Capítulo 9

1470 Words
Rebeca Al final, fui a la habitación de Marco por la tarde. Me dijo que estaría liado hasta entonces, sin especificar en qué, aunque no insistí. No era de mi incumbencia, aunque en el fondo me estuviese muriendo por saberlo. Ya me lo contaría él si quiere, ¿no? Llamé a la puerta un par de veces con los nudillos, y abrieron al segundo. Pero no fue Marco quien lo hizo, sino un chico de pelo n***o, muy n***o, y cara de poder destrozarte la vida si le diera la gana. O eso fue lo que me pareció con la mirada que me estaba echando en ese momento, al menos. —¿Tú eres Rebeca? —preguntó, cambiando el peso de una pierna a otra. —¿Cómo sabes...? La pregunta se me quedó atascada en la garganta, ya que Marco apareció entonces como un huracán. Literalmente. Arrasó con su amigo, empujándolo hacia un lado tan bruscamente que casi se cae. Lo oí quejarse, pero aún así, cuando volvió a aparecer delante mía tenía una sonrisa de lado intacta, de lo más socarrona, como si no hubiese estado a punto de romperse la crisma. Marco se fijó en mí entonces. Me echó una miradita rápida, pero sin sonrisa. No me extrañó, por supuesto. —Hola —le saludé. Él todavía no había abierto la boca. La abrió después de que yo hablase, pero no para saludarme de vuelta. Eso tampoco me extrañó. —Álex ya se iba. —Pero... —intentó replicar su amigo. —Te vas —dijo, tajante—. Ahora. No me pasó desapercibido el hecho de que Marco parecía enfadado con él. ¿Habrían discutido antes de que yo llegase? Mi curiosa interior volvió a sacar su antena parabólica a relucir, e intenté ocultarla todo lo que pude. El tal Álex bufó, diciéndole algo a Marco que no pude entender ya que se lo dijo muy cerca y muy bajito. Agarró su chaqueta con fuerza, se puso las gafas de sol que anteriormente llevaba en la cabeza, y se fue despidiéndose de ambos con un gesto desinteresado con la cabeza. Casi pude percibir el alivio que sintió Marco al verlo desaparecer por el pasillo de la residencia. —¿Tantas ganas tenías de volver a verme? Le miré, parpadeando varias veces. Me había quedado paralizada mirando irse a ese chico, y con muchas preguntas en la cabeza sobre su comportamiento. —¿Eh...? —No han pasado ni veinticuatro horas, Rebeca. ¿Me tengo que preocupar por ese crush que me tienes? Parece fuertecito. Oh, no. Otra vez con esa palabrita. En qué momento se me ocurrió decírselo. —Eres idiota. Y ya no me gustas tanto, que lo sepas. Se lo dije muy seria, pero él siguió riéndose de mí. A carcajadas. Y, aunque pretendía parecer molesta con él, su risa se metió en mi interior y me hizo vibrar. Era como música para mis oídos. —¿Qué era lo que querías decirme? Fruncí el ceño, confusa de repente. ¿Qué...? Ah, sí. El mensaje de esta mañana. Y el llavero. —Bueno, mejor pasa —siguió hablando—. No vaya a ser que sea que anoche te quedaste con ganas de mí y lo escuchen mis vecinos... Rodé los ojos, con una sonrisa bailando en mis labios. —Estás de buen humor —señalé, pasando por su lado para entrar en su habitación. Nunca había estado allí, así que lo inspeccioné todo con rapidez. Su residencia era distinta a la mía, al menos en lo que a las habitaciones se refiere. Estas eran algo más amplias, o esta lo parecía. Tenía incluso baño propio, y me pregunté si las demás habitaciones lo tendrían también o si era algo exclusivo. A lo mejor a Marco le había tocado el compañero con pasta y había sobornado a alguien para que le diesen la mejor habitación y Marco simplemente había tenido suerte coincidiendo con él. —¿Tú crees? —Sí. Hoy no tienes esa cara de amargado que llevas siempre a todos lados. —Será que verte dormir anoche relajó mi instinto de supervivencia. Ignoré los latidos de mi corazón. No sé cómo, pero lo hice. No quería que supiera lo mucho que puede afectarme con solo una frase. —Aunque con tu amigo... Eso fue suficiente para que la sonrisa desapareciese de su rostro. —No hablemos de él. —¿Problemas? No dijo nada, por lo que supuse que así era. Pero, si no quería hablar del tema, no iba a forzarle. —¿Qué querías? —volvió a preguntar. —Ah, sí. Rebusqué en mi bolso hasta que encontré las llaves, y las saqué con un poco de vergüenza. El llavero de marvel seguía colgando de ellas, aunque ahora no estaba muy segura de si le iba a gustar o no. —Te dejaste las llaves en mi habitación. —¿Qué escondes con esa mano? Marco alzó una ceja, viniendo hacia mí. Tenía el pequeño llavero escondido en un puño bien cerrado, pero él lo abrió con facilidad. —¿Eso son mis llaves? Seguía con una ceja alzada. —No recuerdo ese llavero. —Es... —carraspeé. Se me había ido la voz a causa de la vergüenza— Es un regalo. —¿Un regalo? Asentí, y él me quitó las llaves. Le dio vueltas al llavero sujetándolo entre el índice y el pulgar, como si no quisiera perderse ni el más mínimo detalle. —¿Por qué? Eso. ¿¿Por qué?? Con lo segura que había venido... —¿Tiene que haber un por qué? —Nunca me habían regalado nada porque sí. Alcé ambas cejas. No me esperaba esa respuesta. —Pues... ahí lo tienes —dije, tímida. —j***r, Rebeca... Qué poco romántica eres. ¿Pues ahí lo tienes? ¿Qué clase de respuesta es esa? —Oye, que no es que tú estés brincando de alegría. Sabía lo suyo que era para esas cosas. Y que nunca mostraba sus sentimientos. Pero sentía la necesidad de defenderme. —Pues eso, que... Entonces, me abrazó. Así, sin previo aviso, sus brazos estaban rodeando mi cintura. No moví un músculo, no sabía muy bien cómo reaccionar a aquello. —Gracias. No estoy acostumbrado a que la gente se acuerde de mí. Si él supiera lo que yo me acuerdo de él... Lo hago a todas horas. —No hay de qué... —Pero, ¿tenía que ser de un maldito superhéroe? Intenté zafarme de su agarre, primero porque me estaba afectando su contacto y segundo porque había roto la magia del momento. Le expliqué que fue él quien me dio la idea con nuestra conversación la noche anterior, y me dijo que ya lo sabía. —Era una broma... No me sueltes todavía —me pidió tras mi décimo empujón—. Yo sí que tenía ganas de verte. Y de tocarte. Me quedé paralizada, pero me obligué a decir algo. Lo que fuera. —Marco... —¿Qué? —Yo no te gusto. Entonces, me soltó. Como si mis palabras le hubiesen molestado. —¿Ah, no? Negué con la cabeza. —Tienes razón. No me gustas. Abrí la boca para hablar, pero la cerré al instante. Ya lo sabía, pero oírlo de él... me dolió. Pero entonces, él me apartó el pelo de la cara y acarició mi cuello con sus dedos, para seguidamente acercarse a mi oído y susurrar: —No me gustas... Me pones. Tragué saliva. Él lo notó, porque lo sentí sonreír contra mi cuello justo antes de besarme en este, una, dos, tres veces... Tantas que perdí la cuenta. Solo sé que su afirmación, así de susurrada con esa voz tan ronca y esos besos que me daba mandaban una descarga inmediata a mi sexo. Me moví, incómoda por la humedad que empezaba a formárseme ahí abajo, y me agarré a su camiseta con fuerza cuando empezó a morder y chupar. Joder. ¿Tan a tono podía ponerme con solo unos besos en el cuello? —Necesitaba una excusa... —Marco... —Si te decía que me moría por tocarte desde que te vi con ese vestidito en la fiesta del viernes... no ibas a venir. ¿Qué decía? Seguramente habría venido corriendo. —Y ya sabes que no soy muy bueno con las palabras. —Habría venido... —suelto, prácticamente sin pensar. —Entonces, ¿lo de las llaves no ha sido una excusa, al final? Sonreí, pero no respondí. Si lo de Marco haciéndome caso durante tres días —¿Tan pocos habían pasado? Parecía una eternidad— ya me parecía raro, que me estuviese tocando... Me mareaba y me dejaba tan confusa que casi no podía articular palabra. —Porque a mí me ha venido de perlas...
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