Capítulo 6

2143 Words
Canadá /Ottawa/ Liam —Mi gobierno seguirá y ustedes no podrán hacer nada— sentencio con voz gruesa. Todos en la extensa fila que crea la mesa de madera me miran con recelo. Zopilotes carroñeros que andan buscando migajas de poder en este año por la actualización y reforzamiento del sistema de la Sociedad. Cada década los clanes proponen a un nuevo líder de cada país. Dicho candidato tenía que ser descendiente del actual líder, después se llevaba ante la corte del linaje aquí en Ottawa y se hacía un trato para que permaneciera fiel y leal a la sociedad. Ese día había llegado y todos habían presentado al siguiente sucesor. Yo, como líder mayoritario no tenía obligación de quitarme de mi puesto, pero si así se requería no podía hacer nada. —No puedes reelegirte— protestó uno de ellos. —¿Por qué no? Soy el jefe de todo y puedo hacerlo las veces que yo quiera— contesté con veneno. —Va contra las reglas. Eso es... —¡Las reglas vienen de la casa Trembley!— lo interrumpo, con la ira creciendo en mi pecho. —Así que no vengas a querer enseñarme las reglas porque soy lo suficientemente poderoso como para crear un nuevo sistema y echar este a la basura. Se queda callado, deja sus labios en una fina línea conteniendo el disgusto, sabe que es inútil que discuta conmigo. —Los demás países tienen la obligación de presentar al siguiente líder— informé. —Descendientes de su sangre. Hermanos o incluso terceros, pero de sangre. La mayoría había presentado a sus sucesores en reuniones anteriores, y en esta, había unos cinco. Todos del género masculino. —¿Y qué harás cuándo debas dejar tu cargo?— preguntó otro del grupo, interesado en el trono Trembley.—No tienes hijos varones. —Pero tiene a Béatrice— saltó Enrique en mi defensa.—Es sangre de su sangre. Su próxima heredera. —¿Bromeas Anderson?— lo miró incrédulo. —Jamás se ha aceptado a una hembra en esta mesa— la señaló.—Sería deshonrar a nuestros antepasados. —Ella es la siguiente...— argumenta mi amigo. —¡Y las reglas dicen lo contrario!— explota. El imbécil tienen razón. Una de las reglas principales es no permitir que ninguna mujer lídere en esta sociedad. No puede ser dueña de un clan por muy hija mayor que sea, si tiene un hermano menor, él será ascendido. Es una regla que se ha permanecido por siglos, desde el inicio de esta sociedad creada por los canadienses y los segundos países más poderosos, entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, Alemania, Turquía y Los Emiratos Árabes Unidos. De ahí en adelante los niveles bajan dejando interiormente a los demás. Y Canadá, es el País principal. —Falta mucho tiempo para que me puedan derribar— hablo.—Y que tenga o no tenga tenga un hijo varón no es asunto de ustedes. —Pero claro que lo es. Imagina que en el futuro nos hagas falta... —¡Aquí estoy yo!— alzo la voz en un rugido que carece de paciencia y amabilidad.—¡Yo soy el presente y ninguno de ustedes tiene derecho a definir mi futuro y mucho menos de mi gobierno! —Nosotros sólo nos preocupamos por tu integridad e intereses, Trembley— habló otro, poniendo en juego su estúpida cabeza.—Nos ansia saber quién será nuestro Rey. —Y lo sabrán a su tiempo. Cuándo eso sea necesito será mi heredero quién esté en esta silla. —Ni tan siquiera tienes una Reina— habló el hombre del principio.—No tenemos a nuestra majestad, y sí ELLA no está declarada como nuestra Reina, ¿Quién te dará tu heredero? De inmediato mis recuerdos viajan a Adara, cuándo la presenté en este mismo Linaje ante todos informando que ella era la Reina de la Sociedad, y tiene razón, estoy jodido por dónde quiera que busque. A Béatrice no la aceptarían de ninguna manera por ser mujer, y aunque fuera hombre tampoco tendría posibilidades de entrar al jugo por el simple hecho de que Anna no es mi esposa y mucho menos mi Reina y tampoco estaba dispuesto a tocarla después de años como para conseguir un varón, pero eso no cambiaría el hecho de que no era mi mujer. Sí bien, tenía que poner a un hijo en este trono, pero no lo tenía, podría poner a un familiar en él, dónde ese familiar formara su familia y diera más descendientes. Pero también estaba jodido porque mi única hermana era Leila y evidentemente una mujer. Fernando sería mi otra opción sino fuera porque está muerto y no dejó ningún hijo. Mi tía Wendy tampoco, y mi padre y mi abuelo ya no tenían derecho a subir al trono se nuevo. Ante esta situación estaba destinado a la extinción en unos años más. No estaba dispuesto a buscar a otra mujer porque la única que quería y que en realidad amaba no estaba en este mundo. Adara tenía tres años muerta, me había encargado de visitar su tumba cada año y mantenerla limpia. La mujer que quería estaba bajo tierra y por nada del mundo pondría mis ojos en alguien más. La forma en que murió me llenó de impotencia al enterarme de lo que había pasado. Odié a la OANS cómo nunca por ni haberme avisado. Yo hubiera quemado el mundo entero, lo hubiera destrozado volviéndolo cenizas, hubiera teñido de rojo todos los mares y el cielo sería un infierno. Me odié por eso, porque prometí estar para ella y había estado viviendo en la ignorancia. Pero ahora no había nada que hacer, no podía traerla de vuelta a la vida y eso me había vuelto loco en el primer año. Estuve irreconocible, no salía de mi casa, no me gustaba la compañía de nadie, tan sólo el sonido de la voz de las personas era necesario para perder el juicio y someterme a un ataque de ira que me hacía destrozar todo. Entrené demasiado matando toda esa energía oscura que cargaba, mis músculos eran más grandes, más tensos y definidos. Mi cuerpo era ancho y gigante en comparación con los demás hombres. Me había convertido en una bestia irracional e inhumana. La reunión siguió, y mientras mi abogado se encargaba del papeleo para los nuevos líderes. Bebí de mi vaso con whisky mirando como ellos firmaban ante todos los acuerdos, responsabilidades, derechos y reglas para después ser marcados como vacas bajo la clavícula derecha con un fierro caliente. Dicha marca era una P mayúscula, en ella se encontraba una S enrollada en ella como si fuera una víbora venenosa y letal. Sociedad del Poder. Eso significaba. Así le dábamos la bienvenida a los nuevos, de ahora en adelante los antiguos líderes serían ajenos a este Linaje y su presencia, nombre y apellidos sería inmortalizados en una enorme habitación dónde se encontraban cuadros de todos los líderes pasados, generaciones de hombres poderosos por todo el mundo. Ahí estaba mi padre y mi abuelo, estaban todos lo hombres Trembley en la cima, adornando la pared. Cuándo todo terminó y la reunión se declaró finalizada, me retiré de ahí ajustando mi saco de mi traje antes de subir a la camioneta que se puso en marcha hacia mi mansión. Cuándo llegué lo primero que capté fueron las pisadas de unos zapatos de tacón y el olor dulzón de una fragancia femenina que me causó náuseas. La cabellera rubia de Anna salió del pasillo, traía puesto un vestido ajustado al cuerpo color n***o, este se pegaba a sus caderas de una forma provocadora pero elegante. Años atrás me hubiera provocado deseo, le hubiera arrancado el vestido y la hubiera follado en dónde sea, pero ella no era... Adara. Porque desde que la había conocido sólo deseaba y suplicaba su cuerpo contra el mío... y joder, no había vuelto a tocar o mirar a otra mujer con intensiones lujuriosas después de ella. —Me da gusto verte— se acercó moviendo sus caderas. De inmediato supe que quería seducirme, siempre lo intentaba y siempre la rechazaba pero al parecer no se rendía. Asentí a su dirección y pasé por su lado haciendo una mueca cuando su perfume golpeó mi nariz. Sentí sus pasos cuando entré a mi despacho y mi sorpresa y disgusto fue notable cuándo miré a Béatrice sentada en mi silla jugando con sus movimientos. —¡Papá!— gritó y se bajó para correr a mí y abrazar mis piernas. Giré a ver a Anna con cara de pocos amigos. Sabía perfectamente que nadie tenía permitido entrar a esta habitación sin mi permiso. Bajé mi cabeza para mirar su melena rubia igual a la de su madre, alzó la cabeza y me sonrió con ojos brillosos. —¿Qué tal enana?— Bajé y la tomé en brazos permitiendo que me dé un abrazo por el cuello para después entregársela a su madre. —¿Cenaremos juntos esta noche?— preguntó con voz infantil. —No lo sé. Tengo mucho trabajo— fui a mi silla y me senté. Anna se acercó y paró a Béatrice sobre mí escritorio. —¡Pero hoy es cumpleaños de mamá!— chilló y mis oídos zumbaron ante el irritante sonido de su voz.—¡Debemos a acompañarla! Miré a Anna y esta me negó la mirada. Sabía lo que intentaba. Y eso me enojaba. Demasiado. —¿Entonces?— preguntó de nuevo la niña, insistente.—Ven a comer pastel con nosotras y la abuela. —No puedo. Sus ojos se llenaron de lágrimas ante mi respuesta negativa y soltó el llanto explotando en la habitación. Era muy terca y berrinches era su segundo nombre. Lo admito, en parte eso era culpa mía porque desde que nació yo satisfacía todas sus necesidad y todos los caprichos junto con mi madre.Porque aunque no convivía con ella y no tenía una sólida relación padre-hija, me había encargado de darle todas las comodidades a ella y a su madre sin importar cuanto gastaba. Anna, al ver mi disgusto por el llanto de Béatrice salió llevándosela a no sé dónde para después regresar sola. Se quedó recargada en la puerta mientras yo me concentraba en unos papales. —Sabes que odio cuándo intentas manipularme a través de Béatrice— dije con tono serio sin mirarla. —La llamas por su nombre— expresó con amargura. —Porque lo tiene. —Es tu hija. Una punzada se extendió por todo mi pecho hasta llegar a mi mandíbula causando tensión. —No cambies el tema. —Yo no hice nada— se defendió y caminó hasta inclinarse hacia a mí sobre el escritorio darme una vista de su escote. Su perfume me desagradó de nuevo y cuándo quiso tocarme tomé su muñeca con fuerza provocando una mueca de dolor en su cara. —Sé lo que intentas y no lo vas a conseguir. —¿Según tú qué intento?— su mirada cambió por completo. Esa misma mirada me la daba cuándo quería que la follara. Solté su muñeca y me puse de pie obligándola a ponerse recta en su lugar. —Hagas lo que hagas jamás tendrás mi atención de nuevo— tensó la boca y me fui a la puerta para invitarla a la salir.—Sal. —¿Por qué te niegas a mí? Si antes tú me deseabas... —Antes— repetí.—Hace mucho. Ahora no. Sal. Se negó y mi paciencia llegó a su límite cuándo se bajó los tirantes del vestido dejando libres sus pechos. Me negué a observarlos y mantuve mi vista en sus ojos cuándo me acerqué a ella con la mirada oscura de coraje. —Lárgate— dije entre dientes, subiendo los tirantes con rudeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver que no reaccioné de la forma que ella quería. Pero era la única que iba a recibir de mi parte. Indiferente, molesto y desinteresado. —Te odio— dijo ente dientes, llorando. —No esperaba menos. Me empujó y salió dando un portazo. Suspiré exasperado de su comportamiento, así estaba sobre mí todo los días del año intentando conseguir algo que simplemente no existía más entre nosotros, y eso era atención. Se encargaba de poner en el centro a Béatrice para acercarse a mí pero yo no me dejaba manipular tan fácilmente. No me importaba rechazar al que se me diera la gana cuándo no quería algo. Porque nadie me obligaría a aceptar cualquier cosa que no me gustara o quisiera. Y ni ella ni mi madre entendían eso. Porque las dos eran cómplices para que mis ojos se detuvieran en ella. Eso jamás pasaría por el simple hecho de no ser Adara. Sólo por eso.
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