RENATA Definitivamente había cosas que no podíamos evitar, pues sabía que este momento tarde o temprano llegaría. Aunque tengo que decir que me siento nerviosa, pues jamás he estado a solas con un hombre y menos en plan romántico. Cuando las enormes puertas del elevador se abren, él aún mantiene mi mano entrelazada con la suya. Caminamos fuera de este y, cuando llegamos a la sala, él de inmediato quita su chaqueta, camina hacia la nevera y, como prometió, saca una botella de champagne y dos copas. Regresa hacia la sala; yo apenas he dejado mi bolso a un lado, coloca las copas y la botella encima de la mesita de noche y me mira directo a los ojos. —¿Me dirás por qué ahora estás más callada de lo común? En el coche no has dicho nada y ahora te veo muy seria. ¿Acaso sucede algo? ¿Preferir

