RENATA Abro los ojos lentamente y miro el reloj en la mesita de noche: 4:30 de la mañana. Vuelvo a cerrar los ojos, pero sé que tengo que marcharme. Si mi padre se da cuenta de que no he llegado a dormir, estoy segura de que me mataría. Volteo hacia un lado y ahí está él; se ve tan tranquilo. Me acerco a él y, con la yema de mis dedos, delineo su rostro: sus cejas pobladas, sus pestañas tan largas, su barba que empieza a verse un poco crecida, sus labios, esos labios que besaron la parte más recóndita de mi cuerpo. Estoy por tocarlos cuando, de pronto, se mueve, así que de inmediato retiro mi mano. Sonrío al recordar todo lo que sucedió hace un rato y ni siquiera lo puedo creer; parece un sueño. Me pongo de pie muy lentamente, camino casi de puntillas hacia el baño y, de inmediato, abro

