LA SUITE 402 El trayecto en el ascensor hacia el piso cuarenta fue una tortura de silencio y electricidad estática. El cubículo de acero y espejo se sentía como una cámara de descompresión donde la realidad de la cena de negocios quedaba aplastada por la urgencia de lo inevitable. Cada vez que el indicador de pisos parpadeaba en un rojo digital, el aire en la pequeña cabina se volvía más escaso, más denso, cargado con el aroma del perfume de Maximilian —una mezcla de sándalo, tabaco caro y esa nota metálica que siempre parecía acompañar al poder—. Maximilian no me soltaba la mano. Sus dedos estaban entrelazados con los míos con una fuerza posesiva, casi violenta, como si temiera que, si me soltaba, me desvanecería entre las sombras del pasillo o, peor aún, recuperaría el juicio y saldría

