Elizabeth suspiró mirando su reflejo en el agua que quedaba dentro del vaso. Llevaba esperando algunas horas y lo sabía porque ya había contado más de cuatrocientos segundos y nadie aparecía en ese lugar. Con precaución, tomó del vaso de agua y bebió el último sorbo que quedaba. Su garganta nuevamente se había secado y ya no tenía más de la bebida. Había estado racionándola, pero claramente no duraría para siempre. — j***r —musitó. Se sentía exhausta y no podía ni siquiera cerrar los ojos. Si los cerraba, podría ser que no volviera a abrirlos. Recordó nuevamente a Paulo y concibió un hueco en su estómago. Aún tenía las palabras de aquel hombre metidas en la cabeza y no entendía el por qué. Sintió cómo la puerta de la entrada se abría e inmediatamente comenzó a gritar: — ¡Agu

