Elizabeth abrió los ojos y observó a su alrededor. Estaba rodeada de sacos de boxeo y ella estaba amarrada a una silla en el centro del cuarto. No había mucho espacio y su cuerpo estaba mal acomodado, generando que tuviese un dolor en la espalda baja significativo. Le dolía demasiado la cabeza y podía distinguir pequeñas gotas de sangre en el suelo, lo que significaba que esta herida. Y le preocupaba. Porque nunca había pasado por eso y ahora no sabía qué hacer. No tenía a Liam, no tenía a Dante y no tenía a Paulo. Al último nunca lo había tenido. O no estaría en esa situación. Ella le había rogado para que la protegiera y había estado dilatando tanto el proceso que había terminado en aquel cuchitril, sin contacto alguno con el mundo exterior, a espera de morir asesinada o por hambre. —

