5. Ajustes de planes

1834 Words
Tres días después de la llegada a Zenel. ― El rey ha mandado por usted alteza. ― ¿Y si decido desobedecer a su llamado? ― Quizás usted tenga que… morir. Él hizo una pausa notando la presencia de las doncellas que preparaban mi vestido para ese día. Así que se aproximó para que ellas no escuchasen nuestra conversación. La verdad, no debía porqué desconfiar de ellas, mis doncellas asignadas habían sido modestas y muy atentas conmigo. Gracias a ellas, mis días en el palacio de Zenel estaban disminuyendo en cuanto a la carga pesada que debía llevar con mi secuestro y peor aún, pensar en mi matrimonio forzado. Sin embargo, morir no estaba en mis opciones de cómo salir de esos problemas que me atormentaban, considerando que mi enemigo era un rey y que estaba en el territorio enemigo. No obstante tenía un aliado y ambos deseamos acabar con el tirano de Friedrich. ― Recuerda que el rey ha estado irritado porque no lo besaste en la corte el día de tu llegada. Raffael susurro disimuladamente a mi oído. ― Si no hay otra salida entonces vamos. No hagamos esperar al rey. Suspiré resignada levantándome de mi lugar. ―Alteza, no puede ir así a la presencia del rey. Adeline dio unos pequeños aplausos y las otras dos doncellas se apresuraron a mostrarme el vestido. Debía admitir que era un diseño hermoso en un tono celeste pálido. ― Yo la esperaré fuera, alteza. Raffael informó y salió de la habitación. ― El señor Caín es muy atractivo. Susurró Acacia a Adeline, sin embargo su confesión fue escuchada por todas en la recamara. Yo sonreí. No la culpaba por pensar que Raffael era atractivo, cuando yo ya la había pensado antes, más no lo había dicho. También recordé que ante todas ellas él era Caín, no Raffael. ― ¡Calla! Le ordenó Adeline con vergüenza. Las tres me vieron y al notar que yo lo había tomado con humor, ellas también rieron con libertad. Con momentos como estos, sobrellevaba mi pesar. Cuando estuve lista salí de la habitación. Raffael me vio de pie a cabeza sus labios hicieron el intento de pronunciar algo, sin embargo, me quedé esperando, ya mejor se adelantó y me guio por palacio. Él liba a prisa y yo intentando seguirle el paso. Cruzamos los jardines más hermosos que mis ojos hayan visto algún día. Las rosas en tonos azules y rosadas adornaban las fuentes que imponentes se alzaba y el agua fluía apacible y constante. ― Sacarte de palacio no será fácil. Me comunicó un Raffael sombrío y misterioso. ― ¿por qué crees que el rey quiera verme? ― Hay rumores. ― ¿Rumores? ― De un baile real. ― Entiendo, quiere exhibirme. ― No solamente eso, también quiere retar a los reinos del círculo y en ese baile buscará ganarse la aprobación de los ministros y la realeza para llevarlo a cabo. ― Creí que quería regresar al tratado de los siete reinos. ― Ese era su plan hasta que llegaste tú. Hizo una pausa al notar que yo estaba sin palabras. Eso destruía toda esperanza de escapar y que hubiese paz en los siete reinos del círculo. ― ¿Ahora que pieza de este juego me corresponde? ― Me lo ha dicho ayer. Ya no le interesan los demás reinos, solo le interesa convertirse en el rey de Aspen y a su heredera la tendrá como esposa. Entonces todas las piezas están donde él quiere que estén. ¿Por qué había tantos tiranos que querían mi reino? primero mi abuelo, el rey Felipe y ahora este hombre vil. ― Entonces con más razón debo huir de palacio y esconderme en algún rincón de este reino. ― Lo mejor será esperar hasta el día de la boda para huir, así tendremos un plan con la ayuda de Luke. Luke era su amigo, quien nos descubrió haciendo planes de huir de palacio la otra noche. Era un general importante en el reino y nos ayudaría desde fuera de palacio a buscar una solución en mi huida. Con ello solo retrasaríamos los planes del rey Friedrich mientras yo buscaba establecer comunicación con Aspen. ― Mi padre, si supiese mi paradero, él podría poner un alto a estas intenciones. ― Yo buscaré la forma de comunicarme con tu padre, aunque no sé si será posible. No está permitido salir del reino a nadie, hasta después de tu matrimonio. Antes de cruzar por la entrada de la corte real vi a Raffael a los ojos, después de todo él me había raptado y era el culpable de todos los peligros en los que nos encontrábamos. ― No sé si deba confiar en ti… Me ofreces ayuda para poner un alto a lo que tú iniciaste al raptarme. ―No sabía que eras tú la princesa a raptar. ― ¿Ser quien soy cambia las cosas? Él asintió buscando mis ojos y cuando los encontró dijo: ― Yo también te recuerdo de la escuela real. Después de su confesión, apartó su mirada de la mía y tocó su mejilla derecha, mostrándome sus pecas, las mismas que le vi cuando era solo un niño. ―Nunca olvidaría tu mirada curiosa mientras yo jugaba con un sapo en el estanque. Así que sí me recordaba. Su rostro desplegó una sonrisa radiante que me hizo olvidar todo por un momento, hasta que fue el momento de entrar ante el rey. ― Escucha, yo te metí en esto, yo te sacaré de esto. Su mano levemente tocó la mía. ― ¿Es una promesa? ― Es una promesa. Aunque no estaba en posición de creerle, le creí. ― La princesa Leila de Aspen. Anunció el escriba de la corte real. Al escuchar mi nombre entré magistralmente. Todas las miradas posadas en mí, una vez más. Los susurros se escuchaban en cada rincón del salón, sobre todo cuando notaron que mi custodio era Raffael. Caminé derecha, obligándome a no tambalear o desfallecer por el nerviosismo. Hasta que estuve frente al rey. Llevaba su corona azul agua y en sus ojos había una llama que me devoraba desde su trono. Sonrió maliciosamente y me extendió su cetro. El cual yo toqué sutilmente con mi mano para darle a conocer que estaba a sus pies y me debía ante él. Su sonrisa se ensanchó al notar que toqué el cetro sin chistar. Él seguramente pensó que estaba a sus pies ignorando que buscaba escapar. ―Majestad, es un honor estar ante su presencia. Mentí fácilmente. Aunque en muchas ocasiones me quejé de ser princesa heredera, fui educada como tal, y ganarme el favor de mis superiores estaba entre mis lecciones. ― Querida mía, me es grato escucharlo de tus labios. A su lado había un trono nuevo, el cual tenía grabado una corona naciente. ― Te he llamado para mostrarte el trono que será tuyo cuando te hayas convertido en mi esposa y mi reina. ¡Que arrogante era! Eso podía haber esperado. ― Los demás pueden marcharse, quiero estar a solas con mi futura esposa. Los presentes salieron del salón de inmediato para no molestar a su monarca. Raffael también salió, me dedicó una mirada que me decía “tranquila”. Al estar a solas, él me condujo a uno de los ventanales desde el cual se podía ver la plenitud de Zenel. Era impresionante. ―Realizaré un baile en tu honor el día de mañana, quiero darte una bienvenida digna. ― Habla como si se tratase de una decisión mía casarme con usted. ― Te ofrezco gloria y poder ¿Por qué no puedes verme a los ojos? ― Si tan solo hubiese hecho las cosas diferentes… ― ¿Me estás cuestionando? No respondí y dirigí mi vista al a la imagen de Zenel que estaba frente a mí. Cuántas veces vi de la misma manera mi reino y no fui consciente de cuanto lo amaba. Hasta estar lejos de casa descubrí el amor por mi pueblo y por los míos. Recuerdo esa conversación con Olivia al decirme “la heredera” y yo subestimando ese título. Tomó mis manos con fuerza para mi sorpresa y al notar que me estaba lastimando suavizó el agarre, lo vi directo a los ojos y le mostré el desprecio que había en mí hacia él, ni siquiera me preocupé por ocultarlo ni por las consecuencias. ― Dime si puedo hacer algo para arreglarlo. Sí podía arreglarlo. Podía dejarme en libertad o… siquiera detener sus intenciones de obtener el poder de Aspen, sin embargo no podía declarárselo, él no sabía que yo estaba enterada de sus planes. Además, también desconocía que había una creciente amistad entre Raffael y yo. Aun así, debía dar una respuesta a su ofrecimiento. ― Me gustaría conocer el reino. ― Tendrás el tiempo suficiente para recorrerlo después de la boda. ― Entonces déjeme salir de mi habitación cuando yo lo decida, me gustaría pasear por el jardín de noche, tomar el desayuno en él, conocer a las personas que serán parte de mi día a día en este palacio. ― Te lo concedo. ― Gracias majestad. Hice una reverencia sujetando mi vestido con delicadeza y salí del salón a prisa. Raffael aguardaba a la entrada para escoltarme a la habitación. ― ¿Alguna novedad? Negué. ― Fue justo como dijiste, mañana habrá un baile en mi honor… pero he logrado algo. Me vio esperando a que lo dijera de una vez. ― Podré salir de mi habitación cuando lo desee y pasear por el jardín sin ser escoltada. ― Es buena noticia. Atravesábamos el pasillo que conducía a mi habitación cuando Luke apareció a nuestras vistas. ― Alteza. Hizo una reverencia. ― Prometí ayudarla a salir de aquí. Asentí con la esperanza de que habría encontrado alguna forma. ― El soldado de la zona este de palacio está dispuesto a colaborar en nuestra misión. Sin embargo debe ser un día donde haya concurrencia en palacio, así usted podrá pasar desapercibida. ― Es perfecto, mañana habrá un baile como bienvenida para mí, así que es el momento. ― Es arriesgado. Dijo Raffael. ― Estoy dispuesta a hacerlo, no pierdo nada con intentarlo. Al quedarme en palacio es como si ya estuviera muerta, mi familia quizá piensa que ya lo estoy. ― Bien, entonces hagámoslo. Prometí sacarte de esto y es lo que haré. Concluyó. ― Si todo sale bien, al estar fuera de palacio mi esposa Eloise se encargará de acogerla en nuestra casa. Nadie sospechará que está ahí así que no hay mejor lugar. Crecer en palacio con todo a mi disposición me había privado de conocer los verdaderos peligros que hay en el mundo. Había perdido la noción de valorar las virtudes que la vida misma me había dado, y una vez en mi desgracia debía permanecer fuerte y arriesgarme, era todo o nada, era yo o mi reino. Y ahora mi reino era primero y lo defendería de villanos... De villanos como Friedrich
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