¿Jugar? Yo no jugaba. Era él, que llevaba un tira y afloja con mis labios desde hace un rato, provocándome. ¿Por qué no me había besado todavía? ¿Acaso no tenía tantas ganas como yo? Porque yo me moría por probar su boca. —Pues no me dejes... Fue como ponerle la miel en los labios. En menos de un segundo, Marco había cogido mis manos entre las suyas, separándolas de su ropa y guiándome hacia atrás. Choqué contra la mesita de noche, dándome en la espalda, pero no pudo importarme menos el dolor instantáneo que me produjo aquello. Estaba ocupada centrándome en el hecho de que Marco había metido una pierna entre las mías, encajándose en mi cuerpo. Tengo que admitir que eso me puso nerviosa. Mucho. Tanto que no pude detenerle cuando colocó mis manos detrás de mí y las aprisionó con una de la suyas. Su mano era tan grande —casi el doble que las mías, a decir verdad— y tenía tanta fuerza que no pude soltarme de su agarre, por más que lo intentara. —Suéltame —le pedí. Quería seguir tocándole. —¿Te vas a estar quietecita? —Solo si tú lo estás. Él soltó una carcajada de lo más sexi. —Entonces, no voy a poder soltarte... Suspiré. Esa frase prometía tanto, así, diciéndola tan cerca de mis labios que no pude evitarlo. Guió su mano libre hacia mi muslo, donde me acarició de arriba abajo varias veces. Llevaba unas medias finas, del color de mi piel, y casi pude sentir su tacto como si no llevase nada. Solté un gemido —o se me escapó, mejor dicho. Yo no quería darle la satisfacción, ahora que me tenía aprisionada, de que me gustaba lo que hacía— que no le pasó desapercibido. —Creía que ya no te gustaba tanto. Oh, lo iba a matar. —Y así es... —Entonces... Cuando se calló de golpe, temí lo peor. O lo mejor, según por donde se mire. Su mano ascendió por mi muslo hasta colarse por debajo de la falda que llevaba. Hasta llegar a esa parte, donde me tocó —muy delicadamente. Torturándome— con las yemas de los dedos. —... esto tampoco te gustará, ¿no? Iba. A. Matarlo. Pero eso sí, más tarde. Si quería jugar... Jugaríamos. —Para nada... —Pues habrá que hacer algo para arreglar eso. Tragué saliva. No sé en qué estaba pensando, pero siguiendo mis pensamientos del principio, le diría que sí a lo que fuese sin pensármelo. Gemí de sorpresa cuando sentí la palma de su mano sobre mi sexo, apretándose. Solo ese gesto hizo que me humedeciese. —¿Más...? —Haz lo que quieras. Pero... hazlo. Y j***r si lo hizo. Puso una sonrisa de lado, maliciosa, como si solo con ella me estuviese advirtiendo de que no sabía lo que me esperaba ahora que le había dado coba. No le hizo falta ni bajarme las medias. Movió su mano, hábil y experta, hasta que encontró el punto exacto donde tenía que tocarme para volverme loca. Joder... ¿Cómo era posible que me estuviese poniendo tan a tono tocándome solo por encima de la ropa? Nunca me había pasado y mira que Víctor, mi ex, lo había intentado veces... Pero, ¿qué demonios hacía pensando en él ahora? «Céntrate, Rebe». Y me centré. Me centré tanto en el placer que me daba que no me di cuenta de que se había detenido hasta que sentí libres mis manos. Abrí los ojos; los había cerrado cuando estaba a punto de llegar al orgasmo. Y me lo encontré en el mismo sitio, sí, pero con una expresión muy distinta. —Pero, ¿qué...? ¿Por qué has...? Ni siquiera podía pronunciar una pregunta al completo. Seguía medio mareada. —No puedo. —¿Qué no puedes? —Hacer esto. Yo... —tragó saliva, apartando su mirada de mí—. Deberías irte. Alcé las cejas, sorprendida. Quería rebatirle. Quería pedirle explicaciones sobre por qué se había puesto tan raro cuando todo iba tan bien... Pero no me salieron las palabras. Solo... asentí. Después de empujarle para que se apartase, recoger mis cosas y acercarme a la puerta. Solo pude asentir. Un gesto inútil, porque seguía sin mirarme.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD