LA HACIENDA DEL AMO

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🌾 Capítulo 2: La Hacienda del Amo El viaje fue largo. Luna no recordaba cuánto tiempo había pasado dentro de aquel carruaje. Afuera, el sonido de los cascos de los caballos se mezclaba con el rugir lejano de una tormenta. Cuando las ruedas se detuvieron, el aire olía a campo, a pasto recién cortado y tierra mojada. Frente a ella se alzaba una hacienda inmensa, con tejas rojas y faroles encendidos. A cada lado, hombres uniformados trabajaban, guiando reses y descargando barriles. Era un mundo ajeno, tan ordenado y firme como el tono del hombre que la había comprado. El Amo —así lo llamaban todos— descendió del carruaje primero. Vestía una camisa negra que resaltaba su piel bronceada, un pantalón ajustado y su eterno sombrero oscuro que proyectaba sombra sobre sus ojos. Su presencia imponía respeto. Luna no se atrevió a levantar la mirada. —De ahora en adelante trabajarás aquí —dijo él con voz grave—. Cumple las órdenes que te den, y nadie te hará daño. Ella solo asintió. No había espacio para preguntas. Los días pasaron. Luna limpiaba, cocinaba, cuidaba el establo… No había rincón de aquella hacienda que no conociera. Aunque nadie la maltrataba, la mirada del Amo la intimidaba. Era fría, calculadora, pero a veces, solo a veces, se suavizaba cuando ella pasaba cerca. Una mañana, mientras recogía flores del jardín, escuchó pasos detrás de ella. Era Mateo, uno de los capataces más jóvenes, amable y sonriente. —No deberías trabajar tan duro, Luna —le dijo con voz suave—. Aquí, si no te cuidas, el campo te roba las fuerzas. Ella sonrió por primera vez en mucho tiempo. Desde entonces, cada tarde conversaban unos minutos, y poco a poco Luna fue sintiendo algo que no entendía… una chispa de alegría que creía extinguida. Pero no sabía que desde la ventana del despacho, el Amo observaba. El día que lo enfrentó, lo hizo sin pensar. —No soy un objeto —le dijo con valentía—. Usted no puede mandarme como si fuera un animal. El Amo, sin mover un músculo, respondió con calma peligrosa: —Si quieres libertad, tendrás que ganarte. Hasta entonces, obedecerás. Aquella noche, el castigo fue doble de trabajo. Luna limpió hasta el amanecer, hasta que el cuerpo no le respondió más y cayó al suelo desmayada.
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