Capitulo 6: Vínculo Eterno (III)

1463 Words
—Es estúpido —bufó Lizzy intentando bajar el trago amargo que era su revelación. Parte de ella estaba renuente a aceptar sus palabras, pero otra, estaba completamente consciente de que había algo de cierto allí. Si Freyr se sentía de la misma forma con respecto a quien le había hecho aquella colosal herida en su pecho, estaba luchando con todas sus fuerzas para no ser vencido por el vínculo que tenía. —Es más que solo estúpido —río el de los ojos amarillos—. Es la más cruel y bizarra broma que el universo pudiera jugarle a alguien. La incapacidad de sentirte realizado sin esa persona al lado, es prácticamente tan perverso y retorcido como cualquiera de las torturas de Persephone. —¿Es siempre mutuo, Freyr? —preguntó Elizabeth en una súplica silenciosa que se vio obligada a explicar ante la sonrisa del chico—. Yo dudo que lo sea. Sammuel y yo no tenemos más que solo malentendidos y discusiones. Desde que el lobo la había atacado en el bosque, había tomado total distancia de ella muy a pesar de la innegable conexión en el pasado. Su repentino cambio siempre se le había hecho demasiado brusco y completamente súbito, sin ninguna explicación aparente y cuya justificación no podía ser solo la culpa de haberla atacado. Había sido inexplicable y tan burdo que rozaba incluso la falsedad extrema. El temor a herirla no era lo que separaba a Sam de mí. Fueron sus maneras lo que habían hecho que, en parte, ella le despreciara a tal nivel de considerar a Lachlan por encima de él, aunque siempre terminaba con su pensamiento puesto en el de los ojos verdes y cabello n***o. —Yo espero que sea mutuo —respondió Freyr—. Si yo me estoy desesperando, quiero que ella también sienta este vacío absoluto, pues aseguro que no le permitiré poner sus manos sobre mí en ningún momento de lo que dure mi vida, o mi muerte. Era mucho más que rencor lo que había en la mirada de Freyr. Era más que odio en su voz. Era una absoluta repulsión que le dejaba saber a cualquiera que la condición de Lizzy y la de él no eran para nada parecidas. Quizás fuera cierto que Sam y ella nunca estábamos en el lugar o momento indicado, pero todavía no habían llegado al punto de odiarse a muerte. Yo te que trabajar un poco para lograr eso. —Te juro por mi alma que si ella cae, yo la haré sufrir hasta que me pida arrancarle el corazón del pecho —hablaba él y sentía que la ira estaba a punto de apoderarse de todo su ser. No había mucha de la luz que el dios del sol debería tener en aquel chico de ojos amarillos y pelo n***o. No había casi una gota de la calidez que se suponía debía irradiar en su pálido y despintado rostro de fracciones delicadas y masculinas. Era como estar observando al mismísimo invierno personificado en él. Freyr estaba completamente corrompido por el odio hacia él mismo, sus circunstancias y a la mujer que se suponía debía amar. Su realidad, solo me hacía querer adentrarme cada vez más en la profundidad de su alma y mirar más allá de la superficie de la que todos bebían, porque él se lo permitía, pero me era imposible acercarme a su cabeza. —¿No sería más fácil para ti solo dejarte de llevar por ella, Freyr? —inquirió Lizzy intentando proponer la solución que ella misma se negaba a aceptar—. Creo que llevas tanto tiempo luchando contra algo que está destinado que quizás lo mejor sea sumergirte en la probabilidad de aceptar que tal vez sea lo mejor para ti. No era la primera vez que aquel chico escuchaba el mismo consejo. Sus ojos cansados me lo dejaron saber y la caída comisura de sus labios, también. —Jamás, Elizabeth —aseveró él con toda la convicción y a determinación que a ella le faltaba para tomar su propia decisión—. Y los dioses saben que he hecho de todo para burlar ese destino. ¡Diablos! ¡Incluso estuve casado! —sonrió. —¿Y llegaste a amarla? No hizo falta una respuesta. Yo ya la conocía a la perfección. —Uno hace demasiadas cosas intentando esquivar un destino que parece cierto —habló él y le pidió que sacara los pies del agua. Ya quería regresar. Había revuelto muchos más secretos de los que estaba dispuesto a entregar—. Estoy seguro que ese Sammuel ha hecho bastantes para alejarse de ti. Es un instinto básico de nosotros, los idiotas. Los idiotas... —Es una bruja, ¿no es cierto? —sonrió ella poniéndome los zapatos, pero él pareció dudar revelarle la identidad de la mujer de sus tormentos. —Te acompañaré a tu habitación —le dijo—. Los elfos son bastantes molestos en la noche. El regreso a mi alcoba fue silencioso. Se sentía como si fuera una despedida forzada. —Elizabeth —le habló en el umbral de la puerta—. Que yo no quiera tener nada que ver con la que está destinada a mí no quiere decir nada acerca de tu Sammuel y tú —sonrió. —No es mi Sammuel... —Sí lo es —asintió él—. Los hombres lobo no dejan marcas en nadie, pequeña humana. Ellos matan, muerden y comen. Si él te atacó y se detuvo fue porque sentía algo por ti incluso antes de hacerte esa marca en tu cuerpo. —Yo también lo herí, Freyr —dijo, y sentí que fue la verbalización por primera vez de lo que había sucedido con Sam en aquella cama, la primera y única vez que habían intentado estar juntos—. Él vive en una constante tortura porque me hizo daño, pero la que está aterrorizada de lo que le hice a él, soy yo. —Estaba destinado a suceder —ladeó su cabeza en una sonrisa apoyando su mano en el hombro derecho de Lizzy—. Es parte del vínculo que se marquen... Aunque creo que ustedes fueron un poco más rudos que el resto de los que sufren de esta maldición. Sus palabras eran la confirmación de que ella jamás podría estar con Sam. Lizzy también sintió algo por él desde que lo vio por primera vez en aquella biblioteca, pero todo era muchísimo más complicado por tantos motivos y tantas personas que orbitaban a su alrededor, que era casi inadmisible que estuvieran juntos. —No tienes por qué tener miedo —quiso calmarla al leer en mi cara la decepción escrita—. No serán capaces de hacerse más daño. Las heridas son solo parte de ese ritual. —¿Que dices? Incluso Hans dice que podemos llegar a matarnos... El dios sonrió con una enigmática aura posándose sobre su rostro. Se llevó las manos al cuello y desató una de las cadenas de plata que colgaba alrededor de este. El cristal ámbar que tenía como dije pareció tornarse blanco tan pronto se separó de su pecho. —Ten —habló colocando el colgante en la mano de Lizzy y cerrando sus dedos con los suyos en derredor—. Cuando sea el momento adecuado, obséquiale esta pieza. —¿Qué hace? —preguntó al ver como la piedra preciosa se tornaba negra entre sus dedos sudorosos. —Controlará su energía vital cerca de ti —explicó—. Los controlará a ambos. Es un cristal que los ayudará a estar en la misma habitación sin creer que los consumirá el deseo de matarse. Está hecho específicamente para mí por uno de mis elfos en un intento de controlar mis deseos de acabar con la diosa destinada a mí. —¿No lo necesitarás tú? —preguntó ella cuestionando las razones de su amabilidad. Nadie que hubiera pasado por lo que Sam y ella llevaban viviendo, podía deshacerse de la única válvula de escape que la magia ofrecía. —No —sonrió él con la completa honestidad brillando en sus ojos amarillos—. A diferencia de ti, yo no estoy enamorado de la persona a la que estoy vinculado. —¿Puedes llegar a estarlo? —Es tu hermana, Elizabeth —le dijo antes de que entrara en su habitación. Freyr quería decirlo desde que había visto la marca en el cuerpo de Lizzy. Necesitaba saber que alguien más se sentía como él y al no conseguirlo, quería que al menos ella comprendiera sus razones para odiar tanto a aquella con quien compartía su vínculo eterno. —¿Helena? —especuló a tientas. —No —negó en un suspiro—. Selene.
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