—Es un vacío que no puedes comparar con nada, ¿no es cierto? —escuchó aquella voz grave de la que su oído no había bebido más de una veintena de palabras y a la que ya reconocía.
—No es el mejor momento —pidió Elizabeth como si de alguna forma fueran cercanos.
Ella recordaba a la perfección las advertencias de Jensen de no ceder a las palabras del dios caído o se vería envuelta en sus juegos y, por las palabras de Helena, no iba a ser placentero para nadie más que para él mismo.
—Conozco a la perfección el sentimiento, bruja —habló él sentándose junto al agua.
Freyr causó una fuerte impresión en Lizzy desde el día que ella había despertado en aquel lugar. Era un personaje realmente único y él estaba completamente consciente de eso. De hecho, utilizaba su extraña belleza a su favor y era como su forma de encantar a todos con su presencia lo que resaltaba del dios. En Lizzy, sus obvios encantos no surtían efectos, más ella se sentía atraída solo por lo familiar que él le resultaba en miles de formas, y a la vez, total y completamente extraño.
¿Por qué se sentía cómo si lo conociera de toda la vida, cuando no había visto a ese hombre de cabello n***o y ojos amarillos ni siquiera en mis sueños? Se preguntaba desde el momento en el que posó sus ojos en él.
—No me llames bruja. ¿Y porqué creo que te conozco? —inquirió ella dirigiéndose directo al punto y otra vez sentí sonreír ante su soltura.
Algo dentro de ella (probablemente, yo) le dejaba saber que a Freyr no le gustaba andar con rodeos alrededor de nadie y apreciaba que fueran exactamente igual con él.
—¡Oh, sí! —sonrió él intentando que el rubor de sus mejillas no se extendiera por todo su rostro— Tenía todas mis esperanzas puestas en que no me recordaras en lo absoluto.
—No lo hago.
—Intenté mi juego en ti hace siglos —sonrió Freyr pasando las manos por su cabello y recogiéndolo en un moño bajo. Aquel gesto la obligó a recordar a Sammuel y no había un solo centímetro de ella que lograra esconderlo—. Supongo que tampoco tendré muchas oportunidades contigo en este mundo.
—Ni en un millón de años —sonrió Lizzy intentando no pensar en quién realmente se colaba en su mente como una fría brisa de invierno.
Freyr apoyó su mano en el hombro de la chica y por un instante sintió como si un relámpago de lucidez acabara de golpearla. Lo vi todo desde sus ojos y comprendí que la visión que se levantaba ante mí, ante ella, no era terrestre. Él, con el cabello azabache ondeando al viento del atardecer, con una armadura de oro y de rodillas en un patíbulo. Tenía una espada amenazando su cuello y unas cadenas de de oro sometiendo sus manos. Quién cargaba la espada contra él, era Elizabeth.
Freyr notó el sobresalto de la muchacha al ver la bizarra imagen de lo que parecía ser su vida pasada, pero no le dio tiempo a formular una pregunta.
—No es importante ahora. Después de todo, tú eres Elizabeth, y esa fue Artemis.
—¿Yo te derroté, Freyr? ¿Yo te hice caer?
Lizzy tragó en seco. ¿Por qué diablos él y su hermana estaban ayudándola, si había tenido algo que ver con su caída?
—Ni en un millón de años —sonrió con la misma frase que ella le había ofrecido antes. Su atención, sin embargo parecía más enfocada en la vida mortal que en lo que fuera que hubiera sucedido cuando ella era una de las tres diosas de la luna.
Todavía sonaba bizarro. Siempre sería algo impensable para Lizzy.
—¿Por qué tú y tu hermana recuerdan todo lo que les sucedió antes de su vida en este mundo? —cuestionó y el de los ojos amarillos dejó escapar una melodiosa sonrisa alzando su cabeza por encima de la estatura de ella—. Helena también lo recuerda todo ¿Acaso yo soy la única que no tiene ningún tipo de memoria de lo que ocurrió?
—Yo tenía mis tratos con Persephone, Elizabeth —respondió el dios—. Tu hermana también los tenía. Además, Freyja y yo no caímos. Nosotros no morimos, sino que huimos de nuestro Asgard.
—¿Cómo que huyeron?
—Mediante un sacrificio —explicó sentándose en la arena negra a orillas del lago.
Bajó el zipper de sus botas de cuero negras y metió los pies desnudos al agua helada luego de subir su pantalón a mitad de las pantorrillas. El frío no tuviera ningún tipo de poder sobre él.
—Sigo sin comprender —intentó hablar ella, pero Freyr se dispuso a explicarle lo que dudaba.
—Un sacrificio de las sacerdotisas de Freyja nos trajo aquí —dijo balanceando sus pies dentro del agua. Parecía que el lago n***o humeaba después de que el caído de ojos amarillos hubiera introducido sus pies—. Persephone solo pide almas para su colección. El alma de un dios vale al menos mil almas humanas puras, y si se paga el precio, la reina del inframundo permite el paso libre por su dominio, pero, por supuesto, siempre requiere algún tipo de pago inmediato y mucho más carnal.
Era una monstruosidad que ella se negaba a imaginar. Si tres mil personas habían muerto para que esos tres dioses cayeran en la tierra, Elizabeth se estremeció al pensar que lo mismo había sucedido con ella.
—Mantén la calma —la quiso tranquilizar Freyr—. Tú sí moriste. No hubo ningún sacrificio —aseguró—. Artemis no tenía tratos de ese tipo con nadie, pero creo que ya has cambiado —rió.
—¿Lo dices por lo de la virginidad? —preguntó volteando los ojos en blanco mientras él apoyaba su espalda en la arena y llevaba sus manos detrás de la cabeza.
—Si tienes frío, puedes meter tus manos en el agua —le dijo—. Te aseguro que no te sucederá nada y me agradecerás el calor.
Ella negó con la cabeza y comentó que quizás ya era tiempo de regresar a su habitación al ver a Becky y a Jensen caminando por la rivera del lago a una considerable distancia.
—Acompáñame, por favor —pidió el dios sonriendo de una forma casi genuina—. Por difícil que parezca, me caes bien, Elizabeth, y tenemos mucho más en común de lo que puedes imaginar. Nunca había conocido a otro dios como yo
"No lo hagas", se dijo a sí misma y declinó la propuesta del dios con algo de elegancia.
—Es tarde ya, Freyr —sonrió—. Quizás mañana
Se alejó de él dando pasos tímidos sobre la arena y el de los ojos amarillos no hizo nada para detenerla, sino que solo volteó su mirada al lago y habló:
—El supuesto "príncipe" tendría que haber sido más inteligente y haberse alejado de ti en el mismo instante en el que el lobo te tocó —habló cuando la chica le hubo dado la espalda como para llamar su atención en el instante.
Su artimaña había dado resultado. Tenía la completa atención de Elizabeth y él lo sabía pues, sin mirarla siquiera, una sonrisa un tanto oscura se dibujó en su rostro. Sus palabras la perdían. Era aquel acertijo interminable de todas las personas alrededor suyo y aunque se suponía que tenía que entender lo que le querían decir, no había más que solo suposiciones. Con Freyr, sin embargo, podía conseguir las respuestas que los otros chicos no le daban si le preguntaba. Él enseguida notó que la duda en el rostro de Lizzy quería ser disipada.
—¿Nadie te ha hablado del vínculo, cazadora? —preguntó y aquella palabra siempre se la había molestado hasta la médula—. Lo siento, Elizabeth.
A diferencia de todo lo que ella había escuchado de Freyr, su sobrado ego por las nubes y su fama de embaucador, frente a Lizzy, el dios parecía ser más auténtico y genuino que muchas de las personas a las que conocía. Yo, por otro lado, y al haber pasado demasiado tiempo junto a aquel caído, sabía que había algún diseño oculto tras su bondad.
—Sí —asintió Lizzy recordando todo lo sucedido después del ataque de Sam y recibir aquella herida por sus propias garras—. Y lo he sufrido bastante.
—¿Sufrir? —se extrañó Freyr con una mueca graciosa en el rostro que le daba un tono picaresco a su voz—. ¿De qué forma?
—Anna me dijo que desde que el momento en el que Sam y ella probaron mi sangre, ambos estaban conectados a mí —explicó regresando los ojos al lago.
Ya era prácticamente de noche y las primeras estrellas parecían reflejarse en el agua mientras la temperatura de la noche temprana amenazaba con bajar a cero grados en cualquier minuto.
—¿Puedes ver a ese chico cuando piensas en él? —inquirió con una ceja arqueada y una casi sonrisa plasmada en su rostro que era mucho más que un simple gesto para acompañar la pregunta.
Había algo escondido allí que era relevante para él y presionaría hasta que ella se lo dijera.
—Es algo normal ¿no es cierto? —imitó ella su ceja arqueada ladeando la cabeza—. Anna también está vinculada a mí...
—Sí, pero te aseguro que no de la misma manera —rió Freyr como si estuviera buscando la mejor forma de explicarle todo lo que pudiera—. Si te sientas a mi lado y adentras tus pies en el agua, te lo diré todo.
Sus ojos se entrecerraron y los labios se afinaron en su terso rostro. Todo en el interior de Lizzy (nuevamente, quizás, solo yo) gritaba no cediera ante sus incitaciones, pero ¿cuándo había escuchado ella a su sentido común?
Dejó las botas sobre una piedra y casi temblando se quitó las medias para caminar sobre la helada arena que le picaba debajo de las plantas de los pies y se enterraba en su piel. Caminó hacia el chico que reía antes la visión consternada y la mueca incómoda de Lizzy por el gélido clima y la ayudó a sentarse a su lado. Con una absoluta delicadeza y un cálido toque, subió los bordes inferiores del pantalón que ella llevaba.
—Ahora mete los pies en el agua —le dijo casi como una orden.
Elizabeth tragó en seco y tomó su mano con fuerza haciendo que él se mordiera una risa en los labios.
—Si me sucede algo —le amenazó, pero Freyr solo volteó los ojos en blanco.
Al diablo con todo, pensó y sus dedos se colaron en el agua.
No estaba congelada como creía. Tampoco fue arrastrada por nada de lo que se escondiera más allá de sus profundidades. En cambio el lago se había calentado y debajo de sus ojos veía como pequeños peces de colores se acercaban a sus dedos y a los del dios.
—Soy Freyr Njörðrson, dios del sol naciente, Elizabeth —rió él.
Toda la apariencia áspera que aquel chico pudiera tener, se disipó en el instante. Bajo la mirada de Lizzy, Freyr era completamente diferente a lo que yo que conocía de él. No era ególatra o bravío; de hecho, ni siquiera era tenaz. Freyr estaba tan dócil y respetuoso como solo un viejo amigo podía ser.
—¿Qué sabes acerca de este vínculo? —preguntó ella cuando estuvo totalmente segura de que no le sucedería nada a su lado, aunque todavía era incapaz de soltarle la mano.
Él desabrochó los botones de su camisa sobre su pecho con una facilidad casi envidiable mientras le sonreía con algo de candidez.
—Tienes una cicatriz. Pues yo también tengo una —aseguró mostrando la enorme herida que se extendía por sus pectorales, cortando todas las runas protectoras y las dos hachas tatuadas en su piel—. Se suponía que la espada en mi pecho tenía que matarme, pero no lo hizo. Solo dejó este recordatorio permanente. ¿Sabes que a un dios nada puede dejarle cicatrices en la piel, Elizabeth?
—¿Quién te atacó? —preguntó Lizzy sin poder separar los ojos de la herida.
Quería tocarla con sus manos, pero se cohibió de hacerlo, aunque algo la llamaba a pasar los dedos por la piel hirviendo de Freyr.
—Si alguien hiere tu piel y la cicatriz permanece, estás destinada a esa persona por toda la eternidad. Es un vínculo sagrado, y no hay nada que pueda contra ello. Yo debería saberlo bien, pues he intentado hacer todo lo posible para romperlo.
Ella estaba sin palabras. De su boca solo amenazaban con salir sonidos incompletos mientras procesaba lo que Freyr acababa de confesarle. Su revelación solo podía significar que Sam y ella estábamos, de alguna retorcida forma, destinados el uno al otro, no por un trato natural, sino por fuerzas que se escapaban del entendimiento de todos, porque era solo para los dioses. Pero Sammuel no era un dios.
—Creo que necesito una mejor explicación, Freyr —le pidió Elizabeth al dios mientras él volvía a abotonarse la camisa sobre su pecho tatuado.
El de los ojos amarillos asintió despreocupado y volvió a tenderse sobre la arena oscura. Ya era completamente de noche y parecía que Freyr y Lizzy estaban acostados uno junto a otro en una cama de sábanas de seda. La hosquedad de las piedras bajo sus cuerpos se había mellado por completo y ella únicamente estaba centrada en lo que aquel dios tenía que decir sobre el vínculo que tenía con Sammuel. El creerle o no cada una de sus palabras era una decisión que tomaría después con la cabeza mucho más fría.
—Eres tan ingenua como cualquier otra humana y es como si ahí radicara tu completo atractivo, Elizabeth —dijo él queriendo evitar el tema mirando las estrellas—. Ya veo por qué el pequeño príncipe se siente tan fascinado por ti. Yo también hubiera intentado mi movimiento.
—¿Por qué sigues llamando a Lachlan como "el pequeño príncipe"? —inquirió Lizzy intrigada por su aparente desprecio por el chico.
—No confío en los profundos —espetó sin pensarlo con una mueca de disgusto en el rostro—. Son todos unos traicioneros y egoístas, como cualquiera de los hijos de Selene —continuó escupiendo en el suelo en señal de total desagrado.
—Entonces tampoco confiarás en los vampiros o las brujas blancas.
—Por supuesto que no —añadió él—. Todos son lo mismo, pero los vampiros saben jugar mucho mejor en la cama. Me gusta cuando muerden— bromeó y se llevó un pequeño empujón de parte de la chica, aunque dejó escapar una sonrisa—. ¡Estoy hablando completamente en serio!
—Si esa es su única ventaja, no creo que me interesen mucho —se encogió de hombros Elizabeth, pero el rostro de Freyr se tornó más serio de lo que acostumbraba.
—Escucha mis palabras —advirtió él—. Llevo siglos en esta tierra y te aseguro que esos seres de las profundidades son completamente despreciables. Son posesivos con las personas con las que se encaprichan y pueden llegar a ser peligrosos si están celosos —sus palabras eran más que simples consejos.
Él hablaba desde su propia experiencia, pero no conocía a Lachlan de la forma en la que ella creí conocerlo, con solo las partes buenas y extrema confianza en su mejor versión. No había ninguna forma de que eso sucediera.
—No conoces a Lach.
—¡Oh, sí lo hago! —exclamó sin pensarlo—. Demasiado bien.
"Perfecto, otro chico más para la incontable colección de inmortales con las que se había acostado Lachlan en el pasado", pensó Lizzy.
—No me digas que no te lo había dicho —se asombró Freyr con el descaro aflorando en su rostro.
—Solo sabía de Hans...
—¡Ah sí! El brujo —resopló Freyr—. Detesto a los brujos.
—¡Ni siquiera intentes negarme que te has acostado aunque sea con un brujo en todos tus años! —presionó ella algo curiosa por conocer más de aquel intrigante hombre en frente y que a cada segundo se hacía mucho más interesante ante sus ojos.
—Nunca. Jamás —frunció el ceño—. Prometí que nunca estaría con una bruja.
—Pero te acostaste con Helena —lo atrapó Lizzy apoyando el rostro la palma de su mano mientras se acomodaba en la arena negra.
—Eso fue antes de... de esto —respondió pasando sus dedos por su pecho—. Uno hace cosas estúpidas cuando tiene cien mil años en este mundo, Elizabeth. Pasado tanto tiempo, la mayoría de los inmortales dejan de interesarse por el sexo y quieren solo enfocarse en crear un vínculo que vaya mucho más allá de lo carnal, intentando buscar una conexión real con alguien. La realidad es que yo no quiero eso. Nunca lo he querido. Yo solo quiero sexo —rió descaradamente.
Ella lo veía venir y yo creí sentir como mis ojos se giraron en blanco. No era un secreto que su encanto natural le aseguraría todos los polvos que quisiera, pero había algo de mentira en sus ojos. Algo que escondía incluso de sí mismo.
—No te creo —negó ella estrechando los ojos y él sonrió de medio lado sintiéndose acorralado de alguna forma, pero completamente complacido.
—Por supuesto que no lo haces. A ti te sucede lo mismo que me ha sucedido a mí. He tenido a todos los hombres y mujeres que he deseado en mi cama —aseveró—. Y todos me dejan vacío y roto de la forma más cruel posible.
Su soledad se sentía auténtica. Elizabeth la sentía también, pero prefería mentir al respecto.
—No sé de lo que hablas.
—No me engañes —sonrió—. O mejor dicho, no te engañes a ti misma. Si cuando estás con Lachlan lo único que haces es pensar en ese chico que te hirió y si tu mente solo te lleva a él, no hay nada que pueda romper ese vinculo. Están ligados en este plano, Elizabeth.
—¿En este plano? —se extrañó ella, ante lo cual Freyr le dirigió otra mirada que intentaba lidiar con su ingenuidad humana ante todo.
—Los dos tienen que estar en el mismo plano para que el vínculo surta efecto —explicó—. Ambos en el plano astral, el terrestre o en el inframundo. Si uno se va a cualquiera de esas otras realidades, el vínculo desaparece.
—¿Eso quiere decir que no estaré más ligada a Sammuel?
Elizabeth ya había muerto. Había visitado aquel terrible dominio de las armas muertas reinado por la mujer de oscuros ojos y corona de huesos y desde su regreso no había sido capaz de ver a Sam. Lo sentía y lo único que la colmaba cuando pensaba en él, era un angustioso vacío como si el chico que ella conoció hubiera dejado de existir.
—Estarás ligada a él para toda la eternidad —aseguró Freyr con un completo pesar en su voz regresando su rostro a las estrellas—. No hay forma para ti de ascender, pero siempre que estén en este mundo van a atraerse. Si no lo logras ver, es porque lo tienen oculto con magia, pero estoy completamente que puedes sentir su presencia. Si tú mueres y bajas al otro lado, esperarás por él hasta que llegue su hora como mortal. Y todo será absoluto.