CAPÍTULO 4.
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—¡Oh mi Dios!, cómo creciste. —dijo mi tía, cuando bajaba las escaleras.
Me ruboricé por su comentario. Fred estaba a su lado con una mirada risueña.
Terminé de bajar las escaleras y Megumi me recibió con un abrazo tan cálido que no pude evitar sonreír.
Fred tenía razón, ella se alegraba de verme. Su cabello n***o cubría sus hombros y poseía una gran figura
a pesar de su edad. Sus ojos esmeraldas eran brillantes y su palidez le daba un aspecto más juvenil.
—Te dije mamá, se ha vuelto toda una mujer. —comentó Fred.
Me aparté unos centímetros de ella y me contempló el rostro con una mirada casi materna. Apretó mi
mejilla y mi sonrisa se expandió más por su afecto adorable.
Nos sentamos en el sofá de la sala y el ambiente cálido se había ido por completo para que la
incomodidad se plantara una vez más, sabía perfectamente de lo que hablaríamos.
Ella se sentó al igual que Fred (él se sentó a mi lado, por desgracia).
Megumi y mi primo cruzaron miradas de dudas y sus sonrisas desaparecieron al igual que la mía.
¿Por qué había tanta sincronía?
—Cariño, antes de preguntarte como ha ido el viaje, necesito que me cuentes lo que pasó con esa chica
de tu escuela. —me removí incomoda en el sofá intentado desaparecer la sensación de enojo que
empezaba a nacer dentro de mis entrañas.
—No creo que sea buena idea. —balbuceé.
—Claro que lo es mi cielo. Queremos ayudarte.
¿Cariño, mi cielo? ¿Qué era esa forma de tratarme? O quizás estaba demasiado acostumbrada a que me
digan perra en la escuela ...
—Tía, no pueden ayudarme. —mi tono de voz la alarmó tanto que hundió su espalda en el respaldo del
sillón—Yo tengo que resolver mis problemas, no tú, tía. Siento ser tan dura con esto, pero mis problemas
son ¡mis problemas! —no quería gritarle, pero no me dejaba otra opción.
Dios, como me partía el alma ponerle los puntos. Ella estaba tratando de ser amigable conmigo.
—Lo entiendo. Perdóname, no quería entrometerme en tus asuntos, es que tu madre ...
—Mi madre me mandó aquí sin mi consentimiento, no protesté por el simple hecho de que ya no quería
molestar a mis padres. Comprendo que quieren tratar de ayudarme como si fuera una maniática violenta,
pero prometo comportarme y no meterme en líos si eso es lo que te preocupa. —entrelacé mis dedos
detrás de mi espalda para que no pueda verlos.
No me gustaba prometer en absoluto porque ni siquiera yo sabía si iba a cumplir mi promesa.
—Alia...— Fred se aclaró la garganta antes de seguir— quiero que sepas que no estás sola en esto. Somos
una familia y...
—Mi familia prácticamente me descartó y me mandó aquí Fred. —lo interrumpí de manera muy fría.
—No te ha descartado Alia. Simplemente ellos pensaron que esta opción era la mejor para ti. —dijo
Megumi.
—Me mandaron aquí para que ya no sea su problema. —corregí.
—Mamá...no creo que este tema nos lleve a algún lado.
—Estoy de acuerdo contigo Charlie. —asintió con la cabeza mientras contenía la mirada en el piso.
No quería que se sintiera mal, sino que comprendiera que, a mí por más que me den mil consejos de
cómo comportarme, no iba a cambiar en absoluto mi forma de ser con la gente.
Lo que iba a hacer, era tratar de no avergonzar a mi tía con mis actitudes.
Oh Dios, apiádate de mí.
—Tengo buenas noticias para ti Alia. —sonrió mi tía nuevamente y yo dejé caer mis hombros en forma de
alivio al ver que íbamos a hablar de otra cosa—El próximo lunes comenzarás las clases en el instituto
privado de Harbor Way.
—Maldición. —murmuré.
—¿Perdona? —dijo mi tía con el entrecejo fruncido.
—Quise decir... ¡Estupendo! — alcé mis brazos y aullé de alegría, claro, estaba fingiendo.
Pensar que comenzaría la escuela en un instituto privado y que de seguro llevaría un uniforme feo, me
daba nauseas.
—¿Me acompañas a cargarle gasolina a mi coche Alia? —preguntó Fred, con cierto entusiasmo.
—Pero no hemos terminado de hablar Charlie. —protestó su madre.
—Mamá, estará un largo tiempo con nosotros, luego le preguntas lo que quieras. —puso los ojos en
blanco y volvió a mirarme, esperando una respuesta.
Demonios, no quería estar a solas con él, pero no tenía otra opción, debía detener mi mala actitud.
—Vamos. —dije no sonando muy convencida.
Nos levantamos del sofá y Megumi me agarró por los hombros y me miró atentamente con una sonrisa
radiante.
—Me alegro muchísimo de que estés aquí, vas a ser como la hija que nunca tuve. —las últimas palabras
que dijo me produjeron un profundo escalofrió y mi estomago se encogió de repente.
¿Qué carajos, Megumi?
Me dejó ir y fui tras Fred sin ganas. Él día se volvió noche y los faroles de las calles iluminaban el asfalto.
Mi primo saco del garaje un Toyota Corolla de color n***o algo malgastado por los años.
—Sube. —dijo agregando un guiño de ojo.
Rodeé los ojos y fui directo hacia él.
Ya estando adentro del auto mi mirada se mantuvo al frente y no quise en ningún momento apartar la
vista de la calle porque Fred me seguía incomodando. Ya no tenía la misma confianza que en el
aeropuerto, algo me decía que era mejor mantenerme alejada de él.
—Quiero que conozcas a alguien. —dijo con cautela y lo suficiente serio como para que me sobresaltara.
—¿No vamos a la gasolinera? —pregunté con un pequeño pitido que salió de mi voz.
—Si, claro que vamos. —soltó ofendido.
—¿A quién me quieres presentar?
—Ya lo veras.
Aparcamos en la gasolinera cuando llegamos. Fred salió del coche para poder ponerle gasolina mientras
yo esperaba exhausta y aburrida.
De forma distraída, mis ojos viajaron al espejo retrovisor al ver una silueta masculina al final de la calle
que tenía la mirada fija en mí. Al principio creí que se trataba mi primo, pero me alarmé aún más cuando
me percaté que esta figura era más alta y más corpulento que la de él. Me volví hacia atrás para buscar a
Fred, pero éste se encontraba dentro del autoservicio de la gasolinera coqueteando con la cajera.
Maldito Fred, maldito, maldito.
La silueta se acercaba con cautela más y más al coche. Con los dedos temblorosos le puse seguro a la
puerta como si eso me ayudara de algo. Cerré mis ojos con mucha fuerza creyendo que sí los abría
devuelta, la figura desaparecería y comprendería que era producto de mi imaginación. Después de unos
segundos, los abrí en cámara lenta.
Lo primero que mi visión captó fue una cabellera anaranjada casi rubia, luego unos ojos verdes intensos
que me observaban como si tratara de ver mi alma y un cuerpo tan perfecto que cada musculo parecía
tallado a mano por algún Dios como si éste fuese hecho sólo para hechizar a las mujeres.
Era una lástima que estuviera cubierto por una remera blanca. Tuve que tragar más de la cuenta para que
mi saliva no sé rebalsara y se expulsara por la hermosa imagen que estaba viendo. Este joven se sentó en
el capot del auto sin sacarme los ojos de encima.
Me costaba muchísimo no apartar la mirada de él. Con dificultad salí del auto con la cabeza agacha para
que no se me notara nerviosa.
¿Desde cuándo me intimidaba un chico?
Con mucho valor y tomando más aire de lo necesario le dije:
—Bájate ahora, imbécil.
—No. —contestó, con voz fría y seca.
Odiaba con todo mi ser que me llevaran la contra y más un idiota que se resistía a bajarse del capot.
—Dije que bajes. —la timidez desapareció y la remplazó la ira.
Mis mejillas se sentían calientes y mis manos se convirtieron en puños contra mis muslos.
Soltando un suspiro que sonaba a derrota, bajó del capot y se acercó a mí, de un modo seductor. Yo
retrocedí y desvié mi rostro a un costado tratando de no mirarlo. Su perfume a hombre...
—Sigues siendo la misma terca de siempre. —negó con la cabeza mientras tenia los brazos cruzados.
Sin importarme, me volví para mirarlo de manera confusa.
—¿Disculpa?
—¡Thomas! —gritó Fred con una bolsa en la mano y con la otra saludaba a lo lejos mientras se acercaba a
nosotros.
Entonces aquel era el chico que mi primo me quería presentar...
—¿Qué tal Fred?
Se dieron un corto abrazo y los dos se volvieron hacia a mí.
— ¿Ya se presentaron? —preguntó mi primo con alegría.
— No.
— Sí.
Thomas y yo respondimos al unísono.
—En realidad la he visto unos segundos antes de que llegaras. —dijo él con una media sonrisa y sin
sacarme sus ojos de encima.
—Bueno los quiero presentar de todas formas. Alia, él es Thomas. Thomas ella es Alia. —los dos nos
miramos otra vez y en esta ocasión sentí que me ruborizaba sin motivos.
—Un gusto. —con un gesto de mano se inclinó, haciendo una reverencia con un sombrero imaginario.
—Yo no digo lo mismo —dije de mala gana—, vamos Fred, o Megumi se enojará.
—Qué manera tan descortés de decir "hola”. —murmuró Thomas.
—Cierra el pico. —mascullé ya perdiendo la paciencia.
—¿Y si me niego?
—¡Fred, ya vamos! —solté, irritada mientras hacía oídos sordos.
Me subí al coche cerrando la puerta con un fuerte golpe. Fred frunció el ceño por mi comportamiento.
Luego le dio a su amigo un abrazo de despedida y subió al asiento del conductor.
Cuando el coche arrancó, Thomas saludó con un gesto de mano que Fred le devolvió a través de la
ventanilla. Mi primo dirigió la vista a la carretera, pero yo no pude apartar la mía del joven. Thomas hizo
una especie de movimientos con sus manos como si jugara con una pelota invisible, con los ojos posados
en mí mientras el auto bajaba a la calle como una tortuga. No sé qué trataba de transmitirme, era como
si quisiera decirme algo. Luego se volvió y sé fue caminado con tranquilidad.
¿A qué venia eso? No me agradaba para nada.
Cuando llegamos a la casa, bajé del auto a toda prisa y abrí la puerta despacio. El aroma a carne asada
inundó mi nariz y pasé mi lengua por los labios, al instante me sentí hambrienta.
Mi tía salió de la cocina con un trapo en las manos mientras se las limpiaba.
—Justo a tiempo para la cena. —sonrió con orgullo y volvió a la cocina dando pequeños brincos de
alegría.
¿Está mujer tomaba pastillas de felicidonia?
La comida estuvo exquisita y muy bien preparada. Luego de la cena cada uno se fue a sus respectivos
cuartos y yo...al ático.
Cuando ya estuve acostada en mi cama traté de cerrar los ojos, pero yo los tenía como faroles
contemplando las estrellas. Era una vista preciosa y estaba frente a mí.
¿Qué estoy haciendo con mi vida? Esa pregunta nació de lo más profundo de mí. Las palabras de Fred
también me retumban en la cabeza cada dos segundos haciendo que cada vez odie más a la gente que
me rodeaba.
Tú no les gustas a tu familia Alia.
Al recordarlo por última vez, me atacó un estado de berrinche tan fuerte que comencé a destaparme,
alejando las sábanas blancas de mi cuerpo con patadas de furia. Cerré mis ojos obligándome a mí misma
a que dejara mis problemas a un lado y que me concentrara en dormir y soñar con cosas irreales. O
transportarme a un bosque donde allí encontraría la tranquilidad que me relajaría cada parte de mi
cerebro. Respiré hondo e inmovilicé mis músculos para que estos se dejaran de tensar.
Dulce sueños Alia...
Corría por el bosque con mi precioso vestido blanco, sin detenerme y sin tener noción de dónde iba, sólo
corría. Podía sentir la brisa chocar contra mi rostro y mis pies casi flotando sobre las hojas. Los árboles
danzaban por el viento cálido que los recorría y la luz de la luna se ocupaba de iluminar lo mejor posible a
la oscuridad que consumía a todo el bosque. Me paré en seco y tropecé cayendo de espalda contra el frío
suelo cuando a lo lejos, en una roca en forma de pico había un muchacho. El dolor de la caída era tan real
que solté un quejido de mis labios. El joven me observaba a los lejos a la defensiva, con las manos detrás
de sus caderas y su pecho al frente con posición de un escudo. La silueta del joven me parecía familiar y
tuve que achinar mis ojos para poder distinguir más la figura que se encontraba a varios pasos de mí. La
luz de la noche le iluminaba el cuerpo haciendo que este brillase intensamente. Me hacía recordar a
Edward Cullen por el voraz resplandor que consumía su cuerpo.
No pude evitar sonreír por la similitud de estos.
Atraje las piernas hacia mi pecho cuando el joven saltó de la roca y con paso apresurado venia por mí.
Cada vez que se acercaba trataba de ver su rostro, pero la oscuridad no me dejaba verlo. Sólo me permitía
ver su torso desnudo y unos pantalones rotos en la parte de las rodillas de color n***o y pies descalzos. El
sonido del crujir de las hojas iba aumentando cuando él se encontraba acortando nuestra distancia. Más
cerca, más cerca; pensé.
Me sentí expuesta y débil cuando él ya estaba delante de mío. Su pecho subía y bajaba como si le costara
hacerlo. Moría y deseaba tocar su cuerpo, su estómago, su pecho con mis mágicas manos. Traté de
levantarme, pero no podía. Luché otra vez, pero algo me lo impedía.
—¡No! —una voz potente y ronca cruzo mis oídos.
Levanté mi visión a donde se encontraba el joven, pero él ya no estaba.
—¡Necesito verte otra vez! —fue lo primero que dije cuando me desperté desesperada en el medio de la
noche.
El sol aún no había salido y los grillos cantaban en las penumbras. Salí de mi cama para ir hasta el
ventanal de forma circular. La vista panorámica del bosque era tenebrosa y desierta. Estaba segura de
que las almas en pena lo recorrían de forma libre y sin miedos. Suponía que eran las dos de la madrugada
y todos en Newport estarían durmiendo en sus respectivas camas, pero yo no estaba incluida en esas
personas. Fui hasta mi armario en busca de mi apreciado vestido. Con ese vestido soñaba cada noche y
soñaba despierta cuando necesitaba calmarme.
En la ciudad de Oregon los bosques y las reservas estaban fuera de mi alcance y nunca pude concluir mis
fantasías de cuentos de hadas, pero ahora que tenía un bosque a dos pasos de mí, haría mi sueño una
realidad. La gente diría que estoy loca al correr en el medio de la noche con un vestido blanco, pero no
me importaba. El que no arriesga en cumplir sus deseos, no arriesga su vida a lo fantástico.
Acaricié la hermosa tela del vestido blanco que había hecho a mano, bueno en realidad casi a mano. Lo
compré en una tienda de Internet y lo retoqué un poco, recortándole las mangas para dejar mis hombros
al descubierto. Era largo hasta los pies, con una hermosa cola por detrás. Brillaba cuando la luz le pegaba
en los pequeños diamantes falsos y le daba un toque más antiguo y sofisticado en la parte de la cintura.
Con cuidado, me lo coloqué, me quedaba a la medida y era perfecto. Fui hasta el espejo de la pared y
pinté mis labios de un color rojo intenso, dejé caer mi cabello sobre mis pechos mientras lo peinaba con
mis dedos.
Ahora si podía salir al bosque a descubrir las maravillas de él, pero lamentablemente tenía que saltar de
la ventana y caer con un salto de porrista.
Abrí la ventana levantándola hacia arriba y la trabé para que no se moviera. Con mucho cuidado deslicé
mi pierna a través del marco de la ventana exponiéndola afuera, luego deslicé la otra y me quedé sentada
allí mirando al suelo midiendo la distancia que tendría que saltar. Era lo suficientemente alto como para
que se me cruzara por la cabeza echarme hacia atrás y volver a la cama, pero una simple altura no me iba
a asustar. La luz de la luna no me ayudaba mucho porque los árboles la cubrían, así que tuve que esperar
a que mi vista se adaptara a la oscuridad antes de marcharme.
Posé mis manos sobre mis muslos y flexioné mis piernas dejándome caer al vació. Mi rostro se estampó
contra el frío césped y mis manos aún seguían hundidas en mis muslos. Me levanté con dificultad del
suelo y limpié los restos de pastos que se habían pegado al vestido y a mi rostro. Elevé mi mirada hacía
frente y me incorporé. Hice tronar mi cuello y me levanté el vestido para no tropezar con él cuando
caminara. Los árboles se veían como monstruos, pero sólo la noche los disfrazaba así para que los
humanos les temieran y nadie se atreviera a cruzarlos.
Comencé a caminar lentamente con la vista posicionada en el bosque. Los dedos de mis pies acariciaban
el césped y a cada momento sentía pequeños cosquilleos en él. Cerré los ojos para saborear la sensación
de la oscuridad. El clima era cálido y me alegraba no llevar abrigo. Tenía ganas de gritar mi nombre y
atraer la atención del mundo entero. Quería en especial llamar a las personas que tuvieran el mismo Don
que el mío, con las mismas capacidades de poder mover cosas sin tener contacto físico. Nunca lo
consideré un poder, sino un Don, nací con él y moriré con él. Haciendo con él lo que se me venga en gana
y sin darles explicaciones a nadie.
Me posicioné frente a un árbol y toqué su firme corteza. Ya era hora de sumergirme en el bosque. Ya era
hora de sumergirme en mis fantasías y deseos.
Comencé a correr con velocidad con mis manos libres en posición de vuelo. Saltaba sobre algunas raíces
de los árboles y corría sin dirección alguna. Era libre hasta de mí misma.
Corre más rápido, la voz de mi subconsciente me gritaba en forma de aliento.
La neblina cubría como sabanas a los árboles del bosque, mi respiración era liviana y me sorprendía que
no me sintiera agotada. Todo se sentía al igual que en mis sueños, como una liebre y como un tigre a la
vez. Mi cabello flotaba en el aire y se levantaba las veces que eran necesarias saltar sobre las raíces. No
sabía cuántos metros tenía el bosque para que pudiera seguir corriendo, pero no me fijaba en eso, sólo
me importaba correr y sentirme libre.
Una piedra sin que la hubiera visto se interpuso en mi camino y no tuve tiempo de detenerme y tropecé.
Toda mi mente se nubló y mi cuerpo rodó e impactó sobre algo que no puede distinguir si se trataba de
un árbol o de una roca. No podía abrir los ojos y me sentía débil, traté de levantarme, pero fue imposible.
Me dolía todo el cuerpo y me ardía. Estaba sola en el medio de la nada y casi inconsciente, mis piernas no
respondían y mis brazos iban por el mismo camino. Mi boca se sentía seca, balbuceé palabras
incoherentes, pero eso me provocó un dolor terrible en la garganta. Mi cabeza funcionaba a mil por
segundo y estaba segura de que iba a estallar. No había nadie quien me ayudara, estaba sola, como
siempre lo estuve.
Siempre sola.
—Mierda. —se escuchó una blasfemia de una voz familiar lejos de mi alcance y varios pasos se
escucharon aproximándose hacía mí.
Unos brazos fuertes me sacaron del frío suelo y mi rostro encajó en un pecho inmenso que respiraba con
dificultad, mis ojos estaban pesados y no podían abrirse, pero el contacto con esa persona podía sentirla
y era inexplicable la familiaridad del mismo. Por un momento se me vino a la cabeza que era Fred, pero
vuelvo a repetir, el cuerpo de él es algo debilucho. Quizás era..., no pude ni siquiera continuar analizando
de quien se trataba ya que lentamente me fui adormeciendo.
Mi espalda estaba cómodamente sobre algo suave y caliente, suponía que era una manta de terciopelo,
de a poco mis ojos se fueron abriendo.
Lo primero que vi fue el intenso color de una fogata que me cegó por momentos, luego cuando mi visión
se estableció, vi unas ollas al rededor del fuego. El aire frío me estremecía y eso me hizo saber que aún
seguía en el bosque.
—No te muevas. —una voz de advertencia me hizo sobresaltar tanto que traté de preparar mis piernas
para salir corriendo del lugar en donde permanecía acostada.
Mis ojos viajaron en busca de la voz del hombre y los abrí como pantera en caza cuando lo encontré.
Thomas estaba sentado en un tronco frente a la fogata mirándome fijamente con unos ojos sombríos y
casi voraces. Reconocí al instante que era él por su melena naranja y sus intensos ojos verdes. Mi cuerpo
respondió a mis suplicas de levantarme y me apoyé en mis codos, y lo miré a través de las chispas que
carraspeaban en el fuego.
—Por un momento creí que eras un ángel herido en el medio del bosque, pero por desgracia eras tú.
—dijo con voz sarcástica mientras bebía una botella de cerveza.
Si no hubiera salvado mi vida ya le estaría hundiendo su cara en el fuego.
—¿Qué hago aquí? —pregunté con voz ronca y tuve que tragar más de una vez para que mi boca deje de
estar tan áspera.
—Eso mismo me pregunto yo. —apuntó con su botella mi vestido y ahogué una exclamación al ver que
estaba lleno de barro y tenía algunas partes rasgadas como si me hubiera atacado un león.
—No te incumbe. —me levanté rápido y eso me provocó una jaqueca tan fuerte que tuve que
sostenerme de un árbol que se encontraba a mi alcance.
—Puedo suponer que vienes de una fiesta de disfraces y que de camino a casa te has perdido—se
encogió de hombros y volvió a llevar el pico de la botella a su boca.
—Llévame a casa. —más que una súplica fue una exigencia.
Miraba a mi alrededor y no sabía en qué dirección ir.
Se echó a reír mientras que negaba con la cabeza.
—Di por favor y no tendré ningún problema en llevarte.
Pensé que estaba bromeando, pero en la forma en que me miraba supe que no.
—Por favor. —dije de mala gana, mirando al suelo.
—Mírame cuando lo dices. —se levantó del tronco y vino hacia mí.
Estaba tan cerca que pude sentir su olor a alcohol mezclado con perfume de hombre.
Por más raro que sonase, era la primera vez que un chico me intimidaba de esa manera.
Posó su dedo en la parte baja de mi mandíbula y la levantó con cuidado hasta que mis ojos verdes se
encontraron con sus preciosos ojos. Su roce con mi piel me produjo un escalofrió en el vientre. Oh por
Dios, creo que el golpe me había afectado muchísimo para que lo encontrara tan atractivo. Mordí mi
labio y entrelacé mis manos para tratar de expulsar los nervios que me provocaban mirarlo.
—Dilo—dijo con un hilo de voz.
—Por favor llévame a casa, Thomas—esta vez le supliqué de una manera dulce y lo suficiente sensible
como para que me llevara lejos de allí y así poder volver a mi cama, de donde nunca tendría que haber
salido.
Me sentía estúpidamente humillada por la manera en la que me encontraba vestida y con mi cabello
todo despeinado, seguro me veía como una bruja vieja y azabache. Yo no me consideraba una chica
bonita, pero a pesar de todo, quería verme como una arreglada para alejarme de las burlas de los demás.
Thomas recorrió mi rostro con sus párpados semi cerrados, como si quisiera tomarse su tiempo para
memorizarme o algo así. Definitivamente, los golpes me habían afectado lo suficiente como para que
empezara a delirar.
—Vamos pequeña. —susurró, dejándome un casto beso en la frente.
Esa muestra de afecto casi me hizo romper en lágrimas.
Apagó él fuego lanzándole un balde de agua y levantó la manta que estaba extendida en el suelo. La
colocó sobre mis hombros después de sacudirla y cubriendo mi cuerpo para protegerme con ella.
Sabía que no tenía que confiar en un desconocido, pero si trataba de pasarse de la raya no tendría ningún
inconveniente en mostrarle lo que podía hacer con mis deliciosas manos.
Caminábamos en forma silenciosa mientras se oía sólo a los grillos cantar y veíamos las luciérnagas rozar
nuestras narices mientras volaban en forma ligera y tranquila. Las rodillas me ardían y cada musculo de
mi cuerpo se sentía hinchado y pesado. Me sentiría fatal por la mañana.
Thomas rompió el silencio.
—¿Me contaras qué haces a estas horas de la noche en el medio del bosque? —preguntó, en forma
serena.
—No.
—¿Por qué no? —insistió.
—Porque no.
¿Qué le diría?; corría por el bosque tratando de representar mis sueños y una estúpida roca se interpuso
en mi camino y ¡puf!, tropecé y casi me he partido el cuello en dos.
—Tu vestido es anticuado. —en cuanto lo escuché, puse mis manos como puño para evitar no golpearlo
en la cara.
—Estaba precioso antes de que se rasgara con la caída. —dije fríamente, viendo mi vestido detrás de la
manta.
Tendría que cocerlo otra vez y tratar de salvarlo, maldita sea la hora que esa piedra me hizo tropezar.
—Tienes heridas profundas en las piernas, ¿no te duelen? —con voz de preocupación me miró
impaciente y sorprendido al no notarme adolorida.
¡Por supuesto que me dolía!, pero como sabrán, no expongo mi sufrimiento.
—No, no siento nada. —mentí.
—Pues, no te creo. —soltó con sequedad.
—Es tu problema si no me crees.
—Como quieras. —se encogió de hombros y comenzó a caminar un poco más rápido.
—¿Vives en el bosque? —pregunté fingiendo que no me importaba, pero sí, me importaba.
—Eso no es asunto tuyo. —dijo con voz cortante.
—Quiero saber. —insistí.
—No puedes saberlo todo, Alia. —me reprochó.
—Sí, sí yo quiero sí. —no me iba a quedar con los brazos cruzados, me interesaba saber quién era él,
saber de qué vive y cómo puede ser tan lindo, y tan rudo a la vez.
¡Maldita roca!
—Eres la persona más irritante que conozco. —dijo, exasperante.
—Y tú eres la persona con más secretos que he conocido. —dije, soltando un suspiro ruidoso.
—Todos tenemos secretos en nuestras manos ¿No, Alia? —se paró en seco y se volvió hacia a mí con una
ceja arqueada.
Cuando abrí la boca para decir algo, simplemente me conformé con cerrarla, no me apetecía darle
explicaciones que no entendería. Por primera vez en mi vida agaché la cabeza mirándome las manos.
Pero sus palabras dejaron un doble sentido cuando dijo: "Secretos en nuestras manos". Las sospechas de
que ocultaba algo comenzaron a advertirme de que algo andaba mal, él sabía algo que yo no sabía.
—Eres muy hablador. —solté con una mueca nerviosa.
—Sólo hablo con las personas correctas. —una preciosa sonrisa se le estampó en los labios y siguió
caminando.
—¿Soy una persona correcta? —pregunté, sin entender, vaya sorpresa, nunca entiendo nada.
—Con tan sólo mirarte, supongo que lo eres.
—No puedes decir eso de las personas que apenas conoces — Fruncí el entrecejo.
—Yo te conozco lo suficiente, Alia. —me volví para verlo y él tenía el gesto confuso, como si se
arrepintiera de lo que había dicho.
—¿Puedes ser más específico?
—Olvídalo. —dijo con rudeza.
—No, no lo voy a olvidar, ¿me conoces? insistí.
—Ya llegamos a tu casa. —levantó la barbilla para apuntar la casa de Megumi y parpadeé varias veces
para ver si era la vivienda correcta.
Me sorprendí de lo rápido que habíamos llegado. Después de todo lo que corrí no estaba tan lejos de lo
que pensé.
—Me debes una respuesta—me crucé de brazos esperando a que salga algo inteligente de su hocico.
Me quedé helada cuando se me acercó dándome un casto beso en la mejilla, su simple a cercanía hizo
despertar las mariposas que se encontraban dormidas en mi panza haciendo las revolotear dentro de mí.
Beberé agua hirviendo para quemarlas lentamente y hacerlas sufrir, quebrando sus alas y su diminuto
cráneo para que mueran, mueran y ¡mueran!
Thomas se sumergió en el bosque dejándome parada aquí, con mi vestido rasgado cubierto por una
manta y mi cabello hecho polvo, pero sobre todo estaba sana y salva.
Él era mi héroe.
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Hola, soy Florencia Tom, escritora de este libro y quiero agradecerte por quedarte enganchada con este capitulo. No te olvides por favor de darle un corazoncito y compartir esta historia con aquella persona que quiera sentir lo mismo que tú!¿Quieres continuar leyendo esta historia?¡Desliza hacía abajo y continua disfrutando de esta historia!¡No olvides visitar mi perfil y encontrar nuevos libros escritos por mí!¡Beso grande, te quiero!