Capítulo 8

1375 Words
Rebeca Cuando me desperté al día siguiente no había rastro de Marco. El sitio de mi —diminuta— cama que él había estado ocupando mientras veíamos una película la noche anterior estaba perfectamente colocado. Casi parecía que había estado sola todo este tiempo. ¿A qué hora se habría ido? La respuesta a eso llegó pronto. Cuando moví la cabeza para colocarme mejor —que no para aspirar el aroma que había dejado Marco en mi cama, que conste—, esta acabó encima de un papel, el cual crujió haciendo que mi compañera de habitación, Amaya, se moviese en su cama. Cogí la nota con cuidado de no hacer ruido. Amaya era famosa por sus malos despertares, y no quería ser yo la culpable de uno de ellos. Me voy, chica rara. Aunque estaba deseando quedarme a dormir contigo... PD: llámame cuando leas esto. Me siento mal por no haberme despedido. Cuando me quise dar cuenta, estaba sonriendo de oreja a oreja. No me lo pensé. Cogí mi teléfono móvil para mandarle un mensaje, tal y como él me había pedido. Yo: No te tomaba por alguien que deja notas. Contestó al instante a pesar de ser tan solo las ocho y media de la mañana de un domingo. Marco: Ni yo a ti por una persona madrugadora. ¿Qué ha sido de la Rebeca que se despertaba a las dos de la tarde? Me reí porque tenía razón. De pequeña, cuando me quedaba a dormir con Sofía, solía despertarme bastante tarde los días que no había clase. Pero era porque dormir acompañada me sumía en un sueño profundo que era incapaz de coger en mi casa. Y eso sumado a muchas horas de sueño perdidas... Yo: ¿Te acuerdas de eso? Marco: Tal vez te prestaba más atención de la que crees. No contesté. No sabía qué decirle a eso, y además, oía el latido de mi corazón en mis oídos y no podía concentrarme en otra cosa que no fuese eso. ¿Que Marco me prestaba atención? Sí, en un universo paralelo, a lo mejor, pensé. No se lo creía ni él. Dejé el móvil apartado en el otro lado de la cama cuando él aún seguía en línea. Me gustaba hablar con él, era algo nuevo para mí a pesar de conocerle de toda la vida, pero de ahí a que insinuase esas cosas... j***r. Que casi me da un infarto. Me levanté de la cama un rato después, dispuesta a darme una ducha y estudiar un poco. Faltaba mucho aún para el examen de derecho civil, pero no quería que después se me juntasen muchas asignaturas a la vez. Dejé el móvil junto al ordenador —por si Amaya se despertaba y le daba por hacer ambas camas, era muy maniática con el orden—, y mi mirada se desvió hacia unas llaves que había sobre el escritorio. Entrecerré los ojos. ¿Qué...? ¿De quién eran esas llaves? Las cogí para inspeccionarlas mejor. No tenían llavero, por lo que pensé en Marco al instante. Recuerdo que él nunca llevaba llavero, solo las llaves sueltas, porque no le gustaban esas cosas. Y también recuerdo haberle comprado varios llaveros por su cumpleaños, aunque nunca llegué a dárselos. Me daba vergüenza, ya ves, y todavía no sé por qué. A lo mejor por lo mucho que me gustaba. O porque me ignoraba deliberadamente y me parecía estúpido darle regalos a alguien que pasaba de mí. Eso sí, siguen guardados en una cajita en mi armario en casa. «Tal vez te prestaba más atención de la crees». El mensaje de Marco vino a mi mente en ese momento. Yo también le prestaba mucha atención. Demasiada. Más de la cuenta, incluso. Sabía qué platos no le gustaban, qué música era su favorita. Que le gustaba jugar al baloncesto y a juegos de mesa con su familia. Que podría ser hermético con todos, pero no con sus padres. Con Sofía sí, pero eso supongo que es cosa de hermanos. Sabía que siempre se peina el pelo con los dedos, y que no le gusta usar siempre la misma colonia, que la va cambiando cuando se aburre de esta. Joder... Sí que le había prestado atención, ¿no? Giré las llaves en mi mano, volviendo otra vez toda mi atención a ellas. Sí, tenían que ser suyas. ¿De quién más, sino? Aunque ya era casualidad que ambos olvidésemos las llaves el mismo día. Entonces, se me ocurrió una idea. *** Miré lo que acababa de comprar, orgullosa. Había arrastrado a Sofía hasta el centro comercial otra vez, solo que esta vez tuvimos que ir en autobús. A mí no me molestaba, pero ella no paraba de hacerme saber lo muy en desacuerdo que estaba con este plan. La había tenido que sobornar con invitarla a desayunar para compensar en esa cafetería del centro comercial que tanto le gustaba. Por lo menos, mientras devoraba su croissant de mermelada, parecía feliz. —¿Por qué has comprado un llavero de el capitán américa? Me encogí de hombros mientras sonreía, despreocupada y admirando el llavero con el escudo del capitán américa. Estaba realmente feliz con mi ocurrencia, y algo me decía que a Marco también le iba a gustar. —Es un regalo. —Pero... si lo has puesto en tus llaves —dijo mi mejor amiga, sacando sus propias conclusiones—. Con lo bonito que era tu otro llavero. Espera —siguió hablando—. Si la bola peluda no la vas a usar más, ¿me la puedo quedar? Le eché una mirada de ojos entrecerrados. —No son mis llaves, Sof. Y me voy a seguir quedando con peludita. Sí. Le había puesto nombre al llavero. Uno muy cutre y poco currado, pero no me importaba. —¿Entonces? Mi mejor amiga parecía cada vez más confusa. Y yo dudaba entre si contarle lo de anoche o no. Al final opté por la primera opción. No quería que hubiese secretos entre nosotras. Nunca le había ocultado nada, o al menos no casi todo. —Son de tu hermano —comencé a explicar—. Se las dejó anoche en mi habitación y he pensado en... —¡¿ESTUVO ANOCHE EN TU HABITACIÓN?! Su grito llamó la atención de media cafetería. Enrojecí hasta la médula, tapándome la cara con las manos, mientras que ella pedía perdón a los demás. —j***r, Sofía. ¿Por qué tenía que ser siempre tan escandalosa? —Lo siento. Ha sido la emoción. Puse los ojos en blanco. Cada vez tenía más claro que la idea de que Marco y yo estemos juntos le gustaba. —¿Qué hacía mi hermano en tu habitación en plena noche? —preguntó, esta vez mostrando tranquilidad, aunque la conocía y sabía que, si estuviésemos solas, seguiría gritando. —Pues... —¿Hicisteis cosas indecentes? —volvió a interrumpirme. —¡No! —¡Tía! Yo a ti te cuento todo lo que hago con Calev. Quería decirle que a mí eso no me importaba en absoluto, pero esta chica era imposible y no serviría de nada. Si algo no tenía Sofía, eran filtros. —No hicimos nada, Sof. Me dejé las llaves en su coche, vino a devolvérmelas y no sé cómo, pero... acabamos viendo una película. Solo eso fue suficiente para que mi mejor amiga enloqueciese. Aunque por lo bajini, claro. —¿Qué pasa? —fruncí el ceño. —Le gustas, Rebe. ¡Le gustas a mi hermano! —No le gusto. —¿Qué película visteis? Dudé antes de decirle el título. Cuando cómo perder a un chico en diez días salió de mis labios, pensé que le daría algo en cualquier momento. —Hazme caso: le gustas. Marco no ha visto una comedia romántica en su vida. Conociéndola, sabía que iba a soltar un gritito. Pero justo entonces su teléfono empezó a sonar, y ella se levantó para poder contestar a quienquiera que le estuviese llamando. —¡Ahora vuelvo, eh, Rebe! Quiero más detalles. Puse los ojos en blanco cuando ya no podía verme. Después, ya sola, aproveché para enviarle un mensaje a Marco. Yo: ¿Estás libre ahora?
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