Estados Unidos
/Desierto de Mojave/
Adara
Tres años después...
El sol del desierto quema mi piel bajo el traje que porto con todo mi equipo. La frente me suda y retiro todo con un trapo fijando mis ojos en la pantalla para seguir con mi trabajo.
Estaba junto una montaña usando mis técnicas de camuflaje para esconderme en una especie de casa abandonada con algunas tablas como techo y piso sin ninguna pared. Afortunadamente pude acomodar todo los aparatos que traía de una forma en la que puedo guardar todo muy rápido después de cumplir con lo por lo que he venido.
Le hecho un vistazo a la pantalla frente a mí para confirmar que no hay movimiento a mi alrededor desde una distancia mínima para detectarla. Me giro buscando mi botella de agua y me la bebo de golpe sintiendo mi garganta seca.
En cualquier momento pasaría Franco Rivera, uno de los médicos que me atendía cuando estaba con los australianos.
Después de escapar huí con mi hijo y Diego a otro país para recuperarnos cien por ciento porque aunque estábamos mejor, no estábamos bien del todo. Mi hijo estaba presentando problemas por la producción de Interitus en su cuerpo, todo se puso n***o cuando le daban ataques de ira siendo tan pequeño. Estuvo enfermo por dos años completos, yo no descansaba y lo único que hice fue estar a su lado sin importar mis condiciones porque yo tampoco me encontraba muy bien.
En eso dos mismos años Diego le dedicó todo su tiempo, no era cuestión de medicamento o tratamiento, era cuestión de tiempo y adaptación para que él estuviera bien aunque me doliera ver como lloraba y gritaba desesperado.
¿Fue difícil hacerme cargo de él?
Por supuesto que sí. Como bien dicen: nadie nace sabiendo. Y eso lo confirmé en esa etapa de nuestras vidas. El estrés de verlo enfermo me consumía, no dormía para velar su sueño, tratarlo y cuidarlo como cualquier bebé lo necesita fue totalmente un reto. Afortunadamente no estuve sola y recibí la ayuda de Diego y de todos en la casa que se había convertido en mi hogar, pero evidentemente la angustia y el desespero no podía quitármelo nadie.
Después de esos tiempos inicié con mi entrenamiento. Tenía literalmente años sin hacer nada de mi antigua vida y necesitaba una actualización urgente de todo lo que sabía antes y conocer cosas diferentes que me servirían en todo mi plan.
Mismo que iniciaba en este momento.
—Movimiento a tres kilómetros del lado sur.
La voz de la pantalla me obliga a girar y a acercarme para ver la imagen satelital donde puedo ver perfectamente como tres camionetas levantan grandes nubes de polvo por la velocidad a la que vienen.
—Objetivo presente, Adara—informa la voz robótica.
La imagen de la pantalla cambia enseñándome a Franco dentro de la camioneta de en medio mientras las otras dos van frente y detrás para "protegerlo" de las amenazas que se puedan presentar en el camino. Escanea detalladamente su rostro y se ilumina de verde cuando sus rasgos concuerdan, además, me muestra una larga lista sobre su información.
Son once hombres los que lo custodian con el objeto de llegar a Las Vegas cruzando este desierto. Lástima que les tenga que arruinar la fiesta tan pronto.
Franco Rivera...
Es médico en la Organización Australiana, él junto con su equipo se encargan de revisar a los ejecutores para su rendimiento. Es la mano derecha de Cox y uno de los más interesados en conseguir el Interitus. Entre los dos me sometieron a un sin fin de pruebas para extraerlo. Ni si siquiera hace falta mencionar lo doloroso que fue eso.
Levanto la mirada de la pantalla y puedo observar el polvo y las camionetas que se acercan por el camino que sabía que tomarían.
Me preparo tomando la bazuca que está lista para ser usada y desatar el desastre. Me la coloco sobre el hombro y enfoco el último auto para después disparar el proyectil que arrasa con él envolviendolo en una nube de fuego que acaba con la vida de esos hombres.
La camioneta en la que va mi presa se impulsa por el impacto y choca contra el auto de enfrente. Tratan de detenerse pero no lo suficientemente pronto para esquivar y evitar la cadena de púas que crucé de extremo a extremo sobre el camino de tierra, mismas que se encajan en las llantas y detienen bruscamente su andar.
Me pongo la máscara que hace juego con mi traje y tomo la M4A1 en mano para salir de mi escondite y acercarme al desastre que provoqué. Al estar a la distancia de doscientos metros la descargo soltando setecientos disparos por minuto que hacen que los hombres del primer auto se escondan del ataque mientras los hombres del segundo me regresan las balas para proteger a sus compañeros.
Sueltan balas que pasan cerca de mí cuerpo pero ninguna llegando a su objetivo. Yo, por otro lado dejo marcas en la camioneta sumamente blindada. Desvío el arma a los cristales y los destruyo en segundos acercándome lo suficiente como para ubicar el tanque de gasolina e irme contra a él para después, explotar y hacerle compañía al tercer auto.
De los once hombres de seguridad que Franco traía sólo quedan tres y están pidiendo ayuda por el radio de mano detrás de la camioneta mientras tratan de tranquilizar al paranoico y cobarde de Franco. Soy testigo de cómo enfocan sus pequeñas armas en dirección al auto que arde en llamas esperando mi siguiente movimiento mientras yo preparo la Granada de mano quitando el seguro y lanzando en el aire para después aterrizar justo en sus pies.
—¡Corran!— grita un hombre y seguido explota haciéndolos volar en el aire.
Observo como se ponen de pie y salgo haciéndome notar causando que me apunten.
—Entreguen a Franco Rivera— hablo, con la voz totalmente distorsionada por los efectos de la máscara.
—¿Quién eres?— alza la voz el que parece ser el líder.
No contesto, me mantengo en mi lugar sin mover un solo dedo pero con los ojos puestos en el hombre que me mira con miedo absoluto.
—¡Sí no dices quién eres y no te quitas la máscara vamos a disparar!— grita y toma con fuerza el arma cuando doy un paso hacia ellos.
—Entreguen a Rivera— repito y se enoja.
—¡No te acerques!— suelta una bala que impacta en mi hombro derecho.
Apenas me mueve y regreso mi vista fija a él mientras sus manos tiemblan alrededor de la pistola que le vuelo de un golpe. Trata de darme un puñetazo pero tomo su puño en el aire y doblo su muñeca provocando que se doble hasta el suelo con un grito de dolor. Lo suelto lanzadolo lejos de mí y otro de los hombres se me viene encima lanzando golpes en todas direcciones pero nunca me lastima. Levanto mi pierna izquierda propinadole un golpe duro en el abdomen dejándolo sin aire para después girar en el aire y voltear su rostro con una patada.
El tercer hombre deja de custodiar a Franco y se acerca corriendo para tumbar mi cuerpo, pero cuando está cerca me agacho esquivando su puño y tomándolo de la cintura para impactarlo con fuerza contra el suelo. Saca el arma que trae en el cinturón y deja salir la bala que roza mi oreja cuando me muevo sobre él. Me regresa el golpe en el abdomen y me lanza hacia atrás, se arrastra por el arma que está a un metro de él y antes de que me dispare tomo su muñeca alzando el arma que deja escapar dos tiros hacia el cielo.
Forcejeo con él y en un movimiento rápido me saca la máscara dejando mi rostro al descubierto, mi cabello cae sobre mi espalda y hombros y mis ojos conectan con Franco que me mira petrificado en su lugar totalmente pálido. De reojo veo cómo sale detrás del auto para después salir corriendo a la nada en medio del desierto. Jalo el brazo del hombre que pelea conmigo apuntándole a Franco para después dispararle directo en la pierna, cae ahogando un grito de dolor arrastrándose como si pudiera llegar muy lejos.
Le pongo punto final al hombre que se mueve llevando su propia arma a su cabeza para después enterrarle una bala y dejando caer su cuerpo alarmando al hombre que se arrastra y llora aterrado.
Con la misma arma me acerco a él desesperandolo con mis pasos, llego a su lugar y le doy una patada en las costillas que lo obliga a girarse. Tiene el rostro sudado, lleno de tierra y la pierna sangrando.
—Cuánto tiempo sin verte— cargo la pistola y empieza a gritar.—Parece que has visto a un fantasma— sonrío.
—¡No me hagas nada!— llora y retrocede.
Doy un paso a él y le piso la herida haciéndolo gritar de dolor.
—Eras muy valiente cuando no podía defenderme— digo con tranquilidad ejerciendo más fuerza.
—¡Por favor!— lloriquea.—¡Te lo suplico Adara! ¡Déjame!
—Te lo suplico— repito y me agacho para tomarlo del cabello y jalarlo para que me vea a los ojos.—Yo también supliqué— le doy un puñetazo que lo regresa al suelo.
—Y los mismos gritos que estás dando también los di yo y nadie tuvo piedad de mí.
—Es estúpido preguntarte por qué haces esto— escupe sangre cuando le meto otro golpe en el rostro y me mira desde abajo.
—Lo más sorprendente es el hecho de que estés viva y todos lo van a descubrir tarde o temprano.
—Exacto, el mundo entero lo sabrá— le apunto desde arriba mientras sigue suplicando.—Y cuándo eso pase la guerra será iniciada. Lástima que no estarás para verlo.
—Por favor...— suplica en un susurro lleno de miedo y esperanza.—Déjame y no diré nada.
—La cacería ha iniciado.
—¡No...!
Le disparo por todo el cuerpo descargando el arma para después concluir con una bala entre las cejas para acabar con su vida. Dejo caer la pistola a lado de su cuerpo y me alejo de él viendo como los zopilotes han llegado para comer. Recojo la máscara que me quitaron y camino hasta la casa donde tengo mis cosas para guardarlas y salir de ahí.
—Franco Rivera, eliminado— informa la voz robótica que se ha convertido en mi compañera en todo esto.
Cuando estoy lejos oprimo un botón y esta se hace pedazos eliminando cualquier pista que me delate.
Para todo hay tiempo y todavía no pueden saber que estoy viva. El momento en que se sepa llegará en la hora y en el día indicado.
Desaparezco del desierto con dirección a Las Vegas llegando a un hotel dónde me espera una reservación con un nombre falso. En ese mismo hotel hay un enorme casino donde van los hombres más ricos del país. Ese lugar tiene una muy buena reputación y es el favorito de todo los millonarios tanto hombres del país como extranjeros.
La verdad es que he hecho una visita doble en Estados Unidos. Primero ubiqué a Franco Rivera rastreandolo hasta cruzarme en su camino en el desierto. Y ahora, mi segundo objetivo se encontraba hospedado en ese mismo hotel.