CAPÍTULO 1
El Regreso de la Heredera
El aire de Nueva York en otoño siempre me había parecido una mezcla de asfalto húmedo y ambición. Tras tres años en Londres completando mi maestría, el edificio de Moretti Global se alzaba ante mí no solo como el imperio de mi padre, sino como el tablero de ajedrez donde finalmente me tocaba mover una pieza.
Alisé mi falda de tubo color crema y ajusté los botones de mi chaqueta de seda. A mis veinticinco años, sabía que mi aspecto de "muñeca de porcelana" —como solía llamarme la prensa rosa— era mi mayor desventaja en un mundo de lobos. Pero hoy no venía a ser una decoración.
—Señorita Moretti, su padre la espera en la sala de juntas principal —dijo Elena, la secretaria de toda la vida, con una sonrisa tensa—. Hay... una reunión en curso.
—Gracias, Elena. Conozco el camino.
Caminé por el pasillo de mármol, el sonido de mis tacones de aguja resonando como disparos contra las paredes de cristal. Al llegar a las puertas dobles de roble, no llamé. Simplemente empujé.
La habitación estaba sumida en un silencio denso. Mi padre, Lorenzo Moretti, estaba sentado a la cabecera, luciendo más cansado de lo que recordaba. Pero no fue él quien capturó mi atención. Fue el hombre sentado a su derecha.
Maximilian Thorne.
Había visto fotos suyas en las revistas de finanzas, pero el papel no le hacía justicia. A sus cuarenta y tres años, Thorne emanaba una energía depredadora que parecía consumir el oxígeno de la sala. Llevaba un traje hecho a medida en un gris tan oscuro que rozaba el n***o, y su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con una precisión quirúrgica.
—Llegas tarde, Alessandra —dijo mi padre, aunque sus ojos brillaron con alivio al verme.
—El tráfico de Manhattan no respeta jerarquías, papá —respondí, manteniendo la voz firme.
Maximilian Thorne no se levantó. Ni siquiera se movió. Se limitó a girar la cabeza lentamente, y cuando sus ojos —fríos y grises como el acero fundido— se encontraron con los míos, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
—Así que esta es la famosa Alessandra —su voz era un barítono profundo, con un ligero acento británico que cortaba el aire—. Tu padre me ha hablado mucho de tus notas en el máster. Espero que seas más útil con los números que con la puntualidad.
Me tensé. La arrogancia en su tono era palpable.
—Y yo espero que su reputación de "socio implacable" no sea solo una estrategia de marketing, señor Thorne —repliqué, sentándome justo frente a él, cruzando las piernas con deliberada elegancia.
Vi cómo sus ojos bajaron un micro segundo por mis piernas antes de volver a mi rostro. Fue rápido, casi imperceptible, pero el fuego que encendió en mi vientre fue real.
—Alessandra —intervino mi padre, aclarándose la garganta—, Maximilian no es solo un socio. Como te mencioné por teléfono, él va a supervisar la transición de la empresa ahora que mi salud me obliga a dar un paso al lado. Él será tu mentor... y tu sombra.
—No necesito una niñera, papá —dije, sintiendo que la sangre me hervía.
—No soy una niñera, señorita Moretti —dijo Maximilian, inclinándose hacia adelante. El aroma de su colonia, una mezcla de sándalo y tabaco caro me golpeó de lleno—. Soy el hombre que decidirá si usted está capacitada para heredar este imperio o si es mejor venderlo por partes antes de que lo hunda con su inexperiencia.
El desprecio en su mirada era un desafío. Un desafío que me hizo querer abofetearlo y, al mismo tiempo, obligarlo a que me mirara de esa manera otra vez.
—Tenga cuidado, señor Thorne —susurré, sosteniendo su mirada—. A veces, las personas que menos espera son las que terminan teniendo el control absoluto.
Maximilian esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Una sonrisa peligrosa.
—El control es una ilusión, Alessandra. Y yo soy muy bueno rompiendo ilusiones.
En ese momento, entre el socio de mi padre y yo, se firmó un contrato que no tenía nada que ver con los negocios. Era una guerra de poder, y yo estaba dispuesta a todo con tal de no perder. Aunque eso significara caer directamente en su cama o en la pobreza.