Elizabeth se sentía completamente pasmada. Sus manos hormigueaban y las lágrimas estaban secas en sus mejillas. El dolor que había sentido ante la mutilación de su dedo era menor al dolor que sentía dentro de su corazón. No podía creer lo que estaba viendo. Las manos que ella siempre había cuidado y protegido tanto, habían sido ultrajadas por ese hombre en un momento. Y se trataba del padre de su novio. No había recibido bocado desde hacía dos días. No podía comer y realmente había preferido aceptar un antibiótico antes que algo de comer. En ese momento lo que le asustaba de sobremanera, era que pudiera tener una infección en su mano y luego tuvieran que quitársela. Claro, si lograba salir de ese lugar, que realmente era algo complicado. Por otra parte, había pensado bastante en su jefe

